viernes, 24 de abril de 2009

"Decodificando a Da Vinci" (Libro escrito por Amy Welborn)

Prólogo

Da Vinci Code, de Dan Brown. Desembarcó apoyada por una extraordinariamente intensa campaña de marketing previa a su aparición, y al cabo de poco más de un año, había vendido casi seis millones de ejemplares; y muy pronto podréis ver en cualquier sala cercana una película sobre ella dirigida por Ron Howard (Apolo 13, Una mente maravillosa). Las estanterías de vuestra librería local están repletas de novelas de intriga, pero parece suceder algo especial con El Código Da Vinci... la gente no habla de ella como de las novelas de James Patterson o John Grisham. ¿Qué está pasando?

Bueno; para decir toda la verdad, lo primero que está pasando es que cuenta con un marketing espléndido. Es importante ser conscientes de que en estos días, si un producto especial va rodeado de un “zumbido”, en la mayoría de los casos se debe a que la compañía ha trabajado duro para crear ese zumbido, como hizo Doubleday con este libro antes de su
publicación.

Pero, por supuesto, hay algo más. Una vez que la gente empieza a leer no puede evitar preguntarse por algunas de las desconcertantes afirmaciones que el autor, Dan Brown, expresa en su novela:

• ¿Empleó realmente Leonardo da Vinci su arte para comunicar sus conocimientos secretos sobre el Santo Grial?
• ¿Es cierto que los Evangelios no relatan la verdadera historia de Jesús?
• ¿Estuvieron casados Jesús y María Magdalena?
• ¿Designó Jesús realmente a María Magdalena cono líder de su movimiento, y no a Pedro?

Lo que parece intrigar a los lectores es que los personajes de la novela tienen respuesta a sus preguntas, y que las expresan en el libro como hechos basados objetivamente, apoyados en el trabajo y en las opiniones de historiadores e investigadores. Brown llega incluso a citar libros reales como fuentes de su novela. Naturalmente los lectores se preguntan cómo no habían oído hablar antes de todo esto. Y también se preguntan si lo que dice Brown es verdad y qué implicaciones puede tener para su fe. Después de todo, si lo que narran los Evangelios es falso, ¿no será una mentira todo el cristianismo?

Este libro pretende ayudaros a desenredar todo esto y a explorar la verdad que oculta El Código Da Vinci. Investigaremos las fuentes de Brown y veremos si merecen ser consideradas como testimonios históricos. Estudiaremos la exactitud de sus interpretaciones de los escritos del cristianismo primitivo, sus enseñanzas y sus controversias, unos hechos que han sido ampliamente documentados y estudiados durante cientos de años por investigadores inteligentes y sin prejuicios. Y a lo largo de este estudio encontraremos un número sorprendente de errores flagrantes y manifiestos tanto sobre temas importantes como de poca importancia que deberían llamarnos la atención al leer la novela, considerándola como de ciencia ficción.

En El Código Da Vinci se nos recuerda constantemente que las cosas no son realmente como parecen. Leed este libro sin prejuicios y descubriréis dónde está la auténtica verdad.

Cómo usar este libro

No necesitas leer El Código Da Vinci para sacar provecho de este libro: te proporciona una sinopsis del argumento que te ayudará a comprender las importantes cuestiones que plantea la novela con objeto de que estés mejor informado cuando las discutas con otros.

En Descodificando a Da Vinci, he tratado las cuestiones más frecuentes que me han planteado los lectores de aquella novela, especialmente las que se refieren a temas históricos y teológicos. Este libro encierra también un material que corrige y clarifica muchos de los errores e inexactitudes que se contienen en El Código Da Vinci.

Este libro será útil a individuos y a grupos. Las afirmaciones de la novela dan pie a un propósito más importante. El hecho de examinarlas nos brinda la oportunidad de repasar la enseñanza cristiana sobre la persona de Jesucristo y su misión, la historia de la Iglesia de los primeros siglos, el papel de las mujeres en la religión y la conexión entre la fe apostólica y la fe de nuestros días.

Tanto si has leído la novela como si no, espero que encuentres en este libro una oportunidad para crecer en el conocimiento de las raíces históricas de la auténtica fe cristiana.


Introducción

El Código Da Vinci incluye unos elementos atractivos para muchos lectores: intriga, secretos, un enigma, un indicio de romance, la sospecha de que el mundo no es lo que parece y que los poderes establecidos no desean que conozcas la verdad que está ahí fuera.

La novela comienza cuando Robert Langdon, personaje que es profesor de “simbología religiosa” en Harvard (por cierto, esa asignatura no existe), de visita en París, es convocado a la escena de un crimen en el Louvre. Otro personaje, un conservador del museo, llamado Jacques Sauniere, considerado un experto en diosas y en “lo sagrado femenino”, aparece muerto –probablemente, asesinado– en una de las galerías. Parece que, antes de su muerte, Sauniere tuvo tiempo para colocarse sobre el suelo en la postura del dibujo de Leonardo da Vinci, Homo vitruvianus –la famosa imagen de una figura humana con los brazos extendidos dentro de un círculo– así como para dejar dibujados sobre su cuerpo, con su propia sangre, algunas otras claves relacionadas con números, anagramas y el símbolo de un pentáculo.

En ese momento, aparece en escena Sophie Neveu, una criptóloga que es también la nieta de Sauniere. Ha recibido una llamada de su abuelo pidiéndole que vaya a verle para reconciliarse con ella y darle a conocer algo importante relacionado con la familia. Sophie logra descifrar las claves que ha dejado su abuelo, mantiene varias conversaciones con Langdon a propósito del culto a las diosas, encuentra una clave muy importante oculta detrás de otra pintura de Leonardo, y... hasta aquí.

¿Quién mató a Sauniere? ¿Qué secreto guardaba? ¿Qué deseaba que supiera Sophie? ¿Por qué el personaje del “monje” albino del Opus Dei pretendía matar a todo el mundo? El resto de la novela abarca quinientas cincuenta y siete páginas en ciento cinco capítulos, pero, sorprendentemente, su trama, que ocupa poco más de un día, nos remite a varios lugares europeos junto a Langdon y Sophie, en busca de una respuesta que, sencillamente, es la siguiente: (Perdón por descubrir la trama, pero no hay más remedio que hacerlo) Sauniere era el Gran Maestre de una oscura sociedad secreta llamada el “Priorato de Sión”, dedicada a la causa de proteger la verdad sobre Jesús, María Magdalena y, por extensión, a toda la raza humana.Según se nos dice en el libro, originalmente y durante milenios, la humanidad practicaba una espiritualidad equilibrada entre lo masculino y lo femenino en la que se veneraba a las diosas y al poder de las mujeres.

Este fue el mensaje de Jesús. Vivió y predicó un mensaje de paz, amor y unidad humana, y para plasmarlo, tomó como esposa a María Magdalena y le confió el liderazgo de este movimiento. En el momento de la crucifixión, ella estaba embarazada del hijo de ambos. Pedro, celoso del papel de María, se puso a la cabeza del movimiento formado en torno a Jesús, dedicándose exclusivamente a suprimir la auténtica enseñanza del Maestro, sustituyéndola por la suya propia, y suplantando a María Magdalena como líder de ese movimiento. María se vio obligada a huir a Francia, donde finalmente murió. Ella y el hijo póstumo de Jesús fueron el origen de la dinastía merovingia francesa, y ella la “deidad femenina” que encarnaba –no una copa material– son el auténtico “Santo Grial”.

¿Fue la familia real merovingia la fundadora de París, como dice Brown? (ver El Código Da Vinci , p. 319). Nada más lejos de la realidad.

París fue fundada por una tribu céltica gala llamada los Parisii en el siglo III a.C. Los merovingios hicieron de París la capital del reino franco en el 508 d.C. De este modo, según la novela, la historia de los dos mil años pasados es, en el trasfondo de los acontecimientos relatados en los libros de historia (por los “vencedores”, por supuesto), la historia de la lucha entre la Iglesia católica, (atención: no el cristianismo en su conjunto, sino la Iglesia católica) y el Priorato de Sión. La Iglesia, después de establecer el Canon de la Sagrada Escritura, las verdades doctrinales e, incluso, el trato con las mujeres, trató de ocultar la verdad sobre el Santo Grial y, por extensión sobre la “deidad femenina”, mientras que los Caballeros Templarios y el Priorato de Sión luchaban por proteger el Santo Grial (que eran los huesos de María), su descendencia y la devoción a lo “sagrado femenino”.

Sauniere custodiaba estos conocimientos, unos conocimientos que Leonardo da Vinci, miembro del Priorato, había incluido en su obra. Además, Sauniere tenía un interés personal en el asunto: él y, en consecuencia, su nieta Sophie pertenecían a la dinastía merovingia. Por supuesto, Sophie desconocía todo aquello y llevaba varios años distanciada de su abuelo porque una vez irrumpió en una habitación secreta de su casa de campo y lo encontró con una mujer en una especie de éxtasis ritual sexual al que acompañaban los cánticos de una multitud de espectadores enmascarados.

Por supuesto, al final veremos que la mujer era su abuela y que lo que hacía con su abuelo en aquella habitación era mantener viva la fe. También nos enteramos de que el “Grial” –los restos de María Magdalena y los documentos que acreditan su descendencia– están enterrados en el interior de los setenta pies de la brillante pirámide de cristal del arquitecto I. M. Pie, situada en la nueva entrada del Louvre, donde, al final de la novela, Langdon cae respetuosamente de rodillas, oyendo, según cree, la sabiduría de los Tiempos a través de la voz de una mujer que le llega desde lo más profundo de la tierra.

Nada nuevo bajo el sol

Muchos de los argumentos en los que se apoya la trama de El Código Da Vinci pueden parecer nuevos e intrincadamente ingeniosos, pero la dura realidad es que la mayor parte de ellos no son nuevos en absoluto.

Lo que Brown ha hecho es, simplemente, tejer cierto número de tramas especulativas, añadir tradiciones esotéricas y pseudo-historias publicadas en otros libros, y agruparlas en las páginas del suyo. Si estás familiarizado con esos otros, te sorprenderá lo mucho que hay de ellos en esta novela.

En su página web, Brown incluye una bibliografía, y en su obra cita algunos de esos libros. Divide sus fuentes en tres categorías básicas:

1. Holy Blood, Holy Grail (traducido en España por El enigma sagrado) y sus secuelas. Este libro, escrito por Michael Baigent, Richard Leigh y Henry Lincoln, fue publicado en 1981 y empleado como guión de un programa de televisión de la BBC. Calificado de hecho real, fue ridiculizado y tomado como trabajo de mera especulación, lleno de suposiciones infundadas y basado en documentos fraudulentos. En el momento de la publicación del libro, sus autores eran: un profesor licenciado en psicología, un novelista y un productor Lynn Pycknett y Clive Prince, expertos en fenómenos paranormales, que también cuentan en su haber con The Mammoth Book of UFOs. Toda la parte que se refiere a Jesús-María Magdalena-Santo Grial-Priorato de Sión que aparece en El Código Da Vinci procede de esos dos libros.

2. Lo “sagrado femenino”. A partir del siglo XIX surgieron ciertas especulaciones sobre esa edad perdida de las diosas, durante la cual, la “divinidad femenina” fue venerada, un período que fue sustituido por un patriarcado belicista. Años más tarde, algunos escritores han mezclado esta teoría con sus ideas de María Magdalena. Una americana llamada Margaret Starbird ha hecho su particular cruzada en varios libros. La descripción que hace Brown de María Magdalena procede del trabajo de Starbird, en especial, de The Woman with the Alabaster Jar (traducida en castellano como María Magdalena ¿la esposa de Jesús?), que la misma autora califica de “ficción”.
3. Gnosticismo. Como veremos más adelante, el “gnosticismo” era un sistema intelectual y espiritual ampliamente difundido en el mundo antiguo. Tiene numerosas facetas pero, en pocas palabras, la mayor parte del pensamiento gnóstico es esotérico (dice que el verdadero conocimiento sólo es accesible a unos pocos –la palabra “gnosis” significa “conocimiento”–) y ese pensamiento también es anti-material (consideran funesto el mundo material, incluido el cuerpo). Existen escritos desde el siglo II hasta el siglo V que son síntesis claras del pensamiento gnóstico y del cristiano. Los eruditos tienen distintos criterios sobre estos escritos, pero la mayor parte datan de una época muy posterior a los Evangelios, con –y esto es importante– una escasa, si la hay, visión objetiva de las auténticas palabras y hechos de Jesús. Brown ignora esta opinión, y prefiere fiarse de los trabajos de una exigua minoría de escritores eruditos y no eruditos que creen que los escritos gnósticos reflejan la realidad del primitivo movimiento formado en torno a Jesús. Y Brown basa en esos trabajos sus descripciones de lo que “realmente” enseñó Jesús.

Estas fuentes deberían hacer saltar inmediatamente las señales de alarma. En su bibliografía no figura un trabajo serio sobre la historia del cristianismo, ni un solo trabajo significativo sobre el Nuevo Testamento, ni siquiera un volumen de calidad al alcance de cualquier estudiante interesado en la historia del cristianismo primitivo. Tampoco cita al Nuevo Testamento como fuente de la historia del Cristianismo de los primeros tiempos.

En las entrevistas que le han hecho los medios de comunicación, Brown insiste en que parte de su trabajo consiste en recuperar esa historia perdida que se ha hecho desaparecer. Y le complace afirmar que la historia está “escrita por los vencedores”. Esto significa que, si consideras los acontecimientos históricos como una lucha entre fuerzas, los vencedores harán su propio relato de ella, y esa será la versión que perdurará. Las fuentes que emplea pretenden ofrecer esa “historia perdida”.

Por supuesto, en este punto de vista hay un fondo de verdad. La historia nunca se escribe de un modo completamente objetivo, porque los seres humanos nunca son completamente objetivos. Siempre vemos y relatamos los sucesos desde nuestra perspectiva. Por ejemplo, cada uno de los implicados en un accidente ofrece una versión ligeramente distinta del suceso. Pero eso no significa que el accidente no haya tenido lugar.

Aunque los testigos pueden no estar seguros de cómo se produjo, y la víctima tenga una versión distinta de la del culpable, no hay duda de que hubo un accidente, ni tampoco hay duda de que, a pesar de las limitaciones de los testigos, hay una verdad objetiva sobre quién lo causó, independientemente de lo difícil que sea descubrirla.

Sucede lo mismo con los relatos históricos. Es cierto que, en tiempos recientes, la historia de la conquista del Oeste se contó desde la perspectiva europea: los “vencedores”. Actualmente, los eruditos han intentado contarla desde otro lado de la historia, el de los pueblos nativos, cuya perspectiva de los hechos es, obviamente, distinta. No hay duda, pues, de que hay algo más en la conquista de América del Norte de lo que cuentan los conquistadores y de lo que cuentan los pueblos nativos, y que ninguno de nosotros llegará a conocer completamente. Sin embargo, lo que sigue siendo cierto es que la conquista tuvo lugar, independientemente de los motivos y las consecuencias que, con la información adecuada, podemos llegar a percibir, incluso si se interpretan de modo diferente.

