miércoles, 3 de febrero de 2010

Desidia mortal y avaricia asesina... pero nadie se hace cargo

El 31 de agosto de 1999 a las 20:54 hs., en el Aeorpuerto Jorge Newbery de la Ciudad de Buenos Aires, un avión Boeing 737-200 de la aerolínea privada local Líneas Aéreas Privadas Argentinas (L.A.P.A.) con 98 personas a bordo, cuyo destino era la Ciudad de Córdoba, iniciaba su carrera de despegue. Todo parecía ser una escena rutinaria en el principal aeropuerto de la Argentina.

Pero no. Vivimos en la República Argentina.

Usualmente para este tipo de sucesos, solemos utilizar el término de "accidente". Podemos esbozar diferentes definiciones de lo que es un accidente pero, básicamente, podemos coincidir en un par de elementos caracterizan a este concepto: un hecho fortuito, repentino y/o imprevisible, ajeno a la voluntad humana que producen una consecuencia no deseada.

Así, solemos hablar de "accidentes de tránsito" cuando ocurren hechos en donde se lamentos daños y pérdidas de vidas humanas como así también daños materiales. Pero si analizamos detenidamente los "accidentes" que a diario nos impactan, podemos caer en la cuenta de muchas veces son los seres humanos hacen demasiado para que esos hechos sucedan no de una manera fortuita.

En el caso puntual del vuelo 3142 de L.A.P.A., al no estar en condiciones óptimas para el transporte de pasajeros, el avión era ya una trampa mortal. Todo arrancó mal, como un negro presagio, cuando aquel vuelo ya estaba demorado porque técnicos de L.A.P.A. se demoraron intentando poner a punto una turbina del ala izquierda de la aeronave.

La nave salió por la pista hacia el sur del aeroparque pero, para sorpresa de algunos, cuando ya tomaba velocidad para salir hacia los cielos, no pudo despegar: la tripulación no pudo controlar la infernal carrera del avión a más de 250 kilómetros por hora, derribó el cerco perimetral y siguió hasta la Avenida Rafael Obligado atropellando a tres vehículos, destruyendo la muralla costanera, embistiendo a una motoniveladora, una grúa y una caseta de gas para finalmente frenarse contra un talud de tierra que sirve de límite a un concurrido campo de práctica de golf. El avión finalmente explota y comienza a incendiarse.

Solo unos veinte pasajeros logran escapar, algunos por el servicio de seguridad del aeroparque y otros por sus propios medios asistidos por ocasionales transeúntes. Este desastre dejó como saldo 65 muertos y 34 heridos, 17 de gravedad.

El desastre podría haber sido mayor porque muchos automóviles que circulaban por la Avenida Obligado estaban detenidos por un semáforo en rojo y porque el avión no llegó a impactar contra un complejo de restaurantes y una estación de servicio que tenía depositados 250.000 litros de combustible.

Se vivieron momentos de máxima tensión entre las personas que se estaban carbonizando y las que se asfixiaban. Fabián Núñez, de 35 años de edad y sobreviviente a ese infierno, relató al Diario La Nación que "Fue terrible. La gente que viajaba adelante no pudo salir. Murieron quemados o asfixiados, ya que la puerta delantera no se abrió. Yo no conocía a ninguno de los que iba en el avión, pero no tengo consuelo. Sufro por cada uno de ellos. Me sentí impotente, no pude hacer nada por ellos. Los escuché gritar y los vi quemarse." Otra testigo, María Esther Ereñú, agradece a Dios el haber podido salir con vida aunque las secuelas que le dejó la marcaron de por vida: tiene el 64% del cuerpo quemado, incluso parte de su cara, amputaciones en las manos, y sufrió una pérdida sustancial de masa muscular en las piernas; por ende, Ereñú no pudo volver a su trabajo y abandonó su carrera de politóloga.

Los errores humanos no terminaron ahí sino que continuaron cuando se descubrió que los forenses fallaron en el reconocimiento de algunos cadáveres, al punto de entregar equivocadamente cuerpos a familiares de las víctimas. En consecuencia, debieron exhumarse nueve cadáveres que ya habían sido velados y enterrados por los deudos para ser reasignados correctamente a las familias...

Una hora después de haber ocurrido esta tragedia, se hicieron presentes en el lugar de los hechos el entonces Presidente de la Nación Carlos Saúl Menem y el Jefe de Gobierno porteño Fernando De la Rúa.

