domingo, 16 de mayo de 2010

Los presos de Perón, la violencia como forma de controlar a la gente

Por Marcelo Larraquy
publicado por Diario Perfil

De Perón a Montoneros, segundo volumen de Marcados a fuego, es el fruto de un detallado trabajo de investigación que documenta los dos primeros gobiernos de Juan Domingo Perón, su derrocamiento y el nacimiento de Montoneros, hasta 1973.

El periodista e historiador Marcelo Larraquy describe en este texto el secuestro y la tortura del universitario Ernesto Mario Bravo por parte de la Policía en 1951.

"Angustiada por la desaparición de mi hijo Ernesto Mario Bravo, desde su detención el 17 de mayo por Policía Sección Especial y agobiada por los más sombríos presentimientos, ruego nuevamente, Excmo. señor Presidente, dignarse impartir instrucciones para urgente esclarecimiento del hecho y concederme audiencia."

El caso de torturas de la Sección Especial de mayor resonancia fue el del estudiante Ernesto Mario Bravo.

Perón estaba enfrentado con la comunidad universitaria. El gobierno militar, que él integraba, había disuelto las organizaciones estudiantiles, clausurado universidades y detenido a rectores y decanos.

En 1945, la agremiación estudiantil se alineó con la Unión Democrática para las elecciones de febrero de 1946 y enfrentó en la calle a grupos peronistas y de la Alianza Libertadora Nacionalista (ALN), un grupo de choque liderado por Juan Queraltó. En esa batalla hubo varios muertos. Dos estudiantes de Ingeniería de La Plata, Jorge Bakmas y Julio Rivello, fueron asesinados por negarse a vivar a Perón. El 4 de octubre de 1945, Aarón Salmún Feijoo fue muerto cuando un grupo de diez personas de la Secretaría de Trabajo y Previsión lo interceptó en Perú y Avenida de Mayo, cuando iba a apoyar la huelga estudiantil en la Facultad de Ciencias Exactas. Le dispararon un tiro en la boca. Fue considerado el “primer mártir universitario”.

Tras la victoria de Perón, la universidad se convirtió en un espacio de culto al peronismo, con el restablecimiento de la enseñanza confesional y el uso de bibliografía oficialista. Los estudiantes, frente a la intervención de universidades, la expulsión de más de mil profesores –casi un tercio del cuerpo docente– y la designación de decanos y rectores con precarios antecedentes académicos, se mantuvieron en la resistencia. Una fórmula para controlarlos fue el certificado de “buena conducta”, requisito imprescindible para la inscripción universitaria, que entregaba la Policía Federal.

Los centros de estudiantes fueron vigilados y una red de informantes y delatores policiales se expandió por los pasillos y las aulas. Los centros de estudiantes, además de panfletos, servían de apoyo logístico.

En este contexto de tensión entre el oficialismo y los universitarios, se produjo la desaparición de Ernesto Mario Bravo, militante comunista, que estudiaba Química en la Facultad de Ciencias Exactas.

Bravo fue secuestrado en el barrio de La Paternal el 17 de mayo de 1951. Una comisión policial comandada por Lombilla fue a buscarlo a su casa. Bravo logró escapar por los fondos, pero fue aprehendido en la calle, sobre Fragata Sarmiento al 1800. Varios testigos observaron el procedimiento. La Policía negó su participación.

El gobierno no dio respuesta al requerimiento de sus familiares. El juez Nicolás González Goytia les informó que no estaba detenido, pero no ordenó el allanamiento de la Sección Especial.

Durante los primeros días, la prensa no se interesó por el secuestro. Sólo en las universidades se realizaron actos para reclamar su reaparición, que eran dispersados por la policía.

El 9 de junio la Federación Universitaria Argentina (FUA) realizó una huelga, con manifestaciones callejeras. Hubo corridas en la calle Florida y más de un centenar de detenidos.

Se intuía que Bravo correría el mismo destino que el obrero Aguirre: secuestro, torturas, desaparición y muerte. El contexto era cada vez más violento: en junio de 1951, algunos locales del Partido Comunista fueron saqueados; en Parque Patricios, el asalto a un local partidario de la calle Zavaleta provocó el asesinato del obrero metalúrgico Francisco Blanco, ultimado por miembros de la Alianza Libertadora Nacionalista, comandados por Guillermo Patricio Kelly.

El caso Ernesto Bravo fue tomado por radicales, católicos, el Diario La Nación, toda la oposición, como el símbolo de la represión de la Sección Especial. Su desaparición también fue denunciada en la Cámara de Diputados.

El peronismo no se quedó de brazos cruzados. Salió a responder. Denunció que el de Bravo era un “autosecuestro”; lo habían retenido los mismos estudiantes porque necesitaban un mártir, una bandera, para movilizarse contra el gobierno. Bravo, desde la perspectiva oficial, era la parte visible del iceberg de un complot “comunista-oligárquico”, la reedición de la Unión Democrática que había sido derrotada en las urnas.