Sin embargo, en El Código Da Vinci, Brown utiliza la expresión “la historia la escriben los vencedores” para insinuar que la historia del cristianismo en su conjunto, empezando por el mismo Jesús, es una mentira, escrita por aquellos que estaban dispuestos a suprimir el “auténtico” mensaje de Jesús. Y no estamos hablando de diferentes interpretaciones de su vida y de su mensaje, se trata de los datos fundamentales: que lo que leemos en el Nuevo Testamento y en los relatos de la primitiva cristiandad no describe fielmente lo que sucedió en realidad.

En la novela, el personaje erudito de Sir Leigh Teabing dice tajantemente que, en la primitiva cristiandad, los “herejes” –a los que Brown cita como representados por sus escritos gnósticos– fueron los que permanecieron fieles a la “historia original de Cristo” (p. 305). Aquí reside lo fundamental y esta es una acusación seria.

Dedicaremos el resto de esta obra a examinar esas afirmaciones detalladamente, pero es aún más importante exponer el armazón básico al que hemos de enfrentarnos para ver así lo que está en juego.

Brown afirma que Jesús deseaba que sus seguidores tuvieran un gran conocimiento de “lo sagrado femenino”. Dice que este movimiento, bajo el liderazgo y la inspiración de María Magdalena, se desarrolló durante los tres primeros siglos hasta que fue brutalmente suprimido por el Emperador Constantino.

No existe evidencia alguna que indique que esto es cierto. No sucedió. Ciertamente, en el cristianismo primitivo hubo divergencias. No hay duda de que se produjeron unas intensas discusiones sobre lo que Jesús había dicho y lo que quería decir. Existe también una clara evidencia de que, en algunas comunidades, las mujeres desempeñaron papeles de importancia en la cristiandad –tales como el de diaconisa– que finalmente desaparecieron (y de los que, incidentalmente, se están recuperando diversos modos).

Pero lo que en realidad es preciso saber es que ninguna de esas diversidades, cambios o desarrollos en la historia de la primitiva cristiandad tuvieron lugar del modo en que El Código Da Vinci lo sugiere. Cuando los líderes de los primeros cristianos trataron de afirmar la verdad de la enseñanza de Cristo, sus opiniones no se referían al sexo o al poder. Como se deduce de sus escritos –si nos tomamos la molestia de leerlos–, trataban sobre la fe en lo que Jesús hizo y dijo.

Hay una enorme cantidad de datos sobre la primitiva cristiandad que desconocemos o de los que no estamos seguros: temas que expertos serios han discutido amplia y libremente durante años, y en ocasiones, incluso dos mil años después de los sucesos: evidencias nuevas que vienen a iluminar lo que expresa la imagen que tenemos.

No obstante, no encontrarás ningún trabajo que estudie seriamente la sugerencia de que la misión de Jesús consistió en hacer que María Magdalena fuera portadora de su mensaje de “lo sagrado femenino”. Las fuentes dignas de crédito ni siquiera insinúan algo semejante. Y las fuentes de los expertos dignos de crédito indican también que muchas de las afirmaciones de Brown –sobre todo, en lo que se refiere al mito de la naturaleza del Grial, al del Priorato de Sión o al papel del culto a las diosas en el mundo antiguo– no se apoyan en unas evidencias que se mantengan en pie.

Y, como veremos según avancemos en la dificultosa lectura de esa novela, hay otras muchas aseveraciones curiosas, extravagantes y plagadas de errores. Desde las afirmaciones de la geografía de París hasta las que se refieren a la vida de Leonardo da Vinci, no hay razón alguna para considerar este libro como una fuente medianamente creíble sobre ningún campo de estudio, excepto, quizá, la criptografía.

“Calma, no es más que una novela”

El Código Da Vinci ha producido una auténtica conmoción y, junto a esa conmoción, surgen llamadas a la tranquilidad y a dejar que se olvide todo el asunto. Yo las he oído continuamente. “Solamente es una novela”, dicen algunos. “Todo el mundo sabe que es una ficción. Así que ¿porqué no aceptarla como tal?”.

Pues bien, hay algunas razones por las que no podemos hacerlo. En primer lugar, nada es “sólo una novela”. La cultura importa. La cultura informa. Siempre estaremos interesados en los contenidos de la cultura y en su impacto sobre nosotros, con independencia de que hablemos de arte, de cine, de música o de literatura.

Más concretamente, el autor de este libro tan especial sugiere que, realmente, hay en él más trabajo que imaginación, y anima a sus lectores a que acepten como realidades algunas aseveraciones problemáticas sobre la historia. Desde luego, existe una larga tradición –que data desde los primeros días del cristianismo– que entreteje los hechos conocidos sobre Jesús con unas historias imaginarias, comparables a la tradición judía de la “midrash”. Por ejemplo, abundan las leyendas sobre la Sagrada Familia, Como la que dice que la planta del romero recibió su dulce aroma como premio, después de que María pusiera a secar su túnica sobre uno de esos arbustos durante la huida a Egipto.

A través de los años, el arte cristiano está lleno de detalles interesantes y a menudo iluminadores que no están basados en las palabras de la Sagrada Escritura o en la primitiva tradición cristiana. Y en las últimas décadas, los escritores de ficción han ganado lo suyo usando la historia de Jesús como argumento para sus novelas: La Túnica, de Lloyd C. Douglas, y El Cáliz de Plata, de Thomas Costain, son dos ejemplos muy populares entre otros muchos en los que incidentalmente se trata el tema del santo Grial.

La ficción histórica es un género muy popular; pero al escribirla, el autor hace un trato implícito con el lector. Él o ella prometen que, aunque en la novela aparecen unos personajes implicados en actuaciones imaginarias, la trama histórica fundamental es correcta. De hecho, son muchas las personas que disfrutan leyendo este tipo de ficción porque es una manera amena de aprender historia sin gran esfuerzo.

El Código Da Vinci es diferente. En los ejemplos anteriores, todo el mundo, desde el autor hasta el espectador o el lector, capta la diferencia entre hechos conocidos y detalles imaginarios y, cuando la aplica, confía en una responsabilidad básica y espera una credibilidad histórica. El Código Da Vinci presenta los detalles imaginarios y las falsas afirmaciones históricas como hechos y como resultado de investigaciones históricas serias que, sencillamente, no lo son.

Como vimos en el capítulo anterior, Brown ofrece una extensa bibliografía de los trabajos que ha empleado al escribir la novela, todos los cuales muestran un barniz histórico, aunque la mayoría de esos libros no hablan de historia auténtica.

En la presentación del libro, Brown presenta una lista de datos contenidos en su novela. Afirma que el Priorato de Sión es una organización real; y lo mismo dice del Opus Dei. Y termina afirmando: “Todas las descripciones de obras de arte, arquitectura y rituales secretos de esta novela son exactos”.

No incluye de modo explícito en su lista las diversas declaraciones sobre los orígenes del cristianismo que pueblan la novela, pero están implícitas en la inclusión de “documentos” que realiza. Y abundando en ello, Brown pone siempre en boca de sus personajes eruditos (en especial, las de Langdon y Teabing) todas las aseveraciones sobre los orígenes del cristianismo; los personajes suelen citar trabajos contemporáneos reales y basan sus afirmaciones en frases tales como “los historiadores se asombran de que...” y "afortunadamente para los historiadores...” y “muchos expertos afirman...”.

Estas disquisiciones funcionan como un recurso para comunicar ideas de Holy Blood, Holy Grail (el enigma sagrado), de Margaret Starbird o de algunos otros, y hacerlo de tal modo que parezcan objetivas y aceptadas por “historiadores” y “expertos”. Además, Brown se ratifica en las entrevistas como un experto en sus métodos y en sus objetivos. Afirma repetidamente que le encanta compartir sus descubrimientos con los lectores porque desea participar en el relato de esta “historia perdida”. Dicho de otro modo, Brown sugiere que parte de lo que intenta hacer con El Código Da Vinci es enseñar una parte de la historia.

“Hace dos mil años vivíamos en un mundo de dioses y diosas. Hoy vivimos solamente en un mundo de dioses. En la mayoría de las culturas, las mujeres fueron despojadas de su poder espiritual. La novela se relaciona con el cómo y porqué se produjo ese cambio... y qué lecciones hemos de aprender respecto a nuestro futuro” (www.dan-brown.com).

Y, sorprendentemente, los lectores aceptan en gran medida esas teorías como si fueran hechos. Para comprobarlo, sólo basta leer en Amazon.com los comentarios de los lectores, o estudiar detenidamente las muchas historias que relatan los periódicos sobre el impacto de este libro. Quizá empezaste a leerlo porque llegaste incluso a tropezar con reacciones como esas, entre tu propia familia o tus amigos.

Pues no; no es “sólo una novela”. El Código Da Vinci se propone enseñar historia en el contexto de una ficción. Echemos una mirada sobre ese plan de estudio.


Capítulo 1: Secretos y mentiras

Todo El Código Da Vinci está basado en secretos: sociedades secretas, conocimientos secretos, documentos secretos e incluso, familias secretas.

El secreto más importante, por supuesto, se refiere a Jesús y a María Magdalena. Los personajes de Brown afirman con frecuencia que el conocimiento tradicional cristiano de la vida de Jesús y de su ministerio es falso. Esto significaría que el Nuevo Testamento, y la base de ese conocimiento, no merece ser considerado como una fuente de información.

Ya está. Así lo afirma la novela y no da más explicaciones. Déjate intrigar por las posibilidades, si quieres, pero si das crédito alguno a las supuestas afirmaciones históricas de El Código Da Vinci, llevarás las cosas a su final lógico; al rechazo del relato de Jesús que hace el Nuevo Testamento, de su misión y de los primeros tiempos del cristianismo.
¿Es una postura razonable? ¿Será realmente inútil el Nuevo Testamento o, lo que es peor será un fraude? Consideremos también esto: ¿Acaso las fuentes que emplea Brown sobre Jesús son realmente superiores a las del Nuevo Testamento? Por ejemplo, todos esos otros “evangelios”, de los que hablan continuamente los personajes de Brown, esos misteriosos escritos. ¿Hemos de creer que dicen la verdad sobre Jesús sólo porque ellos así lo afirman? Veamos.

Evangelios gnósticos

Como ya hemos apuntado, las ideas de Brown sobre Jesús, María y el Santo Grial proceden de libros pseudo-históricos como El enigma sagrado y La revelación de los Templarios. No obstante cuando describe lo que asegura ser la auténtica naturaleza de la misión de Jesús y el papel de María Magdalena en ella, se remite a otras fuentes.

Concretamente, en la página 305 y siguientes, el personaje del historiador, Teabing, se refiere a Los Evangelios gnósticos, como pruebas de la historia que está urdiendo sobre Jesús. Dice que hablan de “la misión de Cristo en términos muy humanos” y cita algunos pasajes que
describen la estrecha relación que existía entre Jesús y María Magdalena, una relación que habría provocado los celos de los apóstoles.

Según Teabing, todo ello revela el auténtico papel de María Magdalena como paladín y preeminente destinataria de la transmisión de la sabiduría de Jesús, y crea el marco adecuado para el enfrentamiento entre ella y Pedro, un enfrentamiento que emana claramente de otras teorías procedentes de distintos libros.

Pero ¿hacen honor a tal dislate esos escritos? ¿Hemos de confiar en que nos dicen la verdad sobre la vida, el mensaje y la misión de Jesús? Y ¿es realmente un ser “humano” encantador el Jesús que nos presentan, como afirma Brown?

Claramente, los “Evangelios gnósticos”, como se les llama, son documentos reales. Tienen siglos de antigüedad, desde luego, pero, hablando con propiedad, no son evangelios, sino el resultado de un movimiento confuso y difícil de precisar, muy extendido en el mundo antiguo durante los siglos II y III y cientos de años después. El gnosticismo no fue un movimiento organizado. Era claramente distinto de las sectas gnósticas, pero sus conceptos y las líneas de pensamiento se infiltraron en otros sistemas intelectuales de la época. Se podía comparar con el impacto del movimiento del “sé tú mismo” americano, y del “saca lo mejor que hay en ti”, de los últimos veinte años. Parece que, mires donde mires, oyes recomendaciones tales como “sé tú mismo”. Lo verás impregnado en los programas de televisión, las películas, la música, los negocios, la educación e incluso, las iglesias. No es un movimiento organizado, no tiene un liderazgo central, se manifiesta de distintas formas, unas más explícitas que otras, pero, claramente, está ahí.

El pensamiento gnóstico, distinto en los diferentes lugares y épocas, suele implicar unos cuantos temas constantes:

• El origen de la bondad, de una vida auténtica, es lo espiritual.
• El mundo material y corpóreo es funesto.
• La grave situación de la humanidad se debe al encarcelamiento de ese “destello” espiritual dentro de la prisión del cuerpo material.
• La salvación –o liberación de este espíritu aprisionado– se logra alcanzando el conocimiento (“gnosis” significa conocimiento).
• Son escasas las personas dignas de llegar a ese conocimiento secreto.

En el mundo antiguo existían infinitas variaciones del pensamiento gnóstico, algunas de las cuales incluían jerarquías elaboradas y ritos complicados. Inevitablemente, los elementos gnósticos se abrieron camino dentro de la ideología de algunos cristianos (tal como el lenguaje del esfuerzo personal y del “sé tú mismo” se ha deslizado sigilosamente en el modo en que hablamos de nuestra fe). Durante los siglos II y III, el gnosticismo tuvo un atractivo especial y planteó a los pensadores cristianos su primer desafío teológico real. Generalmente las versiones gnósticas del cristianismo denigraban al Antiguo Testamento, rebajaban o negaban la humanidad de Jesús e ignoraban su pasión y su crucifixión.

Los gnósticos escribían sobre sus creencias, atraían a sus seguidores y los captaban con su enseñanza y sus ritos secretos. Durante los primeros años de su edad adulta, el gran san Agustín fue miembro de una secta gnóstica llamada los Maniqueos, que por cierto, abandonó tras haber comprobado honradamente lo absurdo y lo inconsistente de dicha enseñanza.

Contra las herejías: Algunos trabajos de los siglos II y III que proporcionan una versión sobre la réplica de los cristianos al gnosticismo; son fáciles de acceder en bibliotecas o en Internet: Adversus Haereses, de Ireneo, Adversus Marcionem, de Tertuliano, y Philosophumena o
Refutación de todas las Herejías, de Hipólito.

Los documentos que Brown emplea para ofrecer la imagen de Jesús son realmente los mismos que muestran los seguidores de la versión gnóstica del cristianismo. Esta corriente de pensamiento se desarrolló durante los siglos II y III, lo que significa, pues, que aquellos
escritos, que se supone que revelan un conocimiento secreto y verídico de Jesús, proceden de ese mismo período: es decir, más de cien años después de la misión de Jesús y muy posteriores a cualquiera de los libros del Nuevo Testamento, que fueron compuestos a finales del siglo I.

Así, con un criterio amplio y honesto, debemos preguntarnos por qué razón tendríamos que creer, que esos documentos posteriores nos hablan mejor de los acontecimientos reales, que los documentos anteriores, más cercanos a esos acontecimientos.

