miércoles, 9 de mayo de 2012

Clemente: la mascota de la Argentina

Los grandes historietistas suelen caminar de la mano de grandes personajes. Y el Negro Caloi no fue la excepción. De su baúl creativo salió nada menos que Clemente, animalito de indescifrable ADN (puede que sea un pájaro, puede que no) cuya relevancia entre los mayores personajes de la historieta argentina sólo puede ser comparada con la de Mafalda. La diferencia con la muchachita de Quino es que ella atravesó fronteras y se convirtió en una celebrity global, mientras que a Clemente se le reservó el altar de ídolo local –de nosotros y para nosotros–, quizás debido a su decir y su reflexionar tan costumbrista, tan profundamente argentino.

Esa marca le viene de origen, desde que apareció como parteneire de Bartolo, un porteñísimo conductor de tranvías que le dio espacio en su propia tira para luego quedar olímpicamente desplazado por el carisma de su invitado. Corría 1973 y Clemente aparecía ante los lectores de Clarín como una mascota un tanto ambigua: Bartolo lo presenta como un perro pero él le responde con un sonoro graznido de pajarraco. Esta pulsión por llevar la contraria es lo que marcará su relación con Bartolo, un fanático hincha de River –al igual que Caloi– que soportaba con paciencia zen los sucesivos desbordes “bosteros” de Clemente.

A medida que fue cobrando protagonismo, a mediados de la década del 70, aparecieron con mayor nitidez los elementos de identidad que lo convertirían en un personaje único. Uno de los más singulares, el que produjo la gran conexión con el público, era su capacidad para filosofar, para devanear existencialmente, con un pie siempre puesto en la sabiduría de barrio, en el sentido común de la calle, en la manera de ver las cosas del ciudadano de a pie. Un atributo que, en diferente registro, compartía con los personajes salidos de la usina del otro “Negro”, Roberto Fontanarrosa.

La irreductible “argentinidad” de Clemente se cimentó sobre la veta más “porteña” del concepto. En sus tiras y personajes rondan muchas de las pasiones características de los habitantes de estos confines australes del mundo, entre las que se destacan el fútbol, el amor por la palabra y la ironía y, por supuesto, las mujeres. Y no es de extrañar que en la vida de Clemente no haya fidelidades románticas extremas. Hubo momentos en los que le arrastró el ala a Mimí, una canaria lánguida, de aires aristocráticos, pero un tanto fría, que contrastaba con la exhuberancia latina y proletaria de “La Mulatona”, un amor explosivo e inestable.

Entre una y otra, Clemente aprovechaba para departir con personajes que constituían su “barra”, entre ellos Alexis Dolinades, alter ego de su gran compadre, el escritor Alejandro Dolina. El fue quien acuñó, dejando a Caloi la tarea de darle popularidad, aquella frase “Todo lo que hace el hombre, es pa’ levantarse minas”, que de cerca parece ser una proclama bravucona de “machos alfa” porteños, pero que al sopesarla desprende un sentido bastante más profundo y perturbador.

Caloi fue un hombre muy consciente de los tiempos sociales y políticos que le tocaron vivir, un tipo de sensibilidad peronista, y fuerte compromiso. Y eso se dejaba ver a las claras en su mayor personaje, que solía sentar posición desde la contratapa de Clarín frente a los grandes temas con los que fue lidiando la sociedad argentina durante estos últimos 40 años. Por otra parte, Caloi “prestaba” generosamente a su criatura para que fuera portavoz de cualquier causa que considerara justa, desde el apoyo a una antigua pizzería de San Telmo, con riesgos de desaparecer bajo la topadora de la modernidad turística, hasta campañas promovidas por diferentes organizaciones sociales.

En esa exacerbación paródica y tierna de la cultura popular argentina que plasmaba Clemente a diario, el fútbol debía, por fuerza, ocupar un rol fundamental. Y tanto lo fue, que en ese ámbito Caloi y Clemente atravesaron la experiencia de pasar del otro lado del mostrador, de ser protagonistas de la realidad en vez de meros cronistas. El episodio más sonado ocurrió durante el Mundial 78, cuando se produjo un contrapunto entre Clemente, que llamaba a la hinchada a “tirar papelitos”, con José María Muñoz, el relator oficial-oficialista del torneo, quien abogaba por que las cosas fueran “bien limpitas”, para no dar una mala imagen del país delante de las televisiones del mundo. Para quienes vivieron aquellos años, el gesto de Caloi tuvo mucho de resistencia ante un régimen al que el humor no le hacía ninguna gracia.

Luego, en tiempos un poco menos álgidos aparecerían otros personajes futboleros de enorme calado popular como el hincha de Camerún, que inició el desembarco de nuevos actores secundarios en la tira, como Jacinto, el primogénito de Clemente, con el que Caloi narraba de alguna forma las peripecias y conflictos que él mismo debía afrontar con su propio hijo, el también talentoso historietista Tute. En Tute, como en tantos otros creadores de historietas de nueva generación, queda ahora el lado artístico y emocional de Caloi.

En el tintero quedan otros compañeros de ruta como el Clementosaurio, el Apuntador y su hija Clementenina. Todos ellos, con Bartolo y el resto de la troupe, deben estar ahora alzando los vasos por la memoria de su creador. Lo más probable es que se trate de un una ceremonia bien al gusto de Clemente, con toneladas de aceitunas.

nota escrita por Diego Marinelli para Diario Clarín

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