viernes, 8 de febrero de 2013

Guardería para todos y todas

Que me disculpen, pero integro el grupo que, en palabras de la Presidente, “no entiende”.

No entiendo cómo un Plan Educativo que no habla de conocimientos, de contenidos, ni de calidad puede mejorar la enseñanza pública en la Argentina.

Al presentar el martes pasado sus objetivos en la materia, tanto Cristina Kirchner como el ministro de Educación, Alberto Sileoni, hicieron hincapié en los logros de la gestión en estos años: mayor inversión, incremento del salario docente, construcción de nuevas escuelas, distribución de millones de libros y netbooks, incremento de la matrícula y baja de los índices de repitencia y abandono.

Lo que no dicen las autoridades es que nada de esto se tradujo en una mejora de la enseñanza, porque el desempeño de nuestros estudiantes en las pruebas PISA no refleja una performance acorde con esas mejoras cuantitativas.

Si mayores recursos, más escuelas y más alumnos dentro del sistema no trajeron como resultado estudiantes mejor instruidos, ése es el problema que el Ministerio y el Consejo Federal de Educación deberían concentrarse en resolver. Pero no pueden hacerlo por un problema de concepción.

“Una escuela que no habla de valores no trabaja bien la calidad educativa”, dijo el ministro Sileoni. Y la verdad es que “no entiendo” qué tiene que ver una cosa con la otra. Aunque suene políticamente incorrecto, la prioridad de la escuela no es inculcar valores, sino conocimientos. Es la familia la que debe inculcar valores en primer lugar. La familia educa, la escuela enseña, instruye.

Salvo que se esté haciendo referencia a los valores vinculados a lo académico: el esfuerzo, el trabajo -individual y en equipo-, la competencia sana, el respeto al maestro y el apego al conocimiento. Pero, en la concepción de las autoridades, este tema de los valores tiene tufillo a bajada de línea.

En el acto de presentación del plan, otro interviniente, el filósofo José Pablo Feinmann, lo puso negro sobre blanco: “La educación es básicamente romper con lo que el poder desde niño a uno le va introyectando, y hoy más que nunca el poder es el poder de los medios”.

Una definición insólita, como mínimo, que pretende transformar la cabeza de los niños en el ring de la disputa entre el Gobierno y los medios no adictos. Seamos benevolentes además y supongamos que no quiso decir que educar es adoctrinar sino que se refería al desarrollo de un espíritu crítico en los alumnos. Perfecto. Pero no puede desarrollar esas aptitudes el que no incorpora conocimientos. El espíritu crítico se desarrolla junto con el aprendizaje, no antes. El dominio de la lengua, por ejemplo, es fundamental para el razonamiento. El niño que no aprende a leer y escribir correctamente, tampoco desarrollará su capacidad de pensar. Ni de cuestionar. Al menos no de hacerlo con rigor, con fundamento.

Pero todos los objetivos del plan son cuantitativos: más escuelas, más horas y días de clase (anuncio repetido y jamás cumplido), preescolar desde los 4 años, etcétera. En toda la ceremonia de presentación del pomposamente llamado Plan Nacional Quinquenal de Educación Obligatoria y Formación Docente, no se escucharon las palabras enseñanza, conocimiento, contenido. Sólo se habló de contención e inclusión.

De los resultados, es decir, de que los chicos efectivamente aprendan, mejor no hablar. Porque no se trata de eso. Aquí la inclusión es en detrimento de la calidad. Cuando ambas cosas deberían ir de la mano.

Por ejemplo, una de las metas es “disminuir las tasas de sobreedad”. Para el que “no entiende”, traduzco: nadie repite. Para que un niño de 8 años no esté “retrasado” respecto a su edad, se elimina la repitencia. La mejora de la cual se vanagloria el ministro Sileoni en materia de reducción de las tasas de sobreedad no se debe a progresos en la enseñanza sino sencillamente a que ya no repiten.

El plan dice sin embargo querer poner el acento en la educación inicial. ¡Enhorabuena! Es la edad crítica. Porque a los 6 años el niño absorbe proporcionalmente una cantidad mucho mayor de conocimientos de lo que lo hará más adelante. Es un momento que no hay que desperdiciar. Pero para el ministerio poner el “énfasis” en el primer nivel de escolaridad no significa mejorar la enseñanza en el primer grado de la escuela, sino “la construcción de 700 jardines de infantes hasta el 2016″.

Nuevamente, “no entiendo” la relación entre una cosa y la otra.

El principal objetivo del plan debería ser volver a tener una escuela en la cual los niños egresen del primer grado sabiendo leer y escribir, como sucedía históricamente.

Hoy, no sólo no es el caso para un gran número de alumnos, sino que incluso muchos llegan al final del secundario sin saber leer fluidamente, sin entender lo que leen y sin poder luego expresarlo en sus propios términos, oralmente o por escrito. En concreto, llegan desprovistos de las herramientas indispensables para emprender una formación terciaria o universitaria. ¿Qué clase de inclusión es ésa?

A tal punto está negado el carácter académico de la escuela que el ministerio no tiene métodos de evaluación. Y si los tiene, son secretos.

“Nos proponemos más años de obligatoriedad y de escolaridad -dijo el titular de la cartera educativa- (y) que todos nuestros jóvenes asistan 13 años a la escuela”.

Que todos los niños tienen derecho a la educación y deben estar incluidos en el sistema público es una cosa tan básica que no amerita discusión. Pero el mismo ministro que admite que “la repitencia y la sobreedad son los problemas característicos de la escuela primaria”, encontró que la solución es “trabajar el bloque pedagógico en la escuela primaria y someternos a las críticas de algunos sectores que lo califican como facilista”.

Traduzco otra vez: “trabajar el bloque pedagógico” quiere decir que el primer grado ahora dura dos años. Mejor decirlo con eufemismos, porque es la constatación de un fracaso. En la escuela argentina, los niños ya no aprenden a leer y escribir en primer grado.

Asistir a la escuela ya no será sinónimo de aprender. El derecho a la continuidad educativa se convierte en el derecho a ser burros. ¿Para qué los queremos en la escuela si no van a aprender? ¿Qué desigualdad se reduce de esa manera?

La inclusión no debe ser en detrimento de la calidad de la educación porque de lo contrario estamos estafando a los supuestos incluidos.

Finalmente, el plan oficial debería llamarse Guardería para Todos y Todas.

escrito por Claudia Peiró
para Infobae

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