Los «otros» Evangelios

Estudiemos ahora los dos documentos a los que los personajes de la novela de Brown prestan una atención especial: el supuesto Evangelio de Felipe y el supuesto Evangelio de María, de los cuales extrae Teabing unos pasajes que indican una íntima y personal relación entre Jesús y María Magdalena, y según llos cuales esa relación provocaba los celos de los apóstoles.

El Evangelio de Felipe es uno de los documentos hallados en Nag Hammadi, Egipto, en 1945. El sorprendente descubrimiento, conservado en una vasija, constaba de una colección de 45 títulos diferentes, excluidas las copias. Estaban escritos en copto (el lenguaje egipcio traducido a caracteres griegos), copiados por unos monjes anónimos, y casi todos incorporaban algunas ideas gnósticas y varios de ellos reflejan las creencias de los cristianos gnósticos. Basándose en las características de algunas envolturas, los expertos opinan que tales documentos fueron escritos en la segunda mitad del siglo IV, aunque algunos de los originales, de los que existe copia, son ciertamente anteriores.

No muy anteriores por otra parte. Según indica Philip Jenkins en su libro The Hidden Gospels, los expertos datan El Evangelio de Felipe –del que Teabing lee un párrafo sobre María como «compañera» de Jesús– del 250 d.C. como el más antiguo.

Puede recibir el nombre de «evangelio», pero difícilmente muestra cualquier materia en común con los Evangelios y como la mayoría del material gnóstico, emplea un estilo completamente distinto. El lenguaje de los Evangelios canónicos es claro y firme, y destaca la pasión, muerte y resurrección de Jesús. El Evangelio de Felipe es un conjunto de frases inconexas y capciosas en forma de diálogo que reflejan claramente el pensamiento gnóstico.

Lo mismo podemos decir de El Evangelio de María, un texto procedente también de Nag Harnmadi. Es más corto que el de Felipe y tiene algo más de trama por así decirlo. Jesús habla con sus discípulos antes de partir. María Magdalena trata de animarlos compartiendo con ellos algunas de las enseñanzas de Jesús, enseñanzas que algunos apóstoles aceptan y otros discuten. Estudiaremos con más detalle este documento, pero ahora tratemos de valorarlo como fuente de información sobre la vida y enseñanzas de Jesús.

Parte de lo que María Magdalena describe en este documento es el ascenso del alma a través de varias etapas de la vida después de la muerte. Refleja claramente el pensamiento gnóstico de finales del siglo II, y por esta razón, la mayoría de los expertos lo datan, como mucho en este período.

Brown sostiene la afirmación de su personaje Teabing, según la cual, los documentos de Nag Hammadi, así como los Pergaminos del Mar Muerto, relatan la «verdadera historia del Grial». Esto es realmente curioso. Dos de los cuarenta y cinco textos de Nag Hammadi describen una única, pero no por ello menos ambigua, relación marital entre Jesús y María Magdalena, un tema que desarrollan las enseñanzas de los gnósticos; pero no hay mención alguna a la «historia del Grial», a pesar de lo que él diga. Además, los Manuscritos del Mar Muerto (descubiertos en 1947 y no en 1950 como dice Brown) no contienen textos cristianos en absoluto. Son los textos de una secta judía eremita, llamada de los esenios, y lamentablemente, no mencionan a Jesús, a María Magdalena o al Grial.

Esto es lo que se deduce de esos escritos gnósticos: tienen valor por lo que revelan sobre los híbridos cristiano-gnósticos del siglo II en adelante. Nos indican el modo en que aquellas comunidades usaron la historia de Jesús que aparece en los evangelios sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas, ampliamente extendidos a principios del siglo II y los manipularon a su conveniencia, hablándonos incluso sobre los conflictos surgidos en el interior de aquellas comunidades. Y con todo, estos escritos gnósticos no nos ofrecen una información independiente y objetiva sobre Jesús de Nazaret y sus primeros seguidores.

El experto en Sagrada Escritura John P. Meier resume el consenso general entre los eruditos en su libro Un judío marginal, cuando escribe: «Lo que vemos en estos últimos documentos es... la reacción frente al Nuevo Testamento o la reelaboración de sus escritos por... los gnósticos cristianos con el fin de desarrollar un sistema místico especulativo. Su versión de las palabras y los hechos de Jesús pueden incluirse en unos «escritos sobre Jesús», si se entiende sencillamente como nada que cualquier fuente antigua pueda identificar como procedente de Jesús. Tales escritos son la red barredora de Mateo (ver Mateo 13, 47 a 48), según el cual, los peces buenos de la tradición primitiva deben ser seleccionados para el acerbo de una seria investigación histórica, mientras que los peces malos de la posterior invención y de la manipulación deben ser devueltos al turbio mar de las mentes que carecen de sentido crítico. Nos hemos sentado en la playa, hemos sacado la red y hemos arrojado de vuelta al mar los agrapha, los evangelios apócrifos y el Evangelio de Tomás».

Así, devolvamos al turbio mar los «evangelios» de Felipe, de María y de Tomás. Simplemente, no sirven para intentar comprender la misión de Jesús y la forma del cristianismo primitivo.


Capítulo 2: ¿Quién seleccionó los Evangelios?

Si vais a aprender de El Código Da Vinci algo de historia del cristianismo primitivo, aquí tenéis la lección de hoy: Jesús fue un hombre sabio, un mortal, sobre cuya vida se han escrito muchos –miles– relatos durante aquellos primeros siglos. De hecho, más de ochenta evangelios, pero ¡solamente cuatro fueron incluidos en la Biblia! ¡Y lo hizo el Emperador Constantino en el 325!

Luego, a consecuencia del Concilio de Nicea –nos hace saber El Código Da Vinci–, aquellos miles de trabajos que presentaban a Jesús como un maestro humano fueron suprimidos por meras motivaciones políticas, y, como dice el personaje de Langdon, los que defendían la historia de un Jesús, maestro mortal –que según dice, era la historia original de Cristo–, fueron llamados «herejes».

Hasta este momento, hemos intentado realmente mantener un tono ponderado y objetivo en nuestro tratamiento, pero, llegados a este punto, no podemos continuar. Esto es un error y más que un error. Es una fantasía, y ni siquiera la investigación más profana y la universidad menos religiosa posible apoyarían el relato de Brown sobre la formación del Nuevo
Testamento.

No es historia seria y no podemos tomarla como tal. Observemos su peculiar interpretación del pasado con mayor atención, para captar todo lo que hay en las páginas de esta novela tan «objetiva». Y aprovechemos la oportunidad de aprender la historia mucho más interesante de cómo el Nuevo Testamento llegó a serlo.

Un desarrollo no tan sorprendente

En El Código Da Vinci, el erudito Teabing deja aparentemente atónita a Sophie cuando le anuncia: «La Biblia no nos llegó impuesta desde el cielo» (p. 287). Se supone que esta es una noticia sorprendente, con la que contrasta su relato de lo que «sucedió en realidad».

La consecuencia es que, si la Biblia realmente no nos cayó de las nubes completa, acabada y con un útil índice de materias escrito por Dios, la única alternativa que nos queda es pensar que la formación de la Escritura fue un proceso en el cual pasajes igualmente válidos de la vida de Jesús fueron aceptados o descartados por gentes movidas por el deseo de poder. Pues bien: sencillamente, eso no sucedió.

Podéis estar seguros de que el proceso –el establecimiento del Canon de la Sagrada Escritura– no es secreto. Uno puede sacar un libro de la biblioteca y enterarse de toda la historia en cuestión de minutos. Y sobre todo, la participación humana no disminuye la santidad de los libros.

Después de todo, Jesús no nos dejó una Biblia cuando subió al cielo. Dejó una Iglesia: los apóstoles, María su madre, y otros discípulos entre los que había hombres y mujeres. Tan esencial como es la Biblia para los cristianos como fundamento y fuente segura de la revelación, es importante destacar que durante aquellas primeras décadas, los cristianos vivían, aprendían y rezaban sin el Nuevo Testamento. Habían recibido la fe por reflejo del Antiguo Testamento y por medio de la enseñanza oral, esa fe enraizó con el testimonio de los apóstoles; y esta fe fue moldeada y alimentada a través de sus encuentros con el Señor vivo en el bautismo, en la Cena del Señor, en el perdón de los pecados y en la vida compartida con otros cristianos.

Y no por otro camino que el de esta iglesia llegaron los libros del Nuevo Testamento: el testimonio escrito finalmente por los testigos de Jesús, cribado y concreto. ¿No llegó un fax del cielo? No hay problema. Quizá fue una gran noticia para la pobre Sophie, pero no es una novedad para nosotros.

Dichos e historias

Desde los primeros inicios, algunos textos cristianos fueron valorados por encima de otros. Y lo fueron por varias razones: tenían su origen en la primera época apostólica; conservaban con exactitud las palabras y los hechos de Jesús; podían emplearse en la liturgia, la predicación y la enseñanza para comunicar fielmente la fe en Jesús a toda la comunidad cristiana.
Por favor, advierte la ausencia de «referencias al sagrado femenino» o de «injurias al poder de las mujeres» en la lista. De todos modos, hacia la segunda mitad del siglo II, los cristianos ya se habían afianzado en lo que llegaría a llamarse «la regla de la fe»: dos importantes conjuntos de escritos: los Evangelios de Mateo, Marcos, Lucas y Juan, y las Cartas de Pablo.

¿Cómo sabemos que aquellos trabajos fueron los seleccionados? Porque se leían en el culto y aparecen referencias a ellos en los escritos de los Padres cristianos que han llegado hasta nosotros. Es realmente importante apuntar que a pesar de lo que dice Brown, no había ochenta evangelios en circulación. De hecho, ese número carece absolutamente de base.

Seguramente existieron otros evangelios junto a los cuatro de nuestro Nuevo Testamento. Lucas lo indica claramente al comienzo del suyo: «Ya que muchos han intentado narrar ordenadamente las cosas que se han cumplido entre nosotros... me pareció también a mí, después de haber estudiado todas las cosas con exactitud desde los orígenes, escribírtelo por su orden, distinguido Teófilo, para que conozcas la firmeza de las enseñanzas que has recibido».

«Evangelio» significa literalmente «buena nueva». El Evangelio es la Buena Nueva de nuestra salvación por medio de Jesucristo. Los Evangelios son relatos escritos de esa Buena Nueva.

Los expertos creen que el conjunto de los dichos y enseñanzas de Jesús sirvió de fuente a los Evangelios, y que hubo unos pocos –El Evangelio de Pedro, El Evangelio de los Egipcios y El Evangelio de los Hebreos– que tuvieron un uso muy limitado. El hecho es que, incluso ya a mediados del siglo II, los Evangelios de Mateo, Marcos, Lucas y Juan fueron las fuentes primitivas que usaron los primeros cristianos para difundir la historia de Jesús a través de la enseñanza y el culto. Igualmente interesante es otra clase de escritos que mucho antes de que fueran escritos los Evangelios, leía la comunidad cristiana durante el culto: las cartas de Pablo.

Es cierto. Los primeros libros escritos del Nuevo Testamento fueron las cartas de Pablo, quizá la 1 Tesalonicenses, escrita aproximadamente en el año 50 d.C. Pablo se convirtió en seguidor de Cristo dos o tres años después de la muerte y resurrección de Jesús, y pasó el resto de su vida viajando, creando comunidades cristianas a lo largo de todo el Mediterráneo y como sabemos, murió mártir en Roma. Escribió numerosas cartas a las comunidades que había fundado y posteriormente, aquellas comunidades empezaron a hacer copias de las cartas y a enviarlas a otros cristianos. De hecho, la colección de cartas de Pablo circulaba ya entre ellos al final del siglo I.

En la novela, Teabing describe un «legendario Documento Q», de la enseñanza de Jesús, escrito quizá por su propia mano, cuya existencia admite incluso el Vaticano. La verdad sobre «Q», no es tan sorprendente. Existe una gran cantidad de material que comparten Mateo y Lucas, no Marcos. La hipótesis de los expertos sugiere que podrían haber empleado una fuente documental común, llamada «Q», por quelle, la palabra alemana para «fuente». El Vaticano –junto con otras muchas personas– está completamente de acuerdo con su posible existencia.

Ahora, volvamos atrás y veamos hasta dónde hemos llegado. Desde muy pronto, los relatos de la vida de Jesús –que con el tiempo fueron reunidos en los cuatro Evangelios que hoy tenemos–, circulaban entre los cristianos, que los consideraban un relato fiel de la vida del Cristo vivo y un auténtico punto de encuentro con Él. También estaban difundidas las cartas de Pablo, que se usaban para el culto, junto a textos del Antiguo Testamento. Los escritores cristianos los citan con frecuencia. La historia que nos transmiten de Jesús –como Aquel a quien Dios envió para reconciliar al mundo, que padeció, murió y resucitó, y ahora reina como Dios y Señor– fue la historia que moldeó el pensamiento, el culto y la vida de los primeros cristianos.

Hablando con propiedad, no existieron «miles», de documentos que «informaran de Su vida como hombre mortal», ni existieron otros ochenta evangelios que, como dice un personaje de la novela, a partir de los cuales se eligiera solo algunos, como si se tratara de un conjunto de códices y pergaminos en la mesa de reunión de un consejo de administración. De eso estamos completamente seguros.

Volviendo a los Evangelios (que es nuestro asunto principal), no cabe duda de que los que hoy tenemos fueron considerados como normativos por la comunidad cristiana a mediados del siglo II. Escritores cristianos como Justino el Mártir, Tertuliano e Ireneo –que escribieron y enseñaron en su tiempo en Roma, África del Norte y Lyon (en lo que ahora es Francia), respectivamente– se refieren a los cuatro Evangelios que conocemos ahora como las primeras fuentes de información sobre Jesús. Sencillamente, Constantino no lo hizo.

Innumerables traducciones, adiciones y revisiones

Según relata la novela, en su conferencia sobre la historia de la Biblia, después de afirmar que la Escritura no llegó por fax, Teabing alerta a Sophie sobre las «innumerables traducciones, adiciones y revisiones. Históricamente, nunca ha habido una versión definitiva del libro».

Bien, de acuerdo, si por «definitivos» quieres decir «textos absolutamente originales escritos por la mano de su autor». De nuevo, esto es lo que llamamos «sofisma»: un aspecto que aparece en una argumentación y que es increíble.

Ciertamente, existen muchos manuscritos del Nuevo Testamento y muchos fragmentos de los libros: más de cinco mil fragmentos de los primeros siglos del cristianismo, el más antiguo fechado en el 125 a 130 d.C., junto a más de treinta datados a finales del siglo II o primeros del III, que contienen «gran cantidad de libros enteros, y dos que contienen la mayoría de los evangelios, los Hechos o las cartas de Pablo» (Craig Blomberg en Reasonable Faith, de William Lane Craig).

En esos manuscritos aparecen algunas variaciones insignificantes, pero es importante apuntar lo siguiente: «Las únicas variaciones del texto que afectan a más de una frase o dos (y la mayoría afectan solamente a una palabra aislada o a una frase) son Juan 7,53; 8,11 y Marcos 16, 9-20... Pero, sobre todo, el 97 a 99 % del Nuevo Testamento puede ser reconstruido más allá de cualquier duda razonable».

