viernes, 20 de agosto de 2010

¿Son, realmente, tan malos?

Escrito por Ernesto Tenembaum

Más de un año después del triunfo electoral de la oposición y de la conformación de una inestable alianza parlamentaria entre sus sectores más diversos, quizá se pueda hacer una mirada retrospectiva y evaluar los límites y las características de una experiencia muy despreciada por el oficialismo, pero que –a mi entender– exhibe matices muy interesantes. Quien espere en esta nota una versión de la historia que la simplifique en una historieta –esto es: están los buenos, están los malos, la división está clarísima y el día que los buenos ganemos el pueblo será feliz– puede dar vuelta la página. Realmente, se evitará una pataleta. O buscar algún lugar donde se use la letra K con desprecio o se refieran a la oposición como grupo Ahhhhh! Para el autor de esta nota las cosas siempre son más complejas, a punto tal que por momentos –es necesario reconocerlo– no entiende demasiado de lo que habla.

La historia oficial sostiene que la oposición es un grupo de reaccionarios e inútiles. Las dos cosas son discutibles.

Sobre lo primero, es necesario notar que en la agenda opositora no apareció en estos meses –al menos, en un lugar relevante– ninguna iniciativa tendiente a revertir las medidas más defendibles de los siete años kirchneristas. La reforma de la Corte Suprema, la estatización de Aguas Argentinas, el Correo, Aerolíneas o las AFJP no fueron discutidas desde que el oficialismo quedó en minoría. Tampoco hubo ningún intento serio de reformar la Ley de Medios. Quienes estaban preocupados porque un triunfo opositor pudiera revertir los avances sociales o el crecimiento del rol del Estado, por suerte, vieron sus temores infundados. Tampoco la oposición impulsó endurecimiento de las penas o ninguna otra variante demagógica y de mano dura para enfrentar la inseguridad, que sigue siendo la principal demanda social hacia el Gobierno.

Es difícil, en estos meses, encontrar en la agenda de la oposición parlamentaria una medida calificable como “de derecha”. Incluso cuando alguno de sus sectores intenta ir por ese lado –como en el caso de la baja de retenciones como producto de la posible caída de las facultades delegadas– hay otros sectores que hacen valer su número y frenan esos disparates regresivos.

En contraste con esas medidas de derecha que no se producen, la oposición intenta hacer valer su número, es cierto, con éxito muy relativo, para impulsar medidas de distinto tipo que, a juicio del autor de esta nota, son progresistas. Fue la oposición la que obligó a considerar seriamente el otorgamiento de la Asignación Universal por Hijo, a un oficialismo que por entonces negaba las cifras obvias de pobreza. Las reformas del Indec y del Consejo de la Magistratura intentan –con sus límites y aspectos discutibles– revertir los peores rasgos exhibidos por el oficialismo, al igual que el control de la publicidad oficial, cuyo arbitrario manejo ha hundido medios independientes y permitido el florecimiento de los alineados, que sólo se dedican a hablar bien del Gobierno y mal de todo aquel que discuta algo. La presión por el 82 por ciento móvil para los jubilados y por el pago de las sentencias de primera instancia podrá ser discutible pero difícilmente catalogarse como reaccionaria. En un país rico, con un Estado rico, los jubilados ganan poco. Es un reclamo discutible, de financiación polémica, pero nunca derechoso. (Dicho sea de paso: por momentos parece que la negativa oficial a conceder el 82 por ciento sólo está guiada por el comprensible pero mezquino afán de negar un triunfo a la oposición.)

Hay un elemento más en el cual el proceso que vive la oposición en el Parlamento es sumamente interesante. Uno de los motivos de sus fracasos quizá sea una de sus virtudes. Se advierte dentro de esos sectores un debate permanente, en el cual no prima la homogeneidad. Esto se percibió, por ejemplo, en el debate sobre la ley de matrimonio igualitario, un tema en el cual el oficialismo llevó la voz cantante y sectores muy importantes de la oposición lo apoyaron: sin ellos, la ley no hubiera salido. Líderes opositores como Pino Solanas, Ernesto Sanz, Gerardo Morales o Felipe Solá jugaron roles clave en este sentido.

El eslogan que le atribuye a la oposición oponerse ciegamente a todo es sólo eso: un eslogan. Y ni que hablar si a esta lista se le agrega la Ley de Glaciares, un debate marcado, entre otros elementos, por la curiosa foto de la Presidenta con el titular de la Barrick Gold.

En la mayoría de estos temas, es difícil percibir a los diputados y senadores del oficialismo a la izquierda de la oposición. Como mínimo, las cosas parecen un poco más complicadas de definir.

Reaccionarios, hasta ahora, no lo han sido. Es difícil encontrar en el accionar de la oposición una agenda al estilo Biolcati. Al oficialismo –y a sus voceros– le conviene estigmatizarla de esa manera. Pero los hechos no avalan esa descripción, por más rataplán-rataplán que se le agregue.

¿Son inútiles?

Esa es la pregunta más difícil de contestar. En principio, no parecen demasiado eficientes, a juzgar por su incapacidad para plasmar esa agenda en la aprobación de leyes. Hasta ahora, no han conseguido que el debate entre los distintos sectores conviva con una eficiencia a la hora de imponer la voluntad opositora. Cada logro parece un parto, hay cierta desconexión entre los conductores de los bloques de diputados y senadores y –además– una evidente ingenuidad, sobre todo en el Senado. Los dirigentes opositores sostienen que los números, sobre todo en la Cámara alta, son demasiado parejos y que por eso no pueden o no saben cómo imponerse. Pero esa situación objetiva provoca un desgaste muy difícil de disimular. En segundo lugar, las sucesivas peleas por su alineamiento para el año que viene –cuando del otro lado hay un liderazgo claro, con una voluntad ciertamente inquebrantable– reafirma la sensación de su escasa eficiencia para articular políticas propias. Más allá de la agenda que defienden, un proyecto de poder tanto para el Ejecutivo como para el Legislativo requiere de un talento para imponerlo que, hasta el día de hoy, no aparece con claridad. Mientras no lo haga, está claro que la ofensiva será del Gobierno, esté, según el caso, a la derecha o a la izquierda del espectro político.

No son ni tan malos, ni tan reaccionarios, ni tan conspiradores como se los pinta desde los medios oficialistas.


Lo que está por verse es si son suficientemente idóneos.

No es una pregunta menor para la sociedad que elegirá nuevas autoridades el año próximo.

La aptitud es, por decirlo de alguna manera, una cualidad a la hora de gobernar.

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