miércoles, 26 de marzo de 2014

Justicia y pauta publicitaria en San Juan

Un menor de tan solo 11 años de edad ha sido noticia en San Juan por haber protagonizado varios robos, además de haber sido divulgada su adicción a drogas. El niño ya ha sido detenido por efectivos policiales y derivado su caso a la Dirección de la Niñez de la Provincia, aunque ello no impidió que el niño reincida en la delincuencia.

Dario de Cuyo y Tiempo de San Juan dieron amplia difusión a este lamentable caso, lo que molestó a María Julia Camus, titular del Segundo Juzgado de Menores, y amenazó con sanciones a los periodistas por la divulgación de lo acontecido con ese niño.Si bien no se divulgó su nombre ni otro dato personal alguno, Camus pidió a los responsables de los medios de comunicación a colaborar en el resguardo la integridad del menor.

La amenaza de las magistrada escandalizó a los principales medios sanjuaninos, los cuales invocaron a la "libertad de prensa" y esgrimieron en su defensa el artículo 14 de la Constitución Nacional que establece, entre otros derechos de las personas, al de "publicar sus ideas por la prensa sin censura previa".

La Justicia de San Juan vuelve a ser blanco (fácil) de las críticas de los medios más influyentes de la Provincia. Como no sucede en otras situaciones, los periodistas locales gritan ser víctimas de censura.

Claro que los periodistas sanjuaninos nada dicen de la evidente censura que pesa sobre ellos, la que les impide criticar libremente cualquier acto de gobierno de José Luis Gioja. Ninguno de esos periodistas hoy escandalizados se anima a investigar ni el más mínimo hecho de corrupción de este Gobierno Provincial. Y no es solo silencio cómplice sino que hasta se ocupan de descalificar a cualquiera que quiera romper esta censura tan implícita como evidente.

La explicación de este ataque sistemático a la Justicia es muy simple: la Justicia de San Juan no publicita en los medios sanjuaninos. En efecto, a diferencia del Gobierno Provincial, los jueces no le pasan dinero a estos periodistas.

El drama de ese niño desnuda otros males que la sociedad sanjuanina padece y que los señores periodistas se autocensuran para hablar (no vaya a ser que don Gioja se les enoje y deje de pasarles dinero para "pauta publicitaria").

En aras de obtener algún titular rimbombante, los comunicadores obviaron investigar sobre los progenitores de ese niño. En qué estado viven, cómo es su situación socioeconómica.

La cuestión es que indagar sobre el marco en el que este pobre niño está creciendo implica hablar de las miserias de San Juan. Esa misma miseria que escondemos como "bajo la alfombra" y que este Estado paternalista no alcanza a sanar. En San Juan, no hay que irse muy lejos para notar la preocupante cantidad de niños y adolescentes sanjuaninos se debaten entre abandonos de sus padres, hambre, drogas y deserción escolar.

De hecho, da para hablar también sobre la (in)eficacia del accionar estatal en casos como éste. Según informó en su momento Diario de Cuyo, el niño estuvo albergado en la casa del "Proyecto Juan", dependiente del Ministerio de Desarrollo Humano de la Provincia; pero, como dicho organismo no impone restricciones a las salidas de los menores allí alojados (?), el niño pudo salir de ese establecimiento cuando quiso.

En resumidas cuentas, a los periodi$ta$ $anjuanino$ no les interesa ahondar en los factores que llevaron a este menor a delinquir. Tal como sucede en otras partes, la información se limita a los mezquinos interesas de los comunicadores sanjuaninos.

lunes, 24 de marzo de 2014

Néstor Kirchner y la alianza con Hebe Bonafini, "el tanque"

Cómo fue el plan para sostener el Gobierno kirchnerista con los "derechos humanos" como principal relato.

 Un día como hoy, hace apenas tres años, el oficialismo recordó el aniversario número 35 del último golpe de Estado con un acto en el Mercado Central: hablaron, entre otros, Sergio Schoklender, que todavía no se había peleado con las Madres de Plaza de Mayo y con el Gobierno; Guillermo Moreno, y Amado Boudou, que era el candidato a vicepresidente de Cristina Kirchner.

Allí fue cuando Schoklender inventó una frase polémica para definir a Néstor Kirchner, recientemente fallecido: “el desaparecido 30.001”, que fue repetida por Moreno y por Boudou.

La anécdota demuestra cuánto le importa al kirchnerismo la verdad histórica: muy poco, lo mismo que a cualquier otro grupo político. Es que el político no busca la verdad sino el poder; utiliza la historia como un insumo más en la lucha por el poder, pero no pretende esclarecer qué pasó en un determinado momento, por ejemplo en los setenta.

A juzgar por lo que afirmó luego, en un libro, Schoklender sabía perfectamente que los desaparecidos no habían sido 30 mil; que se trataba de una “mentira necesaria” inventada por Hebe Bonafini. Tampoco desconocía que Néstor Kirchner no era un desaparecido; seguramente, le pareció que “el desaparecido 30.001” sonaba bien, que era un hallazgo marketinero.

En su libro El Flaco, el filósofo K José Pablo Feinmann revela una conversación por teléfono en la que Néstor Kirchner, que recién había asumido, en 2003, le explica dónde apoyará su gobierno: “Nuestro punto de partida tiene que ser los derechos humanos”, y, en especial Hebe Bonafini: “Hebe es un tanque. Y el más grande de todos los símbolos. La madre de las Madres”.

Feinmann le había sugerido que el flamante gobierno se apoyara en los asambleístas.