Después de veintiséis días sin noticias sobre su paradero, Bravo apareció. La versión policial indicaba que el estudiante supuestamente secuestrado había sido detenido tras un “tiroteo con la policía” en la calle Bahía Blanca. El parte policial explicaba que los agentes “vieron brillar en la oscuridad un revólver niquelado esgrimido por un individuo bajo y de cierto grosor, quien sin más trámite, abrió fuego. Igual cosa hizo otro de los individuos, alto y fornido”.

Sus dos cómplices habían escapado, pero Bravo logró ser reducido por las fuerzas policiales. La CGT y el Consejo Superior Peronista avalaron la versión, del mismo modo que la prensa oficialista. Bravo fue acusado de “abuso de armas y resistencia a la autoridad”. El juez lo interrogó durante veinte horas, en dos días continuados.

Su testimonio era coincidente con la declaración de los testigos. Había sido secuestrado el 17 de mayo. Bravo relató que fue conducido a la Sección Especial. Lo golpearon diez hombres, a patadas y con cachiporras hasta que se desvaneció, lo desnudaron en una celda y le tiraron baldes de agua fría. Lo dejaron solo durante todo un día pero le impidieron dormir.

Después fue llevado a una oficina y volvieron a pegarle. Cada tanto, un kinesiólogo le hacía masajes para reanimarlo. Otra vez en la celda, con fiebre, bebiendo agua del piso y su propia orina, trataron de reanimarlo con inyecciones y hielo. Un enfermero le enyesó el dedo anular y el meñique, que se habían quebrado por los golpes.

Cuando observaron que su vida corría peligro, la policía recurrió a un médico. Bravo nunca lo pudo ver. Cada vez que lo atendía le vendaban los ojos. Lo llamaban “el doctor Maciel”.

En su relato, Bravo dijo que escuchó que una niña bailaba danza española en el patio interno de la Comisaría 8ª, como parte del festejo patrio del 25 de Mayo. La fecha le servía como referencia. Dos días después, una inyección le fue haciendo perder el conocimiento, aunque percibió que era trasladado en una camioneta, mientras el kinesiólogo, apodado “el Gallego”, le daba medicamentos y le tomaba el pulso.

Fue llevado a una casaquinta donde permaneció esposado en una cama. Reconoció a un celador del colegio industrial entre los miembros de la custodia de la Sección Especial. También lo visitaba el “doctor Maciel”.

Poco a poco, Bravo se fue sintiendo mejor. El 13 de junio le quitaron el yeso, las vendas, le trajeron un peluquero, lo afeitaron, le dieron las mismas ropas con las que había sido detenido –lavadas y planchadas– y lo retiraron del lugar.

Luego de tres horas de viaje en auto, entró en una comisaría. A la mañana siguiente, fue obligado a declarar ante la Justicia bajo la acusación de “abuso de armas y resistencia a la autoridad”. Después, dio testimonio en otro juzgado sobre las torturas a las que fue sometido.

El cuerpo médico de Tribunales constató fracturas en los dedos, hematomas, huellas de las inyecciones. El testimonio de Bravo era verosímil. Pero, hasta ese momento, en el expediente había dos versiones contrapuestas: el informe de la Policía y los dichos de Bravo.

Cinco días después, surgió la tercera versión: la del “doctor Maciel”. El médico se llamaba Alberto Caride. Explicó a la Justicia que había sido contactado por teléfono por el oficial principal Amoresano a las tres de la madrugada del 18 de mayo de 1951. Enseguida lo pasaron a buscar por su casa.

En el auto, camino a la Sección Especial, Amoresano le recordó que había sido empleado de la Mesa de Entradas de un sanatorio cuando Caride era practicante; le recordó también que había sido despedido por pedir propinas de pacientes y familiares, y que al empleado que delató su práctica le rompió la nariz.

Después, la vida lo había ido llevando. Había trabajado con un camión, pero ahora estaba haciendo carrera. Era el hombre de confianza del comisario Lombilla. Estaba orgulloso de su jefe. Los unía la particularidad de que ninguno de los dos había pasado por la Escuela de Policía. Para los hombres de la fuerza, el porvenir era la Sección Especial.

Lombilla recibió a Caride en su escritorio. Tenía a primera vista la foto en la que posaba con Perón, con una dedicatoria personal del presidente. Lombilla se disculpó por haberlo importunado a esas horas de la madrugada. Le comentó que sus médicos estaban de vacaciones y necesitaba sus servicios. Sabía que él también preparaba las suyas. Lombilla le dio el pasaporte que había gestionado en la Policía para viajar al exterior. Pero iba a tener que suspenderlas.

A uno de sus muchachos “se le había ido la mano” con un detenido y ahora quería dejarlo bajo su responsabilidad, para que hiciera lo que pudiera. Pero si no fuera así, “mala suerte”, le explicó.

Caride fue guiado por Lombilla por el interior de la Sección Especial de Policía. Atravesaron distintos corredores, subieron una escalera estrecha, abrieron un candado con una llave, empujaron una puerta de metal, entraron en una “cueva”.

El espacio era de dimensiones pequeñas. Había una figura postrada en la oscuridad que respiraba con dificultad. Estaba inconsciente. Tenía puesto un calzoncillo y una camiseta. Caride le vio la cara deformada, el cráneo hundido. Le brotaba sangre de la boca. Tenía llagas en las encías y la mano derecha enyesada.

