sábado, 21 de enero de 2012

El caso de la enfermedad que no fue

Puesto que la afición por las teorías conspirativas de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y quienes forman parte de su círculo áulico está compartida por buena parte de la población, fue de prever que aquel ya mundialmente famoso “falso positivo” o, si se prefiere, “no positivo”, estimularía un sinfín de especulaciones de la más variada especie. En un país en que todos los gatos tienen por lo menos cinco pies y cuanto sucede es forzosamente el resultado de “una mano negra”, una “operación política” o “una campaña de prensa”, no pudo sino provocar desconcierto el anuncio oficial de que la mandataria más poderosa de los tiempos últimos se vio amenazada por una enfermedad temible, seguido poco después por otro igualmente oficial de que solo se trataba de un susto.

Puede que nadie se haya equivocado y que, como nos aseguran los voceros gubernamentales, suele darse un “falso positivo” en el dos por ciento de los casos, de suerte que lo que ocurrió a Cristina no fue tan raro como suponen los legos, razón por la que sería absurdo hablar de mala praxis. También es posible que, por las dudas, siempre sea mejor extirpar la glándula tiroides si se detecta en ella un nódulo sospechoso, obligando al paciente a tomar pastillas compensatorias por el resto de sus día, aun cuando escaseen los motivos para creerlo canceroso.

Así y todo, es innegable que los comunicólogos del Gobierno se las arreglaron para manejar con torpeza lo que, conforme a la información disponible, pudo haber sido un malentendido. Hasta aquellos “militantes” que rezaron fuera del Hospital Austral, flanqueados por imágenes de Cristo y la Virgen de Luján, para que la Presidenta se recuperara pronto se habrán sentido un tanto incómodos por el desenlace milagroso del drama en que a su manera participaban.

De haber sido cuestión de otra persona, la mayoría imputaría el error de diagnóstico de los facultativos a nada más siniestro que lo difícil que es saber con exactitud lo que está ocurriendo en distintas partes del cuerpo humano, pero sucede que Cristina no es una persona cualquiera. El escueto anuncio original no solo conmocionó al país, sino que también tuvo un fuerte impacto en el exterior, motivando docenas de mensajes de apoyo de otros jefes de Estado o gobierno y, por parte del amigo Hugo Chávez, una oportunidad irresistible para acusar a los imperialistas yanquis de haber desarrollado “un programa para inducir el cáncer” en líderes progresistas latinoamericanos. Puede entenderse, pues, que la noticia de que no se encontraron células cancerígenas en las glándulas tiroides presidenciales ha provocado no solo alivio sino también perplejidad.

Por cierto, el ex gobernador santafesino, ex candidato presidencial y, para más señas, médico, Hermes Binner, no es el único que se siente preocupado por el “marco de sospecha” que se ha generado en torno a este episodio bastante extraño. Acaso sin proponérselo, Binner dio a entender que muchos creían que el Gobierno especulaba con el cáncer y que por lo tanto “esto tiene que aclararse” cuanto antes. Para comenzar, sería bueno saber los motivos por los que la paciente no insistió en consultar a otros especialistas para contar con una segunda opinión antes de someterse a una operación quizás rutinaria pero no por eso exenta de riesgos.

Asimismo, por ser tan notorio el apego del gobierno actual a la teoría en el fondo goebbeliana del “relato”, es decir, de la conveniencia de adaptar la realidad a sus propias necesidades, reemplazando, aunque solo fuera en el plano verbal y visual, aquellos hechos que le parecen inapropiados por otros que a su juicio encuadran mejor en la versión oficial, es natural que muchos hayan reaccionado con un grado notable de escepticismo ante lo ocurrido a partir del primer anuncio según el que la Presidenta sí tenía cáncer. Puesto que es escasa la credibilidad de quienes, además de estar acostumbrados a manejar la información acerca de las actividades de la Presidenta con meticulosidad maniática, no han vacilado en fabricar estadísticas económicas fantasiosas que no convencen a nadie, es lógico que algunos se hayan preguntado si no será que, luego de pensarlo, los estrategas oficiales hayan llegado a la conclusión de que sería de su interés que la gente dejara de inquietarse tanto por el estado de salud de Cristina, razón por la que habrán decidido modificar el diagnóstico original.