Ahora, si os tomáis la molestia, atended a esto: «De la Guerra de las Galias (aproximadamente, 50 a.C.) solo hay nueve o diez manuscritos fiables, y el más antiguo data de novecientos años después de los sucesos que relata. Solo sobreviven treinta y cinco libros de los ciento cuarenta y dos de la historia de Roma de Livio, y de los veinte manuscritos, solo uno data del siglo IV (Livio vivió desde el 64 a.C. hasta el 12 d.C.). De los catorce libros de la historia de Roma de Tácito solamente tenemos cuatro y medio en dos manuscritos que se remontan a los siglos IX y X. El caso es, sencillamente, que existe la evidencia de que los autores del Nuevo Testamento aventajan en tiempo a la documentación que poseemos de cualquier otro escrito antiguo. No hay base para afirmar que las ediciones clásicas del Nuevo Testamento griego no siguen fielmente lo que los escritores del Nuevo Testamento escribieron en realidad».

Los cristianos sabemos que nuestras Escrituras son el resultado de la acción de Dios a través de instrumentos humanos. Esos instrumentos son imperfectos, limitados, pero el caso es que el testimonio de los manuscritos del Nuevo Testamento es, en gran parte, el de unos relatos antiguos y convincentes, cuyas variaciones manuscritas no alteran el significado del texto.

La formación del Canon

Ahora bien, ciertamente hubo otros libros que circulaban entre las comunidades cristianas e incluso, se usaban en la liturgia. Textos instructivos como Didache y El Pastor de Hermas. Hubo cartas de otros apóstoles o de los que estaban unidos a ellos. La Primera Carta de Clemente, escrita alrededor del 96 d.C. desde la Iglesia de Roma a la Iglesia de Corinto, estuvo ampliamente difundida, especialmente en Egipto y en Siria. Incluso hubo otros textos que con el título de «evangelios» emplearon varias comunidades cristianas: por ejemplo, un Evangelio de los Hebreos, un Evangelio de los Egipcios y un Evangelio de Pedro.

¿Por qué no figuran hoy en nuestro Nuevo Testamento? Existen razones que es preciso aclarar aquí frente a esas otras que no tienen nada que ver con las maquinaciones políticas que sugiere Brown, ni nada que ver con el Concilio de Nicea o de Constantinopla. Es también importante señalar que los textos gnósticos en los que Brown centra su teoría nunca fueron considerados canónicos excepto por los autores gnósticos que los escribieron.

Como sucede en muchas ocasiones a lo largo de la historia del cristianismo, el motivo para determinar qué libros eran aceptables para su uso en el culto fue la respuesta de la Iglesia a un desafío.

Canon: De una palabra griega que significa «regla», es el grupo de libros reconocido por la Iglesia como inspirados por Dios y autorizados para ser empleados por toda la Iglesia.

El desafío se produjo a mediados del siglo II y tomó dos direcciones: la del movimiento que trataba de reducir drásticamente el número de libros reconocidos como Sagrada Escritura, y la del movimiento que trataba de añadir otros libros.

El primer tipo de oposición procedía de un hombre llamado Marción. Marción, hijo de un obispo que, por cierto lo excomulgó, organizó un movimiento en Roma a favor de sus creencias que, entre otros puntos rechazaba al Dios que describe el Antiguo Testamento. Enseñaba que las únicas Escrituras válidas para los cristianos eran solo diez cartas de San Pablo y una versión corregida del Evangelio de Lucas. Puede resultar sorprendente el hecho de que Marción fuera hijo de un obispo, especialmente por la afirmación de Brown sobre la enemistad del cristianismo primitivo hacia el matrimonio y la sexualidad. En la cristiandad oriental, tanto católicos como ortodoxos pueden casarse. Esta tradición se remonta a la antigüedad. Por ejemplo, san Patricio de Irlanda era hijo de un diácono y nieto de un sacerdote.

El segundo tipo de oposición partió de los gnósticos, ya estudiados en el capítulo anterior, y de otra herejía llamada montanismo.

Tales versiones del cristianismo tenían sus propios libros, como hemos visto, y la pregunta surge inmediatamente: ¿Qué lugar ocupan? ¿Representan un conocimiento válido de Jesús? La presión venía por ambos lados: Marción deseaba eliminar libros; los gnósticos exigían la misma autoridad para los suyos. Obviamente, era necesaria una definición.

Lo primero, pongamos en claro un punto. La necesidad de la definición no surgió porque las personas que estaban en el poder sintieran amenazada su posición. Durante ese período, el cristianismo era una minoría religiosa, perseguida periódicamente por las autoridades romanas, y cuyos seguidores arriesgaban mucho –incluidas sus vidas– para ser fieles a la fe en Cristo. Permanecer fiel al Evangelio no era beneficioso. Si acaso, era todo lo contrario.

No; la necesidad de la definición nació por la gravedad de las consecuencias de aceptar tanto las ideas de Marción como la idea gnóstica de Cristo. Ambas, cada una por su lado, ofrecían una explicación distinta que rebajaba la persona de Jesús y su enseñanza. Ambas separaban tajantemente al cristianismo de sus raíces judías, y en especial el gnosticismo despojaba a Jesús de su humanidad. Ningún relato gnóstico-cristiano incluye la Pasión y Muerte de Jesús. Ambas presentaban una imagen de Jesús profundamente ajena a los recuerdos que los primeros cristianos guardaban de Él, recuerdos que están documentados en los cuatro Evangelios, en Pablo y en la vida de la Iglesia que iba desarrollándose.

En respuesta a estos desafíos, los líderes cristianos empezaron a definir con mayor claridad los libros apropiados para su uso en las Iglesias cristianas en la liturgia y en la catequesis. Durante un par de siglos, esto se hizo a través de estudios en común y de las definiciones de cada obispo. Los Evangelios y las cartas paulinas eran el núcleo comúnmente aceptado.

Algunos obispos, especialmente los de Occidente, pensaban que la carta a los Hebreos no era aceptable, y algunos obispos orientales no estaban seguros sobre el Apocalipsis o Libro de la Revelación. Sin embargo, las dudas no versaban sobre el mérito espiritual de esos libros. Las dudas estaban siempre relacionadas con la calidad implícita de este proceso desde el principio: ¿Qué libros encarnaban mejor quién era y es Jesús para toda la Iglesia? ¿Proceden esos libros de la época de los apóstoles? ¿Coinciden los Evangelios lo que nos dicen de Jesús? ¿Son edificantes para el conjunto de la Iglesia o tienen un interés más local? No; a lo mejor estáis pensando que discutían sobre: ¿No contendrán una historia secreta sobre Jesús y María Magdalena que debemos ocultar al mundo?». No. Ese no parecía ser el problema.

Con el tiempo, cuando el cristianismo estuvo más asentado, y desaparecida la amenaza de la persecución, los líderes cristianos fueron capaces de reunirse y tomar decisiones para una Iglesia más extensa. El Concilio de Laodicea, alrededor del 363 d.C., confirmó la enseñanza y los usos seculares de la Iglesia por medio de una lista de libros canónicos que incluían todos los que conocemos, excepto el Apocalipsis. En el 393, un concilio reunido en Hipona, en el norte de África, estableció el Canon –incluyendo el Apocalipsis–, tal y como lo conocemos hoy, y declaró que aquellos libros eran los libros que debían leerse en los templos en voz alta y añadiendo, y es importante apuntarlo, que en el día de la fiesta de los mártires, también debía leerse el relato del padecimiento y muerte del mártir. Esto era varios años después del decreto de Constantino.

Resumiendo: repasemos el proceso una vez más: Los apóstoles y otros discípulos fueron testigos de la predicación de Jesús, de su ministerio, de sus milagros, de sus padecimientos, de su muerte y de su resurrección. Guardaron lo que habían visto y oído y lo transmitieron. Desde su aparición, los primeros textos escritos fueron constantemente comparados con la antigua historia relatada por los primeros testigos.

Finalmente, frente a las nuevas enseñanzas surgidas en directa contradicción con los antiguos testimonios, los líderes de la Iglesia declararon que, por estar ligados a los apóstoles y coincidir con los antiguos testimonios, estos libros son los apropiados para el uso en el culto y para transmitir la fe en Jesús.

No hay secreto, podemos añadir. No hay unos conocimientos ocultos que los obispos hayan ido pasando de mano en mano por orden del emperador Constantino. El proceso estaba ahí, a la vista, desde los testimonios originales hasta la gradual definición del canon. Y no fueron suprimidos miles de relatos sobre Jesús, ni tampoco ochenta evangelios. En una novela, quizá, pero no en la realidad. ¿Y qué?

Puede parecer un punto de poca importancia, pero no lo es. Muchos lectores se han sentido desconcertados por la versión de la historia que ofrece El Código Da Vinci. Parece insinuar que la Biblia que hoy tenemos es el resultado del rechazo desleal hacia los relatos válidos de Jesús por parte de los líderes de la Iglesia, que se veían amenazados por ellos.

Como habéis visto, no fue así. Sí; las manos humanas desempeñaron un papel en el establecimiento del Canon, pero sus decisiones no fueron motivadas por el deseo de oprimir a las mujeres o de conservar el poder. Se vieron en la obligación –muy seriamente asumida– de asegurarse de que la vida y el mensaje de Jesús fueran absoluta y exactamente preservados para las futuras generaciones en un Canon inspirado por el Espíritu Santo según la fe cristiana. Por supuesto, hubo libros que no se incluyeron.

Unos porque no eran de aplicación universal, o porque sus huellas no se remontaban a los tiempos apostólicos. Otros fueron rechazados porque solamente eran descripciones de Jesús –difícilmente reconocible como el mismo Jesús que encontramos en los Evangelios y en Pablo– en intentos para situarlo en filosofías y movimientos espirituales nuevos.


Capítulo 3: Elección divina

Según El Código Da Vinci, el cristianismo que conocemos hoy no es obra de Jesús y sus discípulos, sino del emperador Constantino, que reinó en el Imperio Romano en el siglo IV. ¿Es cierto? ¿Es preciso deletrearlo? Por supuesto que no.

Ciertamente, el cristianismo moderno puede ser diverso, pero el núcleo de la fe cristiana es la creencia en que Jesús, perfecto Dios y perfecto Hombre, es el Único a través del cual Dios se reconcilió con el mundo –y con cada uno de nosotros–, y que la salvación (la participación en la vida de Dios) se alcanza a través de la fe en Jesús, que no está muerto, sino que vive.

Hablando a través de los personajes de su libro, Brown pretende hacemos creer que la fe es una creación de un emperador romano del siglo IV. En su opinión (explicada por Teabing), esto es lo que sucedió: Jesús fue venerado como un sabio maestro humano. Los escritos que exaltaban su humanidad fueron ampliamente difundidos. Recordemos, «miles de ellos».

Cuando Constantino llegó al poder, se sintió inquieto por los conflictos entre el cristianismo y el paganismo que amenazaban con dividir su Imperio. Así que eligió el cristianismo, y reunió en el Concilio de Nicea a cientos de obispos a los que obligó a afirmar que Jesús era el Hijo de Dios, y eso fue todo. Sinceramente, esto es muy extraño. Veámoslo poco a poco, y luego tratemos del tema crucial de la divinidad de Jesús.

Constantino

Constantino (aproximadamente. del 272 al 337 d.C.) inició su reinado como emperador romano en el 306 d.C. y asentó su poder en el 312 d.C. al vencer a un rival en la famosa batalla de Puente Milvio, en la que se sintió fortalecido e inspirado por una visión que consideró cristiana. No está claro lo que Constantino vio ni cuándo (si antes de esta batalla o después de alguna otra). Algunas versiones dicen que se trató de «chi-ro», las letras griegas «x» y «r» combinadas, que son las dos primeras letras de Cristo «X????ç». Otros relatos dicen que fue una cruz.

Hasta ese momento, la práctica de la doctrina cristiana era esencialmente ilegal en el Imperio Romano y de hecho, solo unos años antes (303 a 305 d.C.), los cristianos habían sufrido una persecución especialmente despiadada en todo el Imperio bajo el reinado de Diocleciano. (Sería oportuno detenemos aquí y preguntamos el motivo de que el Imperio Romano encarcelara y torturara a los que permanecían fieles a un maestro sabio, si Jesús no era más que eso. Y ¿por qué habían de ser una amenaza para el Imperio los seguidores de aquel maestro sabio? En el Imperio abundaban los sistemas y las escuelas filosóficas. No estaban perseguidas. ¿Por qué lo era el cristianismo?).

Por alguna razón –quizá una tenue luz de la verdadera fe, la presencia de cristianos en su propia familia o alguna misteriosa estrategia política–, una de las primeras actuaciones de Constantino fue la de publicar un edicto de tolerancia del cristianismo, que daba fin a las persecuciones al menos por el momento.

Es cierto que durante su reinado, Constantino amplió no solo la tolerancia, sino sus preferencias por el cristianismo. Los motivos no están claros. Deseaba unificar el Imperio, seriamente agitado durante un siglo por las divisiones y los continuos conflictos. Ciertamente, la religión representaba un instrumento en aquel proyecto, y, quizá, él detectaba la fuerza del cristianismo y el declive del poder tradicional de la religión romana.

Quizá influyeron los pensadores cristianos que tenían acceso a él, y posiblemente alguien de su propia familia, pero parece que finalmente, Constantino decidió hacer del cristianismo la única fuerza unitiva.

Todo ello resulta muy extraño para nosotros, acostumbrados como estamos a la separación entre la Iglesia y el Estado, una situación que sencillamente, no existía en el mundo antiguo ni en ninguna cultura. Cualquier Estado se sabía apoyado en cierto modo por el favor divino, con la subsiguiente responsabilidad de apoyar, a su vez, a las instituciones religiosas. Hasta Constantino, aquellas instituciones habían sido los templos de los dioses romanos. Cuando Constantino cambió de opinión y apoyó a la cristiandad, asumió, naturalmente, la misma actitud respecto a las instituciones cristianas, financiando la construcción de templos e interviniendo en los asuntos de la Iglesia de un modo hoy sorprendente para nosotros.

Brown dice que Constantino hizo del cristianismo la religión oficial del Imperio Romano. No lo hizo. Proporcionó un fuerte apoyo imperial al cristianismo, pero el cristianismo no llegó a ser la religión oficial del Imperio Romano hasta el reinado del Emperador Teodosio, que gobernó desde el 379 d.C. hasta el 395 d.C.

El Concilio de Nicea

Ciertamente, Constantino hizo convocar el Concilio de Nicea en el 325 d.C. en Asia Menor, la zona que hoy conocemos como Turquía. En realidad, fue la segunda reunión de obispos que convocó durante su reinado. Aunque no todos acudieron, y apenas alguno de Occidente, el propósito del Concilio era el de adoptar decisiones que afectaran a toda la Iglesia, por lo que se le llamó «Concilio Ecuménico».

Pero ¿por qué? ¿Por qué lo hizo Constantino? Pues bien, según Brown, lo hizo con objeto de hacer más poderosa y más eficaz a la cristiandad según convenía a sus propósitos. Un Concilio Ecuménico es la reunión de los obispos de toda la Iglesia. Cada uno acude desde las diócesis que ocupa. Los católicos reconocen veintiún concilios ecuménicos. Empezando por el Concilio de Nicea y terminando con el Concilio Vaticano II (1962 a 1965).