Con el correr de los días, se iniciaron los peritajes que fueron arrojando distintos resultados. Primero, se apuntó a una falla en una de las turbinas del avión que impidieron que pudiera despegar correctamente y, posteriormente, se apuntó a la tripulación de aquel fatídico vuelo a la que se señaló por ineptitud al desoír una alarma que habría sonado advirtiendo de la imposibilidad de volar.

Ya en Mayo del 2000, la Junta de Investigaciones de Accidentes de Aviación Civil entregó un informe final en donde responsabilizaba a "la tripulación del vuelo de LAPA 3142 olvidó extender los flaps (alerones) para iniciar el despegue y desestimó la alarma sonora que avisaba sobre la falta de configuración para esa maniobra", aunque admitía el grado de responsabilidad que le cabía a LAPA y a la Fuerza Aérea por no haber supervisado adecuadamente a la nave ni haber capacitado debidamente a los pilotos.

En junio de ese mismo año, se indagó a Gustavo Andrés Deustch, Presidente de L.A.P.A. como corresponsable de la tragedia y se dispuso un embargo por 60 millones de pesos sobre los bienes personales del directorio de la empresa. Aunque en Noviembre, dicha medida se levantó.

Por esas cosas que tiene la Justicia Argentina, recién en el 2005 esta causa se elevó a juicio oral, lo cual se concretaría en 2008, ocho años y medio después de ocurridos los hechos. En julio de 2005, se produjo la extraña muerte de Enrique Dutra, un militar retirado que ocupaba el comando de Regiones Aéreas cuando se ocurrió ese desastre.

El proceso judicial tuvo su culmen en el día de ayer cuando se supo que el Tribunal Oral Federal Nº 4 integrado por los jueces María Cristina Sanmartino, Leopoldo Bruglia y Jorge Gorini absolvió de toda cula y cargo al Presidente de LAPA Gustavo Andrés Deustch, el Director General Ronaldo Boyd y el Gerente de Operaciones Fabián Chionetti. A su vez, dicho Tribunal absolvió al Comodoro Diego Lentino, a Damián Peterson, ex director de Habilitaciones Aeronáuticasa y a la ex jefa de personal de la empresa, Nora Arzeno y, por su parte, fueron condenados a tres años de prisión en suspenso por el delito de estrago culposo agravado el Gerente de operaciones Valerio Diehl y al ex jefe de la línea 737 Gabriel María Borsani.

El fallo causó indignación entre los sobrevivientes y familiares de las víctimas que no alcanzan a entender cómo todo ese desastre ha quedado sin responsables que tengan que pagar su culpabilidad con la cárcel. La mayoría de los familiares de las víctimas se agruparon en Asociación de Familiares de Víctimas Aéreas, en donde buscan consuelo mutuamente y, sobre todo, quieren justicia en honor a la memoria de sus seres amados.

La historia de Líneas Aéreas Privadas Argentinas (LAPA) comenzó en 1984, cuando el actual presidente y dueño de la compañía, Gustavo Deutsch, la recibió en parte de pago por la venta de un campo en la provincia de Buenos Aires. La empresa empezó a crecer sensiblemente hasta que en el año 1999 transportaba anualmente unos 160.000 pasajeros, lo que representaba aproximadamente un 30% del mercado. Finalmente, en abril de 2003 L.A.P.A. finalizó sus actividades cuando quebró.

Quien también cobró protagonismo en esta dura historia es Enrique Pineyro, cineasta, médico y ex piloto de L.A.P., quien renunció a esa empresa en Junio de 1999 no sin antes advertir públicamente serias irregularidades en los controles de las aeronaves. Años más tarde, ya en 2004, Piñeyro plasmó su visión de los hechos en la película Whisky Romeo Zulu que dirigió y protagonizó junto a Mercedes Morán. Una vez conocida la absolución de los máximos responsables de L.A.P.A, Piñeyro volvió a acusar a la empresa de despreciar los estándares de seguridad en aras de maximizar sus ganancias y fue muy sintético para expresar su pesar por lo que determinaron los jueces que entendieron en la causa cuando afirmó “No puedo creer que los jueces absuelvan a esta gente. ¿Uno puede matar a 65 personas y llevárselo de arriba?”...

¡Bienvenido a la Argentina, Don Piñeyro!

Desmenuzando los hechos, encontramos avaricia de los empresarios y desidia en quienes debían supervisar y fiscalizar a las aeronaves. En mi humilde opinión, ésto no se trató de un accidente... ¿quién se hace cargo?

Para leer el informe de la Junta de Investigaciones de Accidentes de Aviación Civil (Argentina) sobre el vuelo LAPA 3142, hacer click aquí.

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