¿Serían capaces de actuar así los encargados de informar a la ciudadanía sobre la salud de la Presidenta? Cuando el ex presidente y hombre fuerte del gobierno de su esposa, Néstor Kirchner, sufría un accidente cardíaco tras otro, tanto los funcionarios como el “primer caballero” mismo intentaron convencernos de que su condición física era óptima, que no hubo posibilidad alguna de una recaída. Por fortuna, parecería que en este ámbito por lo menos Cristina es mucho más responsable que su marido, pero así y todo nadie ignora que, por tener tantas repercusiones políticas la percepción ajena del estado de salud de la Presidenta, distintos miembros del equipo gobernante se sentirán constreñidos a dosificar la información.

Pues bien, los relatores oficiales entenderán que, si bien por un rato la imagen presidencial, la de una mujer valiente que en su lucha épica contra las consecuencias nefastas de décadas de hegemonía oligárquica y neoliberal, está dispuesta a sacrificarse a sí misma, podría verse beneficiada por una intervención quirúrgica de emergencia, a la larga la incertidumbre resultante no la favorecería, razón por la que sería mejor minimizar la importancia de los riesgos que, como todos los mortales, tendrá que enfrentar en los años próximos. Solo se trata de especulaciones, claro está, pero dadas las circunstancias es comprensible que éstas hayan proliferado

¿Fue necesaria la operación? Parecería que aquí el consenso médico es que sí, pero que en otras latitudes las opiniones están divididas. Sea como fuere, por ser cuestión de la presidenta de una república hiperpresidencialista, el tema dista de ser anecdótico.

Mal que les pese a los emotivamente comprometidos con el sistema político efectivamente existente que se basa en el poder omnímodo de una presidenta infalible que se encarga de todo, delegando a regañadientes pedazos de poder a nadie salvo su hijo Máximo, las dudas en cuanto a la salud de Cristina se han intensificado a raíz de lo que acaba de suceder y ninguna afirmación gubernamental servirá para despejarlas. Como es de dominio público, bien antes de tener problemas con la tiroides, con cierta frecuencia la Presidenta ha suspendido actos por presentar, según los voceros oficiales, un cuadro de hipotensión arterial. De repetirse a menudo tales faltazos, los rumores se harán aún más insistentes, alimentando la sensación de incertidumbre que se ha difundido por todo el territorio nacional justo cuando el país está entrando en una fase de “sintonía fina” que no fue prevista por el triunfalista relato gubernamental.

No bien se difundió la información de que Cristina tendría que tomar licencia por veinte días para recuperarse luego de la intervención quirúrgica, empezó a hacerse sentir el impacto político de su ausencia. Para muchos oficialistas, la prioridad consistía en mantener bien acorralado al vicepresidente en ejercicio de la presidencia Amado Boudou para que el rockero sonriente no se permitiera demasiadas ilusiones acerca de su papel futuro en el escenario nacional. Parecería que lo eligió Cristina por motivos no muy distintos de los de Juan Domingo Perón cuando, para tranquilizar a los compañeros, les dijo que Isabelita –es decir, nadie– sería su compañera de fórmula. ¿Se ha resignado Boudou a limitarse a desempeñar el rol poco digno, para no decir bufonesco, que le tienen reservado Máximo, Carlos Zannini y otros guardianes del poder presidencial con, es de suponer, la plena aprobación de la jefa? Puede que sí, pero cuatro años es mucho tiempo; extrañaría que, mientras pueda, Boudou no hiciera ningún esfuerzo por librarse del destino denigrante que les toca a los acompañantes formales de los potentados peronistas para intentar ser un vicepresidente de verdad.

Además de preocuparse por las eventuales andanzas del vice actual, los pretorianos cristinistas se han sentido perturbados por lo que tomaron por una manifestación de lesa majestad por parte de uno de sus antecesores, Daniel Scioli, el que, para su indignación, mientras la Presidenta estaba internada jugó un partido muy amistoso de fútbol en Mar del Plata contra un equipo liderado por el jefe del gobierno porteño Mauricio Macri en que los bonaerenses ganaron 10-5. Para la gente de La Cámpora, se trataba de una forma acaso heterodoxa pero no por eso menos efectiva de enviarles un mensaje: Scioli no se cree condicionado por los prejuicios de su propio vice, Gabriel Mariotto, o por los de Cristina, y no tiene ninguna intención de tratar a sus adversarios políticos como si fueran enemigos mortales, repudiando así uno de los principios básicos del kirchnerismo. Huelga decir que el encuentro de dos hombres que, por sus trayectorias respectivas y su pragmatismo político, tienen mucho en común, fue mal visto por quienes sospechan que Scioli podría traicionar a Cristina en cualquier momento.

escrito por James Nielson y analista político,
ex director de “The Buenos Aires Herald”
(fuente:  noticias.perfil.com)

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