Un mero maestro mortal como Jesús no tenía valor para él, pero si era el Hijo de Dios podría serle útil. Realmente, hemos de detenernos y considerarlo. Trescientos obispos se reúnen en Nicea, obispos que, según el relato de Brown, creen que Jesús fue un «profeta mortal». Constantino les dice que declaren que Jesús es Dios. Y ellos dicen: de acuerdo. Todos ellos.

De nuevo tenemos que decir: no, en absoluto. No por que lo digan las fuentes: simplemente porque no fue así. ¿Por qué no es lógico? Quizá porque cuando examinas lo que hacían los obispos antes de reunirse en Nicea no nos mostraban un Jesús como «profeta mortal» en las liturgias que celebraban, ni en los tratados que escribían y usaban, ni en las Escrituras (perfectamente establecidas por ellos) desde las que predicaban y enseñaban.

¡Jesús es el Señor!

¿Es cierto que, trescientos años antes de Nicea, lo que llamamos la cristiandad consistía realmente en pasarse de mano en mano la sabiduría del profeta Jesús? No. De hecho, el cristianismo nunca lo hizo.

Cuando examinamos los Evangelios y las cartas de Pablo, todo datado entre el 50 d.C. y el 95 d.C., lo que encontramos es una muestra coherente de descripciones de Jesús como un ser humano en el que Dios mora de un modo único.

Los Evangelios muestran con toda claridad que los apóstoles no llegaron a conocer la identidad de Jesús hasta después de la Resurrección. Estaban continuamente confusos, equivocados y naturalmente, seguían siendo unos judíos fieles, capaces de pensar sobre Jesús solamente dentro de un contexto accesible a ellos: como profeta (sí), maestro, «hijo de Dios» y «Mesías». En el ambiente judío, ninguno de estos términos implicaba una naturaleza divina, sino, más bien, el sentimiento de que era un ser elegido por Dios.

Sin embargo, a la luz de la Resurrección, comprendieron lo que Jesús les había insinuado durante su ministerio y que por fin afirmó explícitamente, como relata Juan en los capítulos 14 a 17 que Él y el Padre son uno. Si leéis el Nuevo Testamento, lo encontraréis expresado de distintos modos: en los Evangelios; en el recuerdo de la concepción única y virginal de Jesús por obra del Espíritu Santo (ver Mateo 1-2; Lucas 1-2); en todos los relatos del bautismo de Jesús y de la Transfiguración; en la actuación de Jesús perdonando los pecados, lo que provocó el escándalo porque «solo Dios puede perdonar pecados)) (ver Lucas 7, 36-50; Marcos 2, 1-12); y en varios pasajes esparcidos a través de los sinópticos y de Juan, en los que Jesús se identifica con el Padre de un modo que implica que, cuando nos encontramos con Jesús, nos encontramos con Dios en su misericordia y en su amor (ver Mateo 10,40; Juan 14,8-14).

Si recorres los Hechos de los Apóstoles y las cartas de Pablo, que describen a la Iglesia primitiva y reflejan la predicación apostólica, no podrás evitar llegar a la convicción, que se encuentra en el núcleo de esa predicación, de que Jesús es el Señor –no solo un gran maestro o un hombre sabio–. (Lee 1 Colosenses o 2 Filipenses, por ejemplo, datadas ambas un par de décadas después de la Resurrección). (Por cierto. el tema de esta sección no es «demostrarte» que Jesús es una Persona divina. Es hacerte ver que los primeros cristianos le daban culto como Dios, y que no eran sus seguidores por considerarle un sabio y un maestro mortal. Descifrar lo que tú crees sobre Jesús no depende de mí, ni ¡por todos los santos! de Dan Brown. ¡Encuéntrate con Jesús, no a través de una novela, sino a través de los Evangelios!).

Se profundizó en aquel conocimiento de que Jesús comparte su naturaleza con Dios alrededor de los siglos siguientes, como demuestra un rápido estudio de cualquier grupo de escritos de ese período. Por poner un ejemplo, Taciano, un escritor cristiano que vivió en el siglo II, escribe: «No actuamos como locos, ¡oh griegos!, ni contamos historias vanas, cuando anunciamos que Dios nació en forma de hombre» (Oratio ad Graecos, p. 21).

Como hemos visto, a lo largo de esos siglos, los maestros cristianos ya habían tenido que aclarar la fe en Cristo frente a las herejías. Una de ellas, que ocasionó un problema en el siglo II, fue el «docetismo», nombre que se deriva de una palabra griega que significa «Me parece». Los docetistas afirmaban que Jesús era Dios, pero excluían toda humanidad real. Creían que su forma humana y sus sufrimientos no fueron auténticos, sino solamente una visión. La existencia del docetismo demuestra, de un modo exagerado que la divinidad de Jesús estaba muy asentada antes del siglo IV.

No es este el lugar adecuado para explicar el significado y las implicaciones de las naturalezas divina y humana de Jesús sino simplemente para señalar lo profundamente equivocado que es el relato de Brown cuando se refiere a lo que pensaban los cristianos respecto a Jesús.

Afirma Brown que Constantino fue el inventor de la noción de la divinidad de Jesús en el siglo IV. Como demuestran los testimonios del Nuevo Testamento y aclaran los tres primeros siglos de doctrina y culto cristianos no fue así. Y si estamos realmente interesados en lo que enseñaban y creían los primeros cristianos sería mucho mejor que acudiéramos a una fuente original en lugar de a una novela popular.

¿Cuál es esa fuente? El Nuevo Testamento por supuesto, que cualquier persona seriamente interesada en estos temas debería leer, estudiar y reflexionar. Y no olvidéis esto. Cuando Brown cuestiona la persona de Jesucristo en El Código Da Vinci jamás cita algún libro del Nuevo Testamento. Jamás.

Arrio y el Concilio

Ahora bien, el Concilio de Nicea tuvo algo que ver con el tema de la divinidad de Jesús, pero no lo que dice Brown en El Código Da Vinci. Como probablemente sabes, si intentas explicar durante uno o dos minutos la realidad de Jesús como perfecto Dios y perfecto Hombre, captarás la dificultad que tienes en entenderlo y expresarlo, pues surgen toda clase de preguntas espinosas e interesantes que no están explícita y directamente respondidas en la Escritura.

El Nuevo Testamento deja constancia de lo que experimentaron los que conocieron a Jesús: un hombre perfecto en el que encontraron a Dios, que como Dios, perdonaba los pecados, que hablaba con la autoridad de Dios y al que la muerte no pudo vencer. ¿Cómo explicarlo? ¿Cómo definirlo? Eso llevó varios siglos y, como suele ocurrir en estos casos, la necesidad de definir a Jesús con mayor claridad y exactitud nació en el contexto de un conflicto. Había surgido la siguiente teoría: Jesús no era, en realidad, un ser humano, sino que Dios adoptó forma humana como si fuera un disfraz (docetismo), lo que era claramente incoherente con el testimonio de los apóstoles. En consecuencia, los obispos y los teólogos tuvieron que reexpresar el testimonio de los apóstoles de un modo asequible para su época y que respondiera a las preguntas que la gente les planteaba.

No era fácil, pues, como hemos dicho, es un concepto extremadamente arduo para que lo comprendan nuestras mentes. Pero recordemos que fue fundamental para los que defendían la antigua creencia en Jesús como perfecto Dios y perfecto Hombre. Y lo fue. ¿Cómo podemos hablar de Jesús de un modo que sea completamente fiel al complejo y completo relato de Él que leemos en los testimonios apostólicos? Porque los Evangelios nos describen a un Jesús hambriento, atemorizado y enojado.

Lo describen actuando con la autoridad de Dios y venciendo a la muerte. De cualquier modo que hablemos de Jesús, hemos de ser fieles a todo el misterioso y apasionante testimonio de los Evangelios y de los primeros escritos cristianos.

A comienzos del siglo IV apareció en escena un nuevo problema especialmente atractivo propagado por un sacerdote llamado Arrio, de Alejandría, Egipto. Arrio enseñaba que Jesús no era perfecto Dios: era, ciertamente, la más excelsa de las criaturas de Dios, pero no compartía con Él la identidad ni la naturaleza. Estas ideas llegaron a hacerse rápidamente muy populares entre los seguidores de Arrio y entre los seguidores del cristianismo tradicional, y hubo que convocar el Concilio de Nicea para resolver el problema.

Así lo hizo, reafirmando la naturaleza divina de Jesús en términos filosóficos, pues tal era el tipo de lenguaje con el que Arrio basaba su argumentación. El resultado es el que leemos en el Credo de Nicea, que Jesús es: «Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado no creado, de la misma naturaleza que el Padre...».

Un experto en Sagrada Escritura, Luke Timothy Johnson, escribe en su libro El Credo: «En el Concilio los obispos consideraron que estaban corrigiendo una tergiversación, no la invención de una nueva doctrina. Emplearon el lenguaje filosófico del ser, porque se había convertido en el lenguaje del análisis, y porque la Escritura no les proporcionaba los términos precisos para expresar lo que era necesario exponer... consideraban que no estaban desvirtuando sino preservando la totalidad del testimonio de la Escritura» (p. 131).

Y sí; el debate fue sometido a una votación que Brown describe entrecortadamente, y que para él significó el final de toda la aventura. Pues bien, tanto la tradición judía como la cristiana ha buscado de distintas formas la intervención de la sabiduría y la voluntad divinas.

Leemos, por ejemplo, que los líderes del Antiguo y del Nuevo Testamento eran escogidos por sorteo, porque significaba que Dios guiaba el resultado de la elección. Y no fue, en contra de lo que afirma Brown, una votación reñida.

Solamente dos obispos de los aproximadamente trescientos (el número exacto varía) votaron en apoyo de lo que Arrio enseñaba en detrimento de Jesús.

Un error más

Como podemos ver de nuevo, absolutamente todo lo que Brown dice sobre este aspecto de la historia del cristianismo es incorrecto. Dice que, hasta el siglo IV, la «cristiandad» era un movimiento formado en torno a una idea de Jesús como un «profeta mortal». Una simple lectura del Nuevo Testamento, escrito unas pocas décadas después de la resurrección, demuestra que no es así. Los primeros cristianos predicaban a Jesús como el Señor.

Dice que el Concilio de Nicea inventó la idea de la divinidad de Cristo. Al contrario. Actuó con objeto de preservar la integridad de esta fe constante en Jesús, misteriosamente humano y divino. Una nueva equivocación en cada párrafo. ¿Cuál será la siguiente?


Capítulo 4: ¿Reyes derrocados?

Detengámonos un momento y hagamos un balance: Hasta ahora, en nuestro recorrido a través de la visión histórica que tan alegremente describe El Código Da Vinci, hemos encontrado que:

• Las fuentes para esas afirmaciones sobre la historia del cristianismo primitivo varían desde la absoluta fantasía y la falta de base hasta lo irrelevante.
• Al fabricar su versión de los hechos, no emplea ni una sola fuente del período en cuestión, como el Antiguo Testamento, los escritos de obispos y Padres o los documentos litúrgicos o históricos.
• Sus planteamientos de la formación del Canon de la Sagrada Escritura, del Concilio de Nicea, del reinado de Constantino y del primitivo conocimiento cristiano de la identidad de Jesús son todos erróneos, sin excepción, y carecen de cualquier relación pasada o presente con tales acontecimientos.

En realidad, esto bastaría para no seguir adelante ¿no es así? Pero aún no hemos llegado a dar fin a todas las falsedades y mentiras históricas de este libro, así que... adelante. Por cierto, ¿realmente Jesús destronó reyes?

Destronando reyes y atrayendo a millones

Ha llegado el momento de investigar lo que El Código Da Vinci intenta mostrar como la auténtica historia que hay tras el ministerio de Jesús. ¿Qué enseñó? ¿Qué trataba de realizar?

Uno pensaría, naturalmente, que al primer lugar al que deberíamos acudir cuando intentamos responder a estas nada especialmente espinosas preguntas sería a los Evangelios que figuran en el Nuevo Testamento. Al fin y al cabo, solo datan de décadas después de la muerte de Jesús, y aunque cada uno subraya distintas facetas de la misión y la personalidad de Jesús, coinciden sustancialmente en el núcleo de su enseñanza y en las pautas de su vida. Uno lo pensaría así... pues no.

Al presentarnos a Jesús, Brown no se remite a los Evangelios. En la novela, Teabing dice a Sophie que, por supuesto, Jesús fue una persona real que, como había sido profetizado, "derrocó reyes, inspiró a millones de personas y fundó nuevas filosofías... Es comprensible que miles de seguidores de su tierra quisieran dejar constancia escrita de su vida». Pues bien; no.

Conocemos un poco de la historia de Palestina y del Imperio Romano durante la vida de Jesús. No hay ningún testimonio escrito sobre un judío de Nazaret que derrocara a alguien.

Es difícil calcular ciertos datos, pero podemos estimar con toda seguridad que en la población de las zonas donde se dice que Jesús predicó –en Galilea en el norte y en Samaria y Judea en el sur– vivían, según cálculos muy aproximados, alrededor de medio millón de personas, la mayor parte de las cuales nunca oyeron predicar a Jesús.

¿No hay una gran diferencia con esos supuestos «millones»? ¿Por qué dice esto el personaje de Teabing? ¿En qué se basa? Desde luego, no en relatos históricos; eso es seguro.

Ciertamente, los Evangelios nos pintan un retrato mucho más complejo del ministerio público de Jesús. Por supuesto que en algunas ocasiones se reunió con una enorme multitud, tan enorme que en una de ellas tuvo que sacar una barca hasta el lago para predicar; pero también fue rechazado, no solo por algunos líderes religiosos, sino también por la gente de su ciudad natal y de otros lugares. Sus discípulos le seguían y le escuchaban, pero también peleaban entre ellos, y huyeron cuando las cosas se pusieron difíciles.

Brown describe a Jesús como si fuera una estrella del rock del siglo I, seguido por una muchedumbre de admiradores continuamente pasmada ante su presencia. No fue así. ¿De qué habló?

En El Código Da Vinci, Brown no aclara ni explica en qué consistió el mensaje de Jesús. Hace frecuentes alusiones a Él como un profeta y un maestro venerado, pero no es más explícito.
Según eso, la consecuencia es que el auténtico mensaje de Jesús está contenido en los evangelios gnósticos que ya hemos estudiado anteriormente, y en todo el tema de lo «sagrado femenino».

Después de todo, ese es el punto central del libro: se había perdido la devoción por lo «sagrado femenino» y Jesús, especialmente a través de su relación con María Magdalena, intentaba restablecerla, y que gracias a ella, el mundo recuperaría su rastro. ¿De dónde sale esto? Quizá de las lecturas que hace Brown de los escritos de los cristianos-gnósticos, que incluyen un estado original andrógino de la humanidad que es preciso restablecer.

Este tema ya lo hemos explicado antes desde luego. En los escritos gnóstico-cristianos no hay huellas del testimonio de ningún testigo sobre Jesús. Algunas alusiones que contienen frases conocidas de Jesús proceden de documentos más antiguos: la mayoría de las veces, de los evangelios sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas).

