martes, 8 de diciembre de 2009

Cómo trascender en 15 minutos

escrito por Matías

Cuando una persona llega a cierta edad o, mejor dicho, cierta etapa de la vida, empieza a plantearse ciertos cuestionamientos filosóficos que tienen que ver con la propia existencia, la vida, la muerte, en fin. Son variadas las circunstancias, causalidades o también casualidades que los provocan.

Creo que, en mi caso, un par de hechos importantes me ubicaron en este punto típico. Uno fue, sin dudas, la muerte de mi madre, que me dejó en ese estado de orfandad y soledad frente al mundo hostil que en ese momento se vuelve más hostil aún. La presencia inmediata de la muerte, su cercanía y realidad inevitable expone la tan trillada cuestión de lo efímero de la vida, la insoportable levedad del ser.

Otro hecho, totalmente antagónico al anterior, fue el nacimiento de mis hijos. Entonces, son otras las sensaciones y reflexiones que surgen. Ahora es la vida en ciernes, todo un futuro por delante. Un futuro en el cual, llegado un punto, no estaremos…

A partir de estos sucesos, empezó a inquietarme una idea acerca de la necesidad de no pasar por este mundo sin dejar algo, una marca, una buena obra, algo. Lo comenté vagamente con mi esposa en algún momento. Lo expuse como una inquietud primaria, tal vez superflua. Luego se me presentó más claramente.

Mi cuestionamiento e inquietud es cómo trascender, cómo dejar un recuerdo significativo, en lo posible, a otros que no sean familiares. Porque… analizándolo objetivamente, ¿cuánto podemos transcender normalmente? Nuestros hijos tendrán nuestro mayor legado… Nuestros nietos sólo buenos pocos recuerdos… Con suerte, algún bisnieto tendrá alguna foto de él en nuestros brazos… Y luego… Pasaremos a ser una lápida conocida, una foto ajada en un álbum familiar, un nodo en un árbol genealógico reconstruido por alguien en la dinastía…

No pretendo ser un John Lennon, un Freddy Mercury, una Mercedes Sosa, personajes que dejaron una huella en el mundo que será casi imposible de borrar. Ellos dejaron un legado inmenso que varias generaciones disfrutarán. Sus admiradores se renovarán a través de los tiempos y elogiarán su obra ad eternum.

No pido eso, no. Soy realista. Al menos sí, ser algo más que lo que mencioné antes. Ser algo más que un nombre, tal vez ligado a un rostro.


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Andy Warhol fue un grandísimo artista pop. Tan grande y tan pop que el concepto de "pop" no existiría si él no hubiese existido. Pintor, cineasta, escultor, publicista, mentor del grupo fundacional The Velvet Underground y varias facetas más abracan su inquieta vida. Es mundialmente conocida su frase "En el futuro, toda persona será famosa por 15 minutos". La frase, no sólo genial por donde se la mire, resultó ser, a mi entender, premonitoria y visionaria. En estos tiempos de la sociedad de la información y estrellas mediáticas, la frase no puede ser más acertada. A diario vemos que personas con poco o ningún talento son elevadas a la popularidad casi instantáneamente pero, al mismo tiempo, casi siempre es efímera. Sí: 15 minutos de fama exactos.

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El año pasado falleció una persona que, en cierta forma, resume todas las ideas expuestas aquí. Su nombre fue Scott Halpin y, en los años 70 -los gloriosos años 70- cumplió el sueño colectivo de todo fan de la música rock: tocar con su banda idolatrada. Tuvo literalmente sus 15 minutos de fama asignados y los aprovechó en una forma fabulosa.

El 20 de noviembre de 1973, en San Francisco, The Who dio uno de sus aclamados shows. Liderados por el explosivo guitarrista Pete Townshead y sostenidos por el grandilocuente baterista Keith Moon, los Who eran por esos tiempos y aún hoy uno de los actos que no se podían dejar de presenciar.

Nada hacía presagiar que algo especial ocurriría esa noche, pero al bueno de Keith se le ocurrió pasarse de drogas y su estado era bastante más que deplorable. Promediando el concierto, Moon de desplomó sobre su batería, lo que provocó la suspensión momentánea del concierto mientras tras bambalinas trataban de revivir al músico. Una ducha helada, algunas pastillas y, según dicen algunas lenguas avezadas, una inyección de adrenalina lograron devolverlo despierto al escenario. Pero no fue por mucho tiempo más, ya que al tercer tema volvió a desmayarse y esta vez sí, directo al hospital. Cuentan que Townshead nunca perdonó a Moon por su irresponsabilidad y que ese fue el comienzo de la decadencia del baterista.

Lo cierto es que para el siguiente número optaron por hacer una versión de una canción sin percusión, sólo con el cantante Roger Daltrey sacudiendo una pandereta. Townshead, no se sabe si por nerviosismo, bronca o hilaridad, pronunció la famosa frase "¿Puede alguien tocar la batería?" y luego de repetir la pregunta agregar: "Digo, ¡alguien realmente bueno!".

Entonces, Scott Halpin, por entonces un muchacho flaco y desgarbado de 19 años, fue recomendado a gritos por sus amigos a la gente de seguridad de la banda. Hacía un año que no tocaba la batería pero se tenía la suficiente confianza (¿o inconciencia?) para sentarse en la banqueta de la batería más exigente del planeta en esa época. Al subir al escenario, la banda lo recibió con un apretón de manos y un vaso de brandy para luego improvisar tres canciones más para terminar el show. El desempeño de Scott fue bastante digno, con errores lógicos de alguien que no conoce al dedillo los tiempos y quiebres de los temas, más aún si se trata de alguno no editado, como uno que interpretaron.

Terminado el recital, la banda (incluido Halpin) saludó al borde del escenario, festejaron detrás del escenario y Scott volvió a su anónima vida. Bah, esto es un decir, porque en verdad, Scott Halpin es un héroe de muchos jóvenes y no tanto que darían lo que sea por haber estado en su lugar.



¿Cuántos Scott Halpin hay en cada recital, en cada bar, en cada casa al lado del equipo de música paladeando sus discos favoritos.

No pretendo ser un John Lennon, un Freddy Mercury, una Mercedes Sosa, no. Con ser alguien como Scott Halpin me conformo...

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