—Este es el hombre –dijo Lombilla.

El médico se agachó para separarle los párpados, los hematomas se lo impedían. Cuando se paró para hablar con Lombilla se encontró cercado por hombres con pistolas al cinto. Advirtió que él también era un prisionero.

—Hay que darle agua –comentó el médico.

Lombilla se negó.

—Hablemos abajo –dijo.

La puerta metálica volvió a cerrarse con candado.

El jefe de la Sección Especial lo llevó a la oficina del Archivo. No quería muchos testigos. Estaban Amoresano y algún otro asistente. Había muebles con centenares de prontuarios.

Lombilla le pidió a Caride una evaluación de lo que había visto.

—Tiene conmoción cerebral –dijo el médico.

El policía relativizó el diagnóstico, pero luego lo fue aceptando.

—Puede ser. Le dimos tres horas de picana.

Lombilla le transmitió sus experiencias como policía. Si la picana se aplica por mucho tiempo, los músculos se contraen y el detenido queda duro. La mandíbula es lo primero que se endurece. A menudo se ablanda con una buena trompada. Pero en el caso de este detenido, le explicaba Lombilla, los golpes no resultaron.

Caride propuso internarlo en un sanatorio lo más rápido posible. Había que hacerle radiografías en las costillas. Sospechaba que una estaba fracturada. Lombilla le explicó que podía atenderlo en la repartición. Se preocupó por la salud del detenido.

—¿Cuánto tiempo se necesita para que se recomponga? –preguntó. Necesitaba conocer su opinión para saber qué hacer con él.

El médico no podía precisar si se recuperaría en forma completa.

—Las conmociones cerebrales dejan huellas que son imposibles de predecir.

Si el diagnóstico era complicado, Lombilla comentó que podía hacer atropellar al detenido por un auto y que el problema se resolvería con un accidente. Podía ser un auto de la Sección Especial.

—Las denuncias van a la Dirección de Tráfico de la Policía y no tardan mucho en archivarse.

La hipótesis del “accidente” quedó flotando en el aire. Lombilla también le explicó por qué no le daban agua al detenido. No era por desconsideración. Después de las torturas, había que dejar pasar al menos cuarenta y ocho horas para que el sistema digestivo le permitiese tragar algo. Ni siquiera podía hacerlo por enema. Pero le admitió a Caride que tenía razón.

—Lo de la conmoción cerebral quizás haya sido porque lo agarramos de los pelos y le golpeamos la cabeza contra la mesa –dijo.

El arte de la tortura es no matar, explicó Lombilla. Es jugar siempre al límite para lograr la confesión, pero evitar que el detenido muera sobre la mesa.

La muerte era considerada un imprevisto en la Sección Especial. Le había ocurrido una vez a Amoresano. Empezó a torcerle las muñecas a un detenido que continuaba sin hablar o, mejor dicho, sólo se quejaba. Ese día estaba con mucho trabajo y Amoresano perdió la paciencia. Le dio un golpe en el pecho y el corazón se le plantó en el acto. Lombilla se sonrió por la mala suerte de su ayudante.

De la oficina de Archivo de la Sección Especial fueron hasta un pequeño depósito de medicamentos. Lombilla le dijo que eligiera lo que hiciera falta. No había mucho. Caride tomó un estimulante cardíaco y suero, pero decidió ir a su consultorio a retirar jeringas, suero, coralina, una sonda. Lo acompañó Amoresano. No quedaba muy lejos. En el 261 de la calle Riobamba.

Al regresar, el médico hizo las primeras curaciones al prisionero. Recomendó que le pusieran una bolsa de hielo para bajarle la fiebre y, en lo posible, que lo colocaran en una cama con un colchón, frazadas, almohada.

Lombilla lo invitó a tomar un café en su despacho. Se esmeraba por ser cortés con el médico. Le habló de Perón. Tenía buena relación con él. El General estaba apadrinando los estudios de su hijo como cadete del Colegio Militar.

Pasadas las seis de la mañana, lo dejaron ir a su casa. Tres horas más tarde lo llamaron desde la Sección Especial para preguntarle si iba a salir de su domicilio porque, si fuera así, le mandaban la custodia y el auto. A esa hora, ya había policías vigilando la puerta de su casa.

A la tarde, Caride fue a hacer visitas médicas acompañado por un oficial. A la medianoche, volvió otra vez a la Sección Especial. Le abrieron el calabozo y el médico entró. Volvió a ver al detenido. Estaba tirado sobre un felpudo; no había hielo ni se había aplicado nada de lo que había indicado. Un par de zapatos en la cabeza le servían de almohada. Todo el resto estaba como lo había dejado. Lombilla le pidió que no se alterara. No tenía mucho margen para quejarse. Puso en palabras lo que Caride ya había entendido.

—Cualquier acusación que haga en nuestra contra sólo servirá para comprometerlo. Continúe con nosotros y en silencio. No tiene otra salida.

No hay comentarios:

Se ha producido un error en este gadget.

La Hora en Argentina