lunes, 20 de abril de 2009

Yo (s)o(y) el caos

Escrito por Roberto Cachanosky

La idea de que una derrota del kirchenrismo en las elecciones de junio llevaría a la Argentina a una crisis no resiste el menor análisis frente a la caótica realidad en la que estamos inmersos. Peor, imposible.

Resulta realmente curioso el caso de Santiago Montoya. El ex recaudador de impuestos de la provincia de Buenos Aires no respetó límites a la hora de quitarles el dinero a los contribuyentes. Violando las normas de derecho más elementales, inspirado en una especie de supuesto paladín de la moralidad a la hora de recaudar, argumentaba que sus métodos valían porque había que financiar el gasto público. El problema era que la plata que les quitaba a los contribuyentes no se destinó a mejorar la seguridad, la justicia, la educación o la salud.

El argumento de que recaudar de cualquier manera, aun violando la seguridad jurídica, es lícito cuando se trata de financiar el gasto público es una falacia. El Estado no tienen derecho a usar el monopolio de la fuerza para apropiarse de los recursos de los contribuyentes para dilapidarlos en punteros políticos, ñoquis o, en el caso de la Nación, para que Néstor Kichner viaje en helicóptero para hacer campaña política. Digamos que Montoya montó una imagen de sí mismo de paladín de la moralidad al momento de cobrar impuestos, ignorando la inmoralidad de quebrantar las normas y el uso monárquico de esos recursos.

Ahora bien, a pesar del comportamiento de Montoya, que violó el estado de derecho para obtener recursos para que la dirigencia política los dilapidara, lo curioso del caso es que el kirchnerismo pretendía que fuera candidato a legislador por San Isidro porque, evidentemente, tiene mejor imagen que cualquiera de los políticos de la esfera del ex presidente, quien hoy sigue manejando los hilos del poder como si fuera el verdadero titular del Ejecutivo nacional. Esta situación deja a las claras lo mal que está el oficialismo en su imagen ante la población: si tiene que recurrir a alguien que expolió a los contribuyentes porque tiene mejor imagen que los políticos del riñón kirchnerista quiere decir que tiene un alto grado de repudio por parte de la sociedad.

Es por eso que, curiosamente, Néstor pretende instalar la idea de que si él no gana las elecciones se produce el caos o, como dice Daniel Scioli, corre riesgo la gobernabilidad.

Ya no caben dudas de que Kirchner está desesperado por la caída de su popularidad. El simple hecho de tener que recurrir a Scioli para amortiguar el papelón histórico que sufriría el kirchnersimo en las próximas elecciones muestra que ni él mismo cree que tiene la capacidad de convocar el apoyo en las urnas. Tan desesperado parece estar, que la semana pasada llegó al ridículo de decir que si él no gana volvemos al ’76. Y más hizo el ridículo todavía al sostener que los últimos datos que había recibido le indicaban que la economía no sólo no había entrado en recesión, sino que estaba volviendo a crecer. Si los datos truchos que tiene Néstor fueran ciertos, ¿para qué mandó a su esposa a adelantar las elecciones argumentando que teníamos por delante la peor crisis económica de los últimos 100 años?

¿Viene el caos si el oficialismo no gana? ¿Se pierde la gobernabilidad si Kirchner es derrotado en las elecciones? La realidad es que hoy el país es un caos económico e institucional, incluso con Néstor teniendo mayoría en ambas cámaras y disponiendo de los inconstitucionales superpoderes para manejar la caja a su antojo. Vivimos con una economía paralizada, creciente pobreza e indigencia, desocupación en alza, un superávit fiscal que se evapora a pesar de que están exprimiendo como a un limón a los contribuyentes, fuertes caídas de las exportaciones y fuga de capitales. Como si fuera poco, comenzamos a sufrir la peor combinación imaginable: a pesar de la recesión, tenemos inflación.

A este escenario debemos agregar los problemas del dengue y de la inseguridad, que hacen estragos en la población decente que, a pesar de la política de los Kirchner, todos los días intenta buscarle la vuelta a la vida para seguir manteniendo sus familias. Insisto, hoy el país es un caos y ese caos se debe a los delirios institucionales de Néstor y a las barbaridades económicas hechas en todos estos años.

Desde el punto de vista económico, la parálisis de la actividad no se explica nada más que por la incertidumbre de qué ocurrirá el 28 de junio (al adelantar las elecciones, Néstor anticipó la crisis que esperaba para octubre). En realidad, el mayor pánico se centra en qué puede llegar a ocurrir si Néstor lograr retener parte del poder. Dicho en otras palabras, Kirchner ha demostrado tal capacidad de desprecio por el derecho de propiedad y la seguridad jurídica que él mismo se ha transformado en el principal obstáculo para el crecimiento. Nadie en su sano juicio puede llegar a invertir en un país en el cual no hay reglas de juego claras y transparentes, y donde todo depende de los caprichos de Néstor de cada mañana. Sin inversiones no hay crecimiento. Sin crecimiento no hay nuevos puestos de trabajo, aumentan la pobreza y la desocupación y la economía languidece. Eso es lo único que puede ofrecer Néstor: imposibilidad para encauzar los destrozos económicos que cometió en todos estos años porque nadie cree en su capacidad para recomponer la economía.

Es por esa razón que a su slogan “Yo o el caos” le faltan dos letras. Una “s” antes de la “o” y una “y” después de ella. Así, debería leerse: “Yo soy el caos”. Y Kirchner es el caos porque no está capacitado para construir, sino para destruir. El ejemplo más evidente es el del campo. Habiendo tenido un ciclo especialmente histórico de precios internacionales para el sector agropecuario, tuvo la increíble capacidad de destrozarlo. La actividad lechera, la ganadera e inclusive la agricultura sufrieron los efectos devastadores de las políticas de Néstor. Incluso la producción de gas y petróleo, con precios internacionales récord, sucumbió bajo los delirios del kirchnerismo.

Con una economía literalmente destrozada, se ha reducido la generación de riqueza. Al combinarse esta situación con la inflación, Kirchner ha producido una lucha por la distribución del ingreso que, momentáneamente y nada más que debido a la conveniencia de Hugo Moyano, se ha frenado, pero que promete transformarse en un caos social luego del 28 de junio.

En definitiva, si por caos entendemos una sociedad enfrentada por la distribución del ingreso, inseguridad creciente y enfermedades propias de los países pobres, podríamos decir que ese país es Argentina y afirmar, como rezaba la vieja frase de los 90, que Kirchner lo hizo.

Su incapacidad para gobernar, su desmedida ambición de poder, su falta de respeto por las instituciones y la imprevisibilidad de sus actos sólo pueden acentuar el caos en que nos ha metido.

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