Néstor Kirchner no conocía a Bonafini ni había tenido trato con las Madres. La conoció ya en la Casa Rosada; se cayeron muy bien de entrada y forjaron una sólida alianza, que se demostró incluso cuando estalló el escándalo por la construcción de viviendas populares por parte de las Madres financiadas con dinero público.

Por su lado, las Madres aportaron mucho al kirchnerismo. Por ejemplo, fueron un escudo ético que lo defendió de las denuncias y las sospechas de corrupción. Fueron, en pasado, porque Bonafini luce tan desgastada que ya no puede defender a nadie en ese campo.

Los Kirchner hicieron un manejo astuto de los derechos humanos; se apropiaron de esa lucha como si alguna vez les hubiera importado algo. Aprovecharon la mala conciencia de buena parte de los políticos, los empresarios, los sindicalistas, la Iglesia y los medios de comunicación, que saben que no estuvieron a la altura de las circunstancias cuando los militares violaban los derechos humanos más elementales.

Sobre esa base, le dieron un nuevo significado a la historia reciente, enhebraron un relato contundente y construyeron un poder formidable.

Sin embargo, el kirchnerismo ahora está en retirada; es que en política alguna vez el poder se pierde; cuando llega ese momento, no hay relato que disimule esa nueva realidad.


Videla, un producto típicamente argentino

Una de las cosas que más me llamaron la atención en las entrevistas que derivaron en el libro “Disposición Final” fue que Jorge Rafael Videla se reveló como un producto auténticamente argentino; el fruto extremo de una cultura política fratricida, que divide entre buenos y malos, entre amigos y enemigos, y que, en consecuencia, considera que cada gobierno tiene la misión de refundar el país. Una cultura autoritaria, que desprecia la búsqueda de equilibrios y consensos, así como es renuente a la tolerancia y a la evolución.

Videla y los militares llevaron al extremo la división de la Argentina entre amigos y enemigos: “Había que eliminar a un conjunto grande de personas que no podían ser llevadas a la Justicia ni tampoco fusiladas”, afirmó sobre el acuerdo básico de la cúpula militar que tomó el poder, hace treinta y ocho años. No sólo para “ganar la guerra contra la subversión” sino para “disciplinar a una sociedad anarquizada, volverla a sus cauces naturales”; reconstruirla como si fuera de plastilina y pudiera ser modelada por la fuerza.

Sería hermoso que el relato kirchnerista fuera cierto, al menos en este punto; que Videla y los militares hayan sido una anomalía o más bien la expresión de solo una parte de la Argentina, esa gente mala, egoísta, a la que solo le preocupan sus intereses particulares: la prensa hegemónica, el campo, la Iglesia, las clases medias (cuando no votan como tienen que hacerlo), el empresariado que no es nacional ni popular, el radicalismo, el peronismo ortodoxo o moderado, el sindicalismo “burocrático”…

Sin embargo, la realidad supera al relato. La “juventud maravillosa”, de la que el kirchnerismo se postula como legítimo heredero, no tomó las armas luego del golpe del 24 de marzo de 1976 para defender la democracia y los derechos humanos, respaldados por los partidos, sindicatos, medios de comunicación y organizaciones sociales que defendían los intereses populares.

No ocurrió así. Los militares desplazaron a la presidenta Isabel Perón con el apoyo de buena parte de la sociedad, que estaba harta de la inflación, el desabastecimiento, la violencia de derecha e izquierda (en 1975 hubo 1.065 muertos por razones políticas), la fragilidad del gobierno y de la Presidenta y las denuncias de corrupción. Tanto fue así que no hubo protestas callejeras ni huelgas en las fábricas o los comercios.

La prensa reflejó ese respaldo social: no solo La Nación y Clarín, como ahora machacan los voceros del kirchnerismo; también La Opinión, de Jacobo Timerman, un diario considerado de centro izquierda que apoyaba abiertamente al almirante Emilio Massera, y el vespertino La Tarde, dirigido por su hijo, el actual canciller Héctor Timerman.

Buena parte de los empresarios y del Episcopado respaldaron el golpe de Estado. Pero también el Partido Comunista, que alababa a las “palomas” de la dictadura, como Videla, y proponía un gobierno cívico-militar. Las guerrillas recibieron el golpe con entusiasmo: ya existían antes del 24 de marzo de 1976; el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) no había abandonado las armas durante los cuatro gobiernos constitucionales del peronismo, entre 1973 y 1976, y Montoneros, de origen peronista, había vuelto a la clandestinidad luego de la muerte del presidente Juan Perón, el 1° de julio de 1974.

Tanto el ERP como Montoneros jugaron al golpe, a “fascistizar” al Ejército, seguros de que una nueva dictadura convencería a los sectores populares de que eran ellos quienes defendían sus intereses. Para concretar el sueño de la revolución socialista, habían creado “ejércitos populares”, con grados y uniformes. Esto no es una interpretación, son hechos; se pueden consultar los documentos de la época y las declaraciones de los jefes guerrilleros, como Mario Firmenich y Mario Santucho.

Fueron muchos los actores que condujeron al poder a los militares, cuya dictadura fue un desastre: miles de detenidos asesinados y desaparecidos según el macabro método llamado “Disposición Final”, crisis económica y hasta una guerra perdida contra Gran Bretaña y sus aliados por las Islas Malvinas. La memoria es importante pero luego de conocer la verdad, toda la verdad.

escrito por Ceferino Reato 
para Diario Perfil e infobae.com
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