miércoles, 7 de abril de 2010

Messi y Maradona en el diván

escrito por John Carlin, para Diario El País

"A ver si es verdad que va a ser mejor que yo". Un no del todo feliz Diego Maradona, a un compañero, tras un gol de Messi contra Francia en febrero de 2009

Opinando sobre la brillantez sin adjetivos de Leo Messi el otro día, un bloguero inglés ofreció la siguiente reflexión: que la única fuerza en el universo capaz de parar al argentino era su compatriota, y seleccionador, Diego Maradona.

Sobre el campo nadie está a la altura porque el secreto consiste no en pararlo con los pies, sino con la cabeza. Hay que penetrar el cerebro de Messi e influir en su estado de ánimo con el propósito de diluir su altísima dosis del elixir de la vida, la confianza. El objetivo es inhibirle, hacerle dudar de si mismo en aquellos momentos decisivos que en un partido marcan la diferencia entre el éxito y el fracaso, entre el regate certero y la pérdida del balón, entre el gol y el acierto del portero. Estamos hablando de microsegundos en los que, con la mente despejada, Leo es Leo y lo imposible se vuelve realidad. Con la mente contaminada, en cambio, incluso lo posible se le complica.

Y éste es precisamente el impacto que Maradona tiene sobre Messi. Maravillosamente perverso, se podría decir, ya que el éxito del dios argentino como seleccionador en el Mundial de Suráfrica dependerá de la capacidad de Messi de jugar a su más alto nivel. Un Messi liberado y feliz es capaz de llevar a Argentina a la conquista de la Copa del Mundo, como hizo Maradona el jugador en 1986. Pero, como los argentinos no dejan de lamentarse, cuando Messi cambia la camiseta blaugrana del Barcelona por la albiceleste de su selección se convierte en un ser triste, flojo, enjaulado.

El problema no es el color de la camiseta; la kriptonita del supermán es Maradona. ¿Será consciente Maradona del impacto destructivo que está teniendo sobre Messi, y sobre sí mismo como seleccionador? Con toda seguridad, no. Maradona es muchas cosas pero nadie jamás le ha acusado de ser un Sócrates de la reflexión. Entonces, no nos queda más remedio que recurrir al resorte favorito de la clase media argentina, el psicoanálisis.

El mensaje que el inconsciente le transmite a Diego va a algo así: soy Dios en mi tierra porque gané el Mundial de 1986 y me convertí para mis compatriotas -y para buena parte de la humanidad- en el mejor jugador de fútbol de todos los tiempos. Mi condición de Dios depende de que mantenga ese estatus, de que no me quiten del pedestal, o de que no aparezca otro -un hijo mío, o sea de Dios- digno de compartir el panteón conmigo, o incluso de destronarme. Si dejo de ser considerado como el mejor, como el argentino más admirado de la historia, dejo de ser yo. Porque yo no soy yo, sino una noción fabricada en la mente de los argentinos que yo también me he creído. Con lo cual, si dejo de ser el único y verdadero Dios, pierdo mi identidad. Ya no sabré quién soy. Porque no hay nada más.

El destino de Argentina en el Mundial dependerá de si Maradona es capaz de imponer la razón a las poderosas fuerzas que emanan de su inconsciente, tarea que es muy difícil, aún para gente normal. La razón, en este caso, consiste en hacer lo humano y lo divino para que Messi se sienta tan bien jugando para su selección como cuando juega para el Barcelona; en dejar de hacer lo que Maradona ha estado haciendo, que es minar su confianza transmitiéndole mensajes ambiguos, declarando un día que es un chupón, otro que todo depende de él. Que se fije en Pep Guardiola, el entrenador del Barça, que mima a Messi en privado, seguro, y en público no deja a) de elogiarle; b) de recordar que el peso de los resultados recae en todo el equipo, no sólo en él.

La pregunta, entonces, es, ¿cuántas ganas tiene Maradona realmente de ganar un Mundial como seleccionador? El desafío consiste en anteponer los intereses de la patria al ego que la patria tanto ha hinchado. Muy difícil, repetimos. Pero con el Diego, que ha frenado (se supone) su pasión por la cocaína e incluso ha vuelto del lecho de la muerte, nunca se sabe. Maradona tiene que obrar otro milagro: se tiene que vencer a sí mismo para que Messi sea invencible, en todos los colores.

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Yo Creo que lo mejor que le puede pasar a los argetninos es que Maradona NO PUEDA ir al mundial.

Pablo de Córdoba dijo...

Habría que mencionar en la "inflación" del ego de Maradona, por supuesto, a los italianos, en especial a la gente del Nápoli, y a los europeos en general (por la transmisión de su imagen, merchandising, publicidad, etc), no fue la televisión Argentina la que llegó a los emiratos árabes, Africa, Oceanía y China en la época cumbre del jugador y después.

mario dijo...

Anónimo: Creo temer lo mismo que vos.

Pablo:

sí, tenés razón. Pero acá en la Argentina se tomaron las hazañas de Maradona como una causa nacional, a la altura de San Martín y Belgrano.

Y como sucedió con grandes hombres de nuestra historia, a Maradona lo idealizamos y hasta negamos sus miserias.

Saludos.

pablo de Córdoba dijo...

Grande Diego,inmenso...y del otro lado hormiguitas que hablan de vos te critican.Quieren imponer como otra de sus mentiras ,la rivalidad Diego-Messi,cuando Diego lo presento como su sucesor cuando a Messi no lo conocia nadie,ni era titular del Barsa.Que triste lo de las hormigas,saben que nunca seran la 0,000000000000000000000000001 parte de lo que es D10s.

Anónimo dijo...

Gracias D10S por sembrar tanta estupidez entre nosotros

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