Si esto no os convence, la segunda cuestión es el modo extraordinariamente selectivo con el que Brown emplea los documentos gnósticos. Esos textos han llegado a nosotros en diversos pasajes, porque, por supuesto, el gnosticismo era diverso. Junto a unos ocasionales ecos de lo «sagrado femenino», encontrarás con mayor frecuencia unos abstrusos y esotéricos sistemas de pensamiento que incluyen destellos, contraseñas, fuerzas buenas y malas y miríadas de niveles en el cielo. También encontrarás antisemitismo e, inoportunamente, también algo de misoginia.

Como indica Philip Jenkins en su libro The Hiddell Gospels: «Los defensores del valor de los textos gnósticos en busca de algo que se perdió en el movimiento y enseñanzas de Jesús, que valoraba esa cosa que llamamos lo «sagrado femenino», nunca parecen mencionar otros pasajes»: «El Jesús gnóstico vino a conceder la libertad espiritual, y en los textos encontramos repetidas variantes sobre el tema del Salvador 'venido a destruir los trabajos de la mujer'. En el Diálogo del Salvador, leemos que: 'Judas dijo... Cuando recemos, ¿cómo hemos de hacer?'. El Señor respondió: 'Rezad en un lugar donde no haya mujeres'. Es curioso denunciar al cristianismo por el celibato y el odio al cuerpo, mientras se ignoran exactamente los mismos errores en el gnosticismo...»

Así pues, no; no hay evidencias de que Jesús derrocara reyes, fundara filosofías o se adhiriera a lo «sagrado femenino». Los primeros testigos, por su parte, no silencian lo que dijo, y lo que relatan es coherente con las Escrituras y con la vida de oración –el punto de contacto entre los cristianos y el Dios vivo– de las primitivas comunidades cristianas.

«Simón Pedro les dijo: 'Dejad que se vaya María, porque las mujeres no son merecedoras de la Vida'. Jesús dijo: 'Yo las dirijo para hacerlas varones, y así, también ellas llegarán a ser almas vivas parecidas a las vuestras, pues toda mujer que se convierta en varón entrará en el Reino de los Cielos'". (Evangelio de Tomás, p. 114 [Iñe Nag Hammadi Library, James M. Robinson, editor, Harper & Row, 1976]). Este es el párrafo final del escrito gnóstico más conocido, pero que no cita El Código Da Vinci.

El núcleo de la enseñanza de Jesús fue el reino de Dios. Expresaba su mensaje predicando con parábolas y con su relación con las demás personas. A través de sus palabras y de sus hechos enseñaba que Dios es amor: amor, compasión y misericordia para todos. Este amor de Dios estaba presente en Él, como lo manifestaban sus palabras y sus acciones. Cuando Jesús actuaba, el reino estaba presente. Somos parte del reino de Dios cuando vivimos en unión con Jesús y cuando imitamos su vida: es nuestro modelo de amor, de obediencia sacrificada que no lleva en cuenta el precio.

Este núcleo no es secreto, por cierto. La lectura del Nuevo Testamento nos revela una sorprendente coherencia en el relato general de lo que sobre todo, era Jesús: Obediencia a la voluntad de Dios, amor, sacrificio y alegría.

Un Jesús más humano

Uno de los temas más frecuentes en El Código Da Vinci se refiere a que el cristianismo tradicional estaba dispuesto a suprimir los escritos gnósticos que trataban de Jesús porque ofrecían un retrato más «humano» de El, un retrato que perduró durante siglos hasta que Constantino apareció en escena. Y así sucesivamente.

Ya hemos tratado esto, señalando que el conocimiento de Jesús como Señor, como Dios, como Hijo de Dios, aparece claramente en los escritos del Nuevo Testamento, que datan del siglo I. No obstante, interesa profundizar un poco más en la afirmación de que la historia oficial subraya la divinidad de Jesús a expensas de su humanidad, un hecho que los escritos gnósticos sacan a la luz. Brown habla de ellos algunas veces, pero nunca aporta pruebas concretas que apoyen su argumentación. ¿Hemos de creerle? Quizá no. Cualquiera que dedique una hora para leer detenidamente los evangelios canónicos y, luego, un par de consideraciones gnósticas, puede ver la falsedad de dicha argumentación.

Porque, cuando lees los escritos gnósticos, te puede sorprender el hecho de no encontrar a un Jesús especialmente «humano». Es un maestro, pero hay muy poco sobre Él que sea característica o identificablemente humano. Reparte sabiduría, revela secretos y deambula en medio de una suave niebla espiritual, y habla, y habla. Y habla.

Esto tiene sentido, por supuesto, pues las doctrinas gnósticas devalúan el mundo material, incluido el cuerpo humano. Por ejemplo, sus escritos sobre Jesús ignoran sin rodeos su Pasión y Muerte. Para asegurarte, lee los textos favoritos de los gnósticos, como el Evangelio de Felipe, el Evangelio de Tomás y el quizá gnóstico Evangelio de María. Lee todos esos extensos diálogos y luego introdúcete en el Libro de Mateo.

«Y tomando a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, empezó a entristecerse y a sentir angustia. Entonces les dijo: 'Mi alma está triste hasta la muerte; quedaos aquí y velad conmigo'». Y luego, lee detenidamente el resto de los evangelios. Verás a Jesús comiendo, bebiendo, enfadado, aterrado, solo y afligido, sufriendo y muriendo. Solamente quien desconozca absolutamente los Evangelios puede mantener que ofrecen la imagen de un Jesús «des humanizado». De hecho, es todo lo contrario. El motivo de que los maestros cristianos lucharan tan esforzadamente contra las teorías gnósticas y otras similares fue precisamente el de que esos sistemas no resaltaban suficientemente la humanidad de Jesús y, en consecuencia, no eran fieles a los antiguos testimonios presentes en el Nuevo Testamento.

Quizá, cuando Brown y otros como él sugieren que necesitamos un Jesús más «humano» que, según ellos, no aparece en los Evangelios, no están al corriente de las características que hemos expuesto anteriormente. Probablemente se refieren a algo más. Deben estar hablando
exactamente de sexo.

¿Estuvo casado Jesús?

En este siguiente apartado vamos a investigar el intrigante y maravilloso personaje de María Magdalena (que por cierto, es venerada como una santa en la religión católica y en la ortodoxa, y no ultrajada como insinúa Brown), y especialmente veremos las pruebas de su relación con Jesús.

Ya que hemos estado hablando del entorno general y el sentido de la vida de Jesús según El Código Da Vinci, es un buen momento para tocar el tema del matrimonio de Jesús. Es importante asentar desde el principio que cualquier duda sobre el matrimonio de Jesús no se debe al «miedo» o al odio a la sexualidad.

Con extremada frecuencia, los que defienden a un Jesús casado sugieren que los demás no podemos ni hablar de que estuvo casado porque somos tan enemigos del sexo que incluso pensarlo podría hacer añicos nuestra fe, porque odiamos el sexo. ¡Oh! ¿De verdad?

El miedo o el rechazo no son precisamente el tema importante en este momento. El tema es saber lo que revelan las fuentes y las mayores evidencias cuando se las estudia honesta y objetivamente. En El Código Da Vinci, nuestro amigo Teabing (por supuesto) hace saber a Sophie que Jesús estuvo casado, diciendo tajantemente: «Ese matrimonio está documentado en la historia». ¿Dónde?

Como ya hemos indicado, el mejor «documento histórico» que tenemos para describir la vida de Jesús son los Evangelios canónicos, escritos solamente unas décadas después de su muerte y resurrección. Ciertamente tienen sus límites, como cualquier documento antiguo, pero cuando deseamos responder a preguntas sobre cómo era Jesús y lo que hizo, esos textos serían los más adecuados para empezar. (Unos textos que, repetiremos incansablemente, jamás menciona Brown).

Y la gran noticia es esta: no mencionan a Jesús casado. Nunca. Ahora bien, existe un argumento relacionado con este silencio, sobre el que alguien escribió un libro, y que hemos oído en numerosas ocasiones: los Evangelios silencian el matrimonio de Jesús porque el estado de casado era el normal en un hombre judío de aquella época, así que se daba por supuesto y esto no se consideraba lo bastante importante como para mencionarlo.

Brown sugiere otros motivos para ese silencio. Si no estuviera casado, los escritores del Evangelio se habrían tomado un minuto o dos para explicar que no estaba casado. Por supuesto, el argumento basado en el silencio es un argumento astuto, pero hay algo más que decir sobre ese tema como para dejarlo así.

John Meier, de la Catholic University of America, ha refutado hábilmente esa explicación en su libro Un judío marginal. Consideremos ahora dos de sus puntos: En primer lugar, Meier critica ese argumento basado en el silencio porque los Evangelios no ocultan otras relaciones de Jesús. Con gran frecuencia mencionan a sus padres y a otros parientes. Le describen poniéndose en contacto con ellos, así como en conflicto con la gente de Nazaret, su lugar de nacimiento. Lucas nombra incluso a las mujeres que formaban parte de sus discípulos y le seguían, prestándole ayuda: María Magdalena, Juana y Susana.

Después de estos datos concretos sobre los lazos familiares de Jesús y sobre las mujeres que le seguían, no hay motivos para no mencionar a una esposa. A continuación, Meier aborda la afirmación (que también hace el personaje de Teabing) de que el matrimonio era absolutamente normativo para un hombre judío en tiempos de Jesús, especialmente para un rabino, y un Jesús soltero habría necesitado una defensa especial con objeto de preservar su credibilidad, y que no se habría podido tomar en serio a Jesús si hubiese sido un hombre soltero.

Sencillamente, esta suposición es falsa. Meier critica esta afirmación en varios aspectos. En primer lugar, Jesús no era un rabino. Sus discípulos le llamaban «rabbi», que significa "maestro", pero eso no significa que fuera un rabino en el sentido formal o institucional.

También es falsa la afirmación de Teabing, porque ofrece un retrato monolítico del judaísmo del siglo I que no refleja la realidad. De hecho, en aquella época hubo al menos una secta judía cuyos miembros permanecían célibes: los esenios, que vivieron en comunidad en Qumran, cerca del Mar Muerto, y que dejaron los Manuscritos del Mar Muerto.

Concretamente, en el judaísmo existe también una tradición de personajes cuyas vidas estaban plenamente entregadas al servicio de Dios y de la Ley, y que eran célibes. Uno de ellos fue el profeta Jeremías. Las tradiciones judías expuestas en los textos del Antiguo Testamento nos ofrecen un retrato de Moisés que después de reunirse con Dios en el Monte Sinaí, permaneció célibe. Juan Bautista, uno de los más importantes personajes históricos, no estaba casado, ni en opinión de muchos eruditos, el apóstol Pablo.

Meier concluye: «Cuando relacionamos todas esas tendencias, observamos que el siglo I d.C. estaba poblado por algunos notables individuos célibes y por grupos: algunos esenios y qumranitas, los terapeutas, Juan Bautista, Jesús, Pablo, Epicteto, Apolunio y varios cínicos aislados. El celibato seguía siendo una elección rara y algunas veces censurada en el siglo I d.C. Sin embargo, era una opción viable».

En resumen: según los textos más creíbles no existen pruebas de que Jesús estuviera casado, y el conocimiento del ambiente del siglo I indica que no sería absolutamente inaudito que un individuo plenamente dedicado a Dios fuera soltero.

La verdad y las consecuencias

La afirmación de El Código Da Vinci de que el cristianismo tradicional devalúa la humanidad de Jesús es absolutamente falsa. Los Evangelios nos lo presentan sistemáticamente como un personaje real, muy humano, opuesto a la bastante etérea figura que encontramos en los escritos gnósticos. Muchas de las discusiones teológicas y de los conflictos en los primeros cuatro siglos de la historia del cristianismo reflejan la determinación de los Padres cristianos de ser fieles a los relatos del Evangelio, y de permanecer firmemente unidos a la perfecta
humanidad de Jesús.

Durante unos instantes, podríamos echar una mirada a la devoción y al arte cristianos a través de los siglos, desde el funesto día en el 325 d.C. en que Constantino sacó a empujones del cuadro a la humanidad de Jesús.

En el transcurso del tiempo, la oración cristiana ha conectado con Jesús a través de sus «aflicciones», a través de la compasión y a través de sus sufrimientos. El genial arte cristiano nos ofrece a un niño Jesús mamando del pecho de su madre, a un hombre sangrando y maltratado, y también a un cadáver devuelto a los brazos de su madre.

El que haya alguien que se tome en serio lo que se cuenta en El Código Da Vinci dice mucho. Nos dice que demasiadas personas –de dentro y fuera del cristianismo– están totalmente desconectadas del retrato evangélico de Jesús y de la rica tradición de la teología cristiana y la
meditación espiritual sobre el misterio de su humanidad. Todo lo que saben sobre Jesús no lo han aprendido en los Evangelios ni en la tradición cristiana, lo que les deja expuestos a las distorsiones que podemos encontrar en El Código Da Vinci.

¿Que el cristianismo no valora la humanidad de Jesús? La verdad está tan próxima como la imagen que aparece en los muros de una iglesia. Un hombre. No un fantasma. Ni un mito. Un hombre.


Capítulo 5: María, llamada Magdalena

Realmente, El Código Da Vinci no es justo con Jesús, pero lo es mucho menos con su supuesta esposa, María Magdalena. Antes de llegar a lo que sabemos sobre María Magdalena (que no es mucho), hagamos un rápido repaso a lo que dice Brown de ella.

Según Brown, era una mujer judía de la tribu de Benjamín, que se casó con Jesús y dio a luz a su hijo. Jesús trató de dejar a la Iglesia en sus manos; esa Iglesia iba a devolver la «deidad femenina» a la vida humana y al conocimiento general. Después de la crucifixión de Jesús, María Magdalena huyó a la comunidad judía de Provenza, donde ella y su hija Sarah hallaron refugio. Su vientre es el «Santo Grial». Sus huesos descansan bajo la pirámide de cristal a la entrada del Louvre. El Priorato de Sión y los Caballeros Templarios se dedicaron a proteger su historia y sus reliquias. El Priorato le da culto «como Diosa... y como Madre Divina».

Realeza judía... esposa de Jesús... Santo Grial... Diosa. He aquí un completo currículo. Considerando que los Evangelios mencionan a María de Magdala en escasas ocasiones, ¿de dónde proceden esas ideas? Bien, la respuesta está exactamente en la novela, cuando Teabing, nuestro notable erudito, muestra su biblioteca alardeando: «La descendencia real de Jesucristo la han documentado exhaustivamente muchos historiadores». (De nuevo nos encontramos con un matiz de erudición).

Y cita La Revelación de los Templarios y El enigma sagrado –dos obras de pedante pseudo-historia y teoría conspiratoria–, The Goddess in the Gospels (Las diosas en los evangelios, en castellano) y The Woman With the Alabaster Jar (María Magdalena, ¿esposa de Jesús? en castellano), de Margaret Starbird, quien, entre otros medios, emplea la numerología –la suma de los números de su nombre– para llegar a la conclusión de que María Magdalena fue venerada como diosa en la primitiva cristiandad: «Ellos conocían la «teología de los números» del mundo helénico, codificados en el Antiguo Testamento y basados en el antiguo canon de la geometría sagrada derivada de los pitagóricos desde años atrás... No era accidental que María Magdalena llevara los números que los cultos de la época identificaron como la 'Diosa de los Evangelios'» (Mary Magdalme, The Beloved, por Margaret Starbird: www.magdalene.org/beloved-essai.htm).

Bien; detengámonos unos momentos para reflexionar sobre todo lo que nos han dicho en esta novela: que los Evangelios no deben consultarse o leerse en sentido literal, y que ni por un momento nos podemos creer que transmiten cualquier verdad sobre los sucesos que relatan.
Pero ¿no nos han dicho también que transmiten en código que los primeros cristianos consideraban una diosa a María Magdalena?

Bien; si la consideraban como una diosa, ¿por qué no lo difundieron? ¿Por qué fastidiar con ese buen Jesús crucificado-resucitado, cuando podían dar culto a la Magdalena, si era lo que deseaban hacer? No es como si hubiera alguna censura política, social o cultural hacia los
que deseaban dar culto a una diosa. Seguramente no serían arrestados, encarcelados y ejecutados por profesar una fe centrada en otra persona que permanecerá sin nombre y que, supuestamente no recibirá culto hasta el siglo IV.

Una vez más, antes de alborotarnos ante las afirmaciones de El Código Da Vinci, recordemos la importancia de comprobar sus fuentes. Estas son las básicas en relación con María Magdalena: María Magdalena como esposa de Jesús y madre de su hijo y el verdadero «Santo Grial»: El enigma sagrado y La revelación de los Templarios.

María Magdalena como diosa, como origen del «sagrado femenino»: un trabajo de Margaret Starbird. María Magdalena como líder designada de la primitiva cristiandad: una variada serie de eruditos contemporáneos que trabajan sobre textos gnósticos.

Antes de entrar en detalles sobre esos puntos, conviene parar, olvidar las especulaciones, y volver al lugar donde por primera vez oímos hablar de María Magdalena.

¿Quién fue María Magdalena?

No hay duda de que María es una figura histórica. En los Evangelios aparece con su nombre y. junto a otras mujeres, desempeña un papel muy importante en relación con la Pasión y Resurrección de Jesús. Solamente un Evangelio la menciona fuera de los últimos días de Jesús.
Se trata de Lucas, que nos habla de la predicación de Jesús y su proclamación de la Buena Nueva en compañía de sus Doce Apóstoles: «... y algunas mujeres que habían sido curadas de espíritus malignos y de enfermedades: María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios; Juana, mujer de Cusa, administrador de Herodes.

Esas mujeres, galileas según parece, deciden compartir el destino de Jesús, le ayudan de un modo práctico, como proporcionándole alimento y, quizá, incluso dinero, y Susana y otras muchas que le servían con sus bienes».

«Magdalena» no es el apodo de María: en aquella época no existían los apodos. Se identificaba a las personas por su relación con el padre o con el lugar de nacimiento. La mayoría de los expertos creen que Magdalena significa «de Magdala», una ciudad en la orilla occidental del Mar de Galilea. Y para más datos concretos sobre María, veamos el final de los Evangelios, donde en cada uno de ellos se la describe asistiendo a la crucifixión y a la sepultura de Jesús, y volviendo a la tumba en la mañana de Pascua para ungirle el cuerpo.

Allí, según los cuatro Evangelios, Maria recibe la Buena Noticia, primero de un ángel. Y luego, del mismo Jesús, que no solo se aparece a María y a las otras mujeres, sino que además, les dice que no teman, y las envía a dar a conocer la Buena Noticia a los apóstoles. Así, María Magdalena fue una de las primeras evangelizadoras o como el cristianismo oriental la ha llamado durante largo tiempo, la «igual-a-los-apóstoles», por haberles anunciado la Buena Noticia de que Jesús había resucitado.

Entonces, ¿qué sucedió?

Tenemos que darnos cuenta de algo que podemos estar dejando de lado (además de todo el asunto de la diosa, naturalmente) en las escasas ocasiones en que se la menciona: ¿No fue una prostituta arrepentida?

Esto adquiere gran importancia en El Código Da Vinci, que a menudo se refiere a la identificación de María Magdalena con una prostituta como parte de una maliciosa conjura tramada por la Iglesia para hacer frente a cualquier sospecha, o incluso (se dice) evidencia histórica, del liderazgo de María Magdalena en el cristianismo primitivo.

Veamos dos puntos: en primer lugar que la asociación de María Magdalena con la prostitución se extendió durante siglos en el cristianismo occidental (aunque no en el oriental). Sin embargo, no hay pruebas de que se hiciera como afirman Brown y sus fuentes por maldad, por misoginia o por temor a la autoridad femenina.

En los Evangelios aparecen varias Marías así como otras mujeres destacadas aunque sin nombre. Los estudiosos de las Escrituras han confundido a cualquiera de ellas o se han preguntado por los motivos de asociar a la María mencionada en un lugar determinado con la María mencionada en otro.

Por ejemplo, hay dos relatos diferentes sobre las mujeres que secan los pies de Jesús con sus cabellos. En Lucas 7, 36-50, Jesús se encuentra con una «mujer... que era una pecadora». y que llorando de arrepentimiento, unge y baña sus pies. y luego los seca con sus cabellos. Su unción se debe a la gratitud por el perdón de sus pecados (que podemos añadir no están explícitamente concretados). En Juan 12, 1-8 Jesús, de camino a Jerusalén, se detiene en casa de Lázaro (resucitado de la muerte, Juan 11) y de sus hermanas Marta y María. María unge los pies de Jesús y los seca con sus cabellos en una prefiguración solemne de la unción que unos días después, recibirá en su sepultura.

El relato de la mujer penitente aparece en Lucas, unos versículos antes de la mención a María Magdalena, y hubo quienes –entre ellos, el eminente papa Gregorio I, en un sermón del 591 d.C.– asociaron a ambas. El problema que plantea esta teoría es el siguiente: cuando introduce a un personaje cualquiera, Lucas especifica su nombre. Si esta mujer fuera María Magdalena, como creen muchos, la habría identificado inmediatamente como lo hace la segunda vez que la menciona.

Por lo tanto, como María de Betania unge a Jesús antes de la entrada en Jerusalén, algunas tradiciones la relacionan con la mujer que le unge en Lucas 7, y luego con la llamada María Magdalena en Lucas 8, reuniendo a las tres mujeres en una. Esto es exactamente lo que sucedió en la Iglesia occidental que hasta comienzos de la Edad Media y hasta la reforma del calendario litúrgico en 1969, celebraba el día de María Magdalena el 22 de julio en recuerdo de las tres mujeres de cada uno de los relatos del Evangelio.

Sin embargo, la Iglesia Ortodoxa oriental no reunió a las tres mujeres, pues las consideró siempre tres personas distintas. La Iglesia Ortodoxa honra especialmente a María Magdalena, calificándola de «la portadora de mirra» (una de las especias usadas para las unciones) y calificándola de «igual-a-los-apóstoles».

Llegamos ahora a un punto extraordinariamente importante, un punto vital: Brown insinúa repetidamente que María Magdalena fue marginada y demonizada por el cristianismo tradicional, que la pintó, dice, como una mujer libertina, una prostituta, etc., con el propósito, se supone, de rebajar su importancia. Como mucho de lo que encontramos en Brown, esto no solo es falso... es sencillamente una insensatez.

El cristianismo, tanto oriental como occidental, ha honrado a María Magdalena como santa.
Una santa. Los cristianos han puesto su nombre a iglesias, han rezado ante la supuesta tumba donde reposan sus reliquias y le atribuyen milagros. ¿Es posible llamar demonizar a eso? Respuesta: no.

En cuanto al tema de la prostitución, incluso quienes relacionan a María Magdalena con «la mujer que era una pecadora» de Lucas 7, no ahondan en sus culpas. El cristianismo no hace hincapié en el pecado tras el arrepentimiento. Ese es el resultado de la fe en Jesús. No; María Magdalena, como lo atestigua la leyenda sobre ella, es recordada esencialmente por su papel como testigo de la resurrección de Jesús.

Antes del Renacimiento, las imágenes de María Magdalena eran bastante serenas. Solo a partir de entonces nos la encontramos como una arrepentida, desaliñada, medio desnuda y con el cabello suelto. Los artistas del Renacimiento mostraban un interés creciente por una presentación más naturalista de la forma humana, y por una integración más explícita de las emociones en las representaciones artísticas. Esas imágenes de María Magdalena tienen más que ver con intereses artísticos que con el modo en que la Iglesia cristiana hablaba de ella.

«La Cristiandad Magdalena»

Este es el término que emplea la estudiosa Jane Schaberg para describir su visión, basada en sus hipótesis sobre el pasado, de las futuras posibilidades del cristianismo. Schaber y otras expertas feministas contemporáneas, como Karen King de la Harvard Divinity School, han aprovechado el papel prominente de María Magdalena en algunos escritos gnósticos del siglo II en adelante para insinuar una lucha por el poder entre el partido de Pedro y el de María Magdalena en el interior del cristianismo.

En El Código Da Vinci, el personaje de Teabing declara otro tanto, al afirmar que también Leonardo da Vinci da la clave de esta verdad, una verdad que, asegura, está contenida en «esos evangelios inalterados».

María Magdalena en Provenza: Una parte de la historia de Brown sobre María Magdalena afirma que terminó su vida en Provenza, al sur de Francia. La tradición católica la sitúa allí, y la acredita como evangelizadora de la gente de esa zona. La tradición oriental afirma que fue a Éfeso y allí evangelizó junto a San Juan.

Veamos ahora los problemas lógicos que se derivan sobre ello, tal y como están expresados en la novela: Si el partido de Pedro –al que podemos suponer vencedor, según manifiesta repetidamente Brown en su novela– fuera tan poderoso como para depurar a María y rebajar su importancia, ¿por qué iba a destacar su papel primordial en los relatos de la resurrección, y como el de la primera persona que recibió la Buena Noticia?

Brown nos ha dicho anteriormente que, antes de que Constantino llevara a cabo su perversa hazaña en 325 d.C., los cristianos de cualquier lugar creían que Jesús era un «hombre mortal». En este caso, ¿quiénes formaban exactamente el partido de Pedro? Presumiblemente eran los «vencedores», lo que significa que tenían que haber creído en la divinidad de Jesús, porque esta fue la doctrina que «venció». Pero, si no se inventó la divinidad de Jesús hasta el 325 d.C., ¿dónde estuvieron todo ese tiempo?

Por último, dejando a un lado el placer de desvelar esas patentes inconsecuencias, volvamos a las pruebas. ¿Existe la evidencia de que una parte de la ortodoxia cristiana luchara por la supremacía sobre el partido de Magdalena, y degradaran su figura durante el proceso? No. Se trata de una pura especulación basada en la lectura, ideológicamente motivada, de unos textos fechados por lo menos cien años después de la vida de Jesús. Así lo hicieron algunas sectas gnóstico-cristianas que surgieron a finales del siglo II, y que atribuían a María Magdalena un papel preponderante. En los pasajes de los escritos gnósticos del siglo I no hay datos que indiquen una intimidad entre Jesús y María Magdalena, ni que proporcionen argumentos teológicos que apoyen su versión del cristianismo y rebajen el papel de Pedro y los apóstoles.

Esta es la cuestión: si lo sabían los escritores cristianos ortodoxos de ese período, y si les afectaba, probablemente habrían abordado el tema directamente; y lo hicieron por cierto, hablando negativamente de algunas sectas gnósticas en las que las mujeres se comportaban como líderes o profetisas. Sin embargo, los textos que están a nuestro alcance no critican especialmente a algún grupo que considere a María como líder en detrimento de Pedro. Y además, y más extraño todavía, durante este período en el cual se supone que María había sido demonizada por los ortodoxos, solamente leemos alabanzas hacia ella.

Hipólito, escribiendo en Roma en el siglo II y comienzos del III, describe a María Magdalena como una Nueva Eva, cuya fidelidad contrasta con el pecado de Eva en el Jardín del Edén (una imagen empleada también generalmente para María, la Madre de Jesús). Igualmente llama a María «apóstol de apóstoles». San Ambrosio y San Agustín, que escriben aproximadamente un siglo después, se refieren también a María Magdalena como la Nueva Eva.

Una vez más, todo lo que dice Brown carece de sentido. Durante el período en que se supone que el partido de María luchaba contra el partido de Pedro por el cuerpo de la Iglesia, los Padres le dedicaban plegarias y citaban los Evangelios que describían su papel en las apariciones posteriores a la Resurrección. Ni los datos que aparecen en las Escrituras sobre María Magdalena ni el modo en que ha sido tratada en la tradición cristiana oriental u occidental nos permiten aceptar las teorías de Brown.

Y como vamos descubriendo, la verdad es mucho más interesante y más apasionante que cualquiera de las fantasías de El Código Da Vinci.


Capítulo 6: ¿La era de las diosas?
Para muchos lectores, uno de los elementos más atractivos de El Código Da Vinci es la idea de la «deidad femenina». Les intriga la intención que mueve a Brown al revelarles el pasado: que hubo un oscuro período de la historia, muy al principio, en el que la humanidad vivía consciente de la necesidad de mantener equilibrados los elementos masculino y femenino, y que lo conseguían por medio del culto a espíritus y deidades masculinas y femeninas. Y es aún más intrigante que hubiera, como dice Langdon a Sophie, un período en el que un «paganismo matriarcal» regía el mundo.

Los lectores se interesan también por la afirmación de Brown sobre las mujeres y el cristianismo: que Jesús enseñó la unión de los aspectos de la realidad masculina y femenina, y que las mujeres fueron líderes en la primitiva cristiandad hasta que el «cristianismo patriarcal» llevó a cabo una «campaña de propaganda que demonizaba lo sagrado femenino y erradicaba definitivamente a la diosa de la religión moderna».

En esta visión del pasado es fácil detectar una llamada a las mujeres que se sienten apartadas del cristianismo por considerar (acertada o equivocadamente) injusto el concepto que el cristianismo tiene de la mujer y el trato que le dispensa.

Ahora bien, una opinión puede ser atractiva, pero si no es cierta, ¿qué valor tiene?, ¿cómo puede ser una fuente de fuerza o de inspiración?

Lo «sagrado femenino»

Brown se inspira en un par de argumentos cuando escribe (como hace incesantemente) sobre lo «sagrado femenino».

En primer lugar está refiriéndose a una escuela de pensamiento que surge en el siglo XIX afirmando que el antiguo culto popular a las diosas había nacido de uno más elemental a la «Madre Diosa», explicado en parte por la antigua y profunda devoción popular por el misterio y el poder del alumbramiento. Para apoyar esta teoría, se basaba, entre otros hallazgos, en descubrimientos arqueológicos de figuras femeninas embarazadas. Esta teoría se desarrolló a finales del siglo XX hasta afirmar, como aduce la escritora Charlotte Allen, que: «Esta consonancia con la naturaleza, el respeto a la mujer, la paz y la cultura igualitaria prevalecieron en la actual Europa Occidental durante miles de años... hasta que los invasores indo-europeos arrasaron la zona introduciendo dioses guerreros, armas diseñadas para matar a seres humanos y una civilización patriarcal» (The Atlantic, enero 2001).

Sin embargo, en los últimos años, debido a la ambigua naturaleza de esos artefactos hallados, al descubrimiento de armas y a la patente evidencia del reparto del trabajo basado en la división de sexos en muchos de esos lugares, ha delimitado recientemente el mito de la Diosa Madre. No existen pruebas que indiquen que tal época haya existido alguna vez.

Una de las más extravagantes opiniones de Brown es que incluso el antiguo judaísmo valoraba lo «sagrado femenino» como un aspecto distinto del divino, como lo demostraban las prácticas de sexo ritual en el Templo de Jerusalén. Esto es absolutamente extraño, y resulta difícil averiguar dónde ha conseguido Brown tal información. Ciertamente no hay prueba alguna que la apoye, pues está en absoluta contradicción con lo que las Escrituras hebreas requieren para los que están involucrados en los sacrificios y los cultos del Templo: unos ritos escrupulosos para la purificación que implican la abstención de toda actividad sexual durante el período anterior al desarrollo del culto. El jesuita experto en Sagrada Escritura Gerald O'Collins refuta tajantemente ese aserto: «A propósito del judaísmo, Brown introduce algunos errores increíbles sobre Dios y la práctica ritual del sexo. Los estudiosos del Antiguo Testamento coinciden en que, en algunas ocasiones, se empleaba la prostitución para obtener dinero para el templo. Pero no hay evidencias sobre la prostitución sagrada o ritual, y ningún hombre israelita que acudiera al templo para encontrarse con la divinidad y alcanzar su plenitud espiritual, practicaría el sexo con las sacerdotisas (ver El Código Da Vinci, p. 384). En la misma página, Brown explica que 'el Sancta Sanctorum albergaba no solo a Dios, sino también a su poderosa equivalente femenina, Shekinah'. Una palabra que no aparece en la Biblia, pero en los escritos rabínicos antiguos, Shekinah se refiere a la proximidad de Dios con su pueblo y no a una consorte femenina» (America, 15 de diciembre del 2003).

O'Collins niega también la afirmación de Brown que aparece en el mismo párrafo, según la cual, YHWH se deriva de Jehováh, lo que, por supuesto, es algo absolutamente ajeno a la realidad: «Es también una pasmosa insensatez asegurar como un "hecho" que el tetragrámaton judío, YHWH se "deriva de Jehová, una andrógina unión física entre lo masculino Jah y el nombre prehebraico que se le daba a Eva, Havah".

YHWH se escribe en hebreo sin vocales. Los judíos no pronuncian el nombre sagrado, pero "Yahvé" era aparentemente la vocalización correcta de las cuatro consonantes. En el siglo XVI, algunos escritores cristianos introducen "Jehová" debido a la errónea creencia en las vocales empleadas. Jehováh es un nombre artificial creado hace menos de quinientos años, y ciertamente, no es un antiguo nombre andrógino del que se deriva YHWH».

Por supuesto, hubo deidades femeninas en las culturas antiguas, como las hay hoy en los sistemas animista y politeísta (tales como el Induismo). La mayoría de las deidades femeninas eran consortes de las masculinas. Los sistemas antiguos reflejan una conciencia de los principios masculino y femenino en el tejido de la realidad, pero no manifiestan un particular conocimiento o veneración por lo «sagrado femenino», como Brown lo describe insistentemente.

Una mirada hacia el cristianismo católico y ortodoxo tal y como ha sido practicado durante dos mil años no expresa exactamente una espiritualidad impregnada de una imaginería patriarcal a expensas de la femenina. Pero hablaremos de ello más tarde.

Por último, podríamos suponer que esas sociedades alimentadas por el sistema espiritual sugerido por Brown serían profundamente igualitarias. Sorprendentemente, no encontramos ejemplos de tal igualitarismo en cualquier cultura antigua que diera culto a dioses y diosas, ni tampoco. en los que practicaban el sexo ritual (no tan cercano ni universal como sugiere) que, en opinión de Brown, unía la masculinidad y la feminidad en un extático todo vivificante.

Herejes y brujas

Aún la siguiente etapa de este panorama, después de que la era matriarcal fue reemplazada, la devoción a lo femenino pasó a la clandestinidad. En cuanto al cristianismo, Brown, aprovechando el trabajo de varios escritores contemporáneos sobre las mujeres y el cristianismo primitivo, insinúa que hubo una rama del movimiento de Jesús centrada en la mujer. Esto es lo que vemos, según Brown, cuando leemos los documentos gnósticos que ponen al frente y como centro a María Magdalena.

En realidad, ciertos sistemas se apartaron de la corriente principal del cristianismo. Usaban la figura de Cristo y algunas de sus enseñanzas para difundir esencialmente las ideas gnósticas. No tuvieron relación directa con los testigos del primitivo cristianismo, ni, por otra parte, estaban centrados en la constante tradición antigua de lo «sagrado femenino».

Según El Código Da Vinci lo están. Después de que el cristianismo ortodoxo «venciera» en Nicea –y sigue con su tema–, continuó suprimiendo o seleccionando las pruebas de las creencias paganas, a las que equipara con la devoción a lo «sagrado femenino». Asimismo destruyó con saña a las que persistían en sus ideas, como en el caso de las brujas. Concretando, cinco millones. Sí, has oído bien. Brown afirma que esa hostilidad hacia las mujeres, que borboteaba durante siglos, por fin salió a la superficie cuando la Iglesia Católica ejecutó a cinco millones de mujeres durante los trescientos años de la caza de brujas (Brown no concreta de qué siglos se trata, pero podemos suponer que se refiere a los años 1500 a 1800, el período en el que tuvo lugar con mayor rigor la caza de brujas en Europa).

Esto lo tienes que haber oído antes: es una cifra que sueles encontrar en los coloquios de Internet sobre los horrores de la Iglesia Católica. Pero eso, como tantas cosas en este libro, es falso. Charlotte Allen, en su artículo de la revista Atlantic, reúne las investigaciones más recientes sobre el tema (que es importante) y dice que la mayoría de los expertos han fijado en unas cuarenta mil las ejecuciones relacionadas con la brujería durante este período, algunas por orden de organismos católicos, otras por protestantes y la mayoría por los gobiernos. y, a propósito, alrededor de un treinta por ciento de las acusaciones de brujería se hicieron en contra de hombres.

«El estudio más completo sobre la brujería es Witches and Neighbors (1996), de Robin Briggs, un historiador de la Oxford University que ha estudiado detalladamente los documentos sobre los juicios europeos a las brujas, llegando a la conclusión de que la mayoría de ellos tuvieron lugar durante un período relativamente corto, de 1550 a 1630, Y que se limitaron a la actual Francia, Suiza y Alemania, que ya estaban sacudidas por la confusión política y religiosa causada por la Reforma. La mayoría de las acusadas lejos de ser un grupo de mujeres librepensadoras, eran principalmente pobres e impopulares. Sus acusadores solían ser ciudadanos corrientes (a menudo, otras mujeres) y no autoridades clericales o seculares. De hecho, a las autoridades les disgustaba, generalmente, juzgar casos de brujería y absolvían a más de la mitad de los demandados. Briggs ha descubierto también que ninguna de las brujas que fueron encontradas culpables y condenadas a muerte fueron acusadas específicamente de practicar una religión pagana» (Allen, «The Scholar and the Goddess», Atlantic Monthly, enero 2001).

¿Es el Malleus Malleficarum (El martillo de las brujas) un documento auténtico? Sí, y, aunque importante, no es el manual universal para juzgar a las brujas, como afirma Brown. Está escrito por un dominico, Heinrich Kramer, que afirma haberlo basado en su experiencia tras juzgar un centenar de casos. En realidad, los documentos indican que solamente juzgó a ocho mujeres y que fue expulsado por el obispo de la siguiente ciudad en la que trató de trabajar.

Realmente es trágico y, desde nuestro punto de vista, injusto que hombres y mujeres fueran ejecutados por dichos motivos. Sin embargo, a lo largo de la historia humana, la mayoría de las sociedades no han protegido la libertad de pensamiento, de religión o de expresión. De hecho, se da exactamente el caso opuesto. Muchas de ellas han implantado serias restricciones sobre lo que sus miembros pueden manifestar en público y sobre el modo de animar a actuar a los demás, y frecuentemente han hecho retractarse a los transgresores por medio de duros castigos. Esto no lo ha inventado la Iglesia católica ni la protestante. Por supuesto, eso no hace menos desafortunado el hecho de que, en ese periodo de la historia, las
Iglesias cristianas no fueran unos testigos firmes del Evangelio.

¿No estamos olvidando algo? En El Código Da Vinci, Brown insiste en que, aproximadamente, en los dos mil últimos años, el cristianismo ha sido ferozmente patriarcal, y está dispuesto a honrar todo indicio de lo «sagrado femenino» en cualquier lugar que surja.
Aparentemente, Brown nunca ha oído hablar de María, la Madre de Jesús. Si realmente deseas apreciar la distancia que hay entre las afirmaciones de esta novela y la realidad del cristianismo, reflexiona un momento sobre esta patente y extraña omisión. Y pregúntate por la razón. Y solo podemos llegar a la conclusión de que la enorme importancia de María
en el pensamiento y las manifestaciones cristianas socavan a los argumentos de Brown sobre el temor que el cristianismo siente por lo «sagrado femenino»; en consecuencia, Brown decide que lo mejor es pretender que nunca sucedió.

Pero sucedió. El estudioso Jaroslav Pelikan escribe: «...si pudiéramos permitir que los miles de mujeres del medioevo recuperaran sus voces perdidas, las pruebas que encontramos en los escasos documentos escritos que nos dejaron demuestran que muchas de ellas se identificaban plenamente con la figura de María: con su humildad, sí, pero también con su fortaleza y con su victoria. Por el papel que ha desempeñado en la historia de los veinte siglos pasados, la Virgen María ha sido el tema de más pensamientos y discusiones sobre lo que significa ser una mujer que cualquier otra de la historia occidental» (María a través de los siglos).

Cuando los seres humanos intentan conocer a Dios y relacionarse con Él, la misma humanidad que hace posible la intimidad con Dios –porque los humanos están hechos a su imagen– también les limita. Nuestro lenguaje no llega a tanto, nuestra idea de Dios no puede alcanzar más allá de nuestra existencia de criaturas encarnadas en el espacio y en el tiempo, y nuestra experiencia personal nos tiene apresados.

Sin embargo, es dentro de este mundo, y a través de las cosas que Él mismo ha creado donde Dios se encuentra gratuitamente con nosotros y se nos da a conocer. Brown dice que las imágenes de la diosa Isis alimentando a Horus eran un «boceto» de las imágenes de María y Jesús. Pues bien, en lo que se refiere a madres e hijos, existen, obviamente, unas cuantas escenas clásicas comunes a cualquier iconografía, como en este caso. Sin embargo, Brown establece una conexión causal: El culto a María es una imitación del culto a Isis. No: en el mundo romano, Isis estaba fuertemente asociada a la promiscuidad y la «milagrosa» concepción a la que alude el personaje de Teabing en la novela tuvo lugar bien por la reconstrucción de las partes del cuerpo de su marido muerto, bien por arte de magia. Ambas tienen muy poco en común.

La experiencia de los cristianos a lo largo de la historia ha consistido en que, aunque María no es Dios, porque es la Madre de Dios, a través de su papel en la salvación –al decir «sí» a Dios, su fiat–, su vida nos revela la fidelidad de Dios, su compasión y, sí, la magnitud de su amor, como se manifiesta a través del amor de una madre.

La figura de María, la Madre de Jesús, no es monolítica, está llena de facetas. Algunos cristianos se sienten incómodos por el culto a María, pensando que interfiere en el campo de la devoción y de las manifestaciones que deben reservarse únicamente a Dios. Este, por cierto, es el argumento que necesitamos contra las afirmaciones de Brown sobre la tradición cristiana.

No importa lo que pienses sobre María o sobre la devoción a ella: la única cosa en la que coincide cualquiera que tenga ojos para ver, es en que, durante cientos de años, ha desempeñado un papel vital, casi central, en el pensamiento cristiano, en la oración y en la piedad.

En este sentido, Brown se equivoca de nuevo. El cristianismo no ha reprimido la atención a lo «sagrado femenino». En María, la cristiandad católica y ortodoxa lo ha celebrado y alimentado. Además, ignorar eso es ignorar la verdad. Si la verdad interesa, esta es la verdad.


Capítulo 7: ¿Dioses robados? El cristianismo y las religiones mistéricas
Esto tienes que haberlo oído antes: Los temas cristianos de un dios muerto y resucitado, de la
iniciación por el agua y el alimento sagrado no son exclusivos. Pueden encontrarse mitos similares por todo el Mediterráneo en ese periodo. Por lo tanto, se llega a la conclusión de que los cristianos copiaron de lo que ya había en el ambiente la Resurrección del Hijo de Dios, su Bautismo y su Eucaristía, transformando lo que no era más que un sistema filosófico en una nueva y atrayente religión.

Esto puede arrojarte a los leones. En cualquier caso, los autores de esta superchería siempre olvidan la última parte.

Brown nos ofrece una versión de esta teoría en El Código Da Vinci. Es corta, enrevesada y no se remite a las pruebas, pero puede confundirte si la tomas literalmente. Algo que, por cierto, no debes hacer.

La evidencia

En El Código Da Vinci, nuestro personaje erudito particular, Teabing, afirma que la doctrina sacramental, las prácticas rituales y el simbolismo cristiano que conocemos son el resultado de la «transformación mágica» o adaptación de los símbolos y ritos paganos por parte de los cristianos para su propio uso.

El primer problema que surge ante la teoría de Brown se debe a que lo mezcla todo con Constantino (por supuesto): imágenes de «los discos solares egipcios» que se convierten en las aureolas de los santos católicos, Isis amamantando a Horus, en las imágenes de María amamantando a Jesús, y el Acto de «comer a Dios», en la comunión.

Pues bien: Constantino no hizo nada de esto. De acuerdo: el trato de Constantino hacia cristianos y paganos durante su reinado fue incoherente según unos y flexible según otros. Por ejemplo, el Dios Sol ocupaba un lugar prominente en la acuñación de moneda incluso cuando Constantino gastaba dinero a raudales en la construcción de templos católicos. Pero lo que definitivamente no hizo, aunque lo diga Brown, fue incorporar símbolos paganos, fechas y ritos, a la creciente tradición cristiana».

Pero la cuestión sigue en pie: aunque Constan tino no lo hizo, muchos sitios de Internet y también algunos libros sobre el tema podrían hacerte creer que existe una relación entre las creencias y las prácticas cristianas, y las «religiones mistéricas» que aparecieron en el Oriente Próximo durante los cuatro primeros siglos después de Cristo. ¿Habrá nacido de un plagio el cristianismo?

Misterios sobre misterios

Esas religiones mistéricas –de las que parece ser que se apropiaron los cristianos para sus creencias y sus prácticas, y que formaban un grupo que surgió por casi todo el antiguo Oriente Próximo– veneraban a unos dioses distintos entre sí, aunque compartían ciertos
rasgos.

No eran deidades del culto oficial, que exigía un cumplimiento público de los deberes religiosos con objeto de obtener el favor divino. De hecho, son numerosos los expertos que mantienen que esos cultos mistéricos surgieron porque la religión protegida oficialmente no llegaba a colmar sus auténticas necesidades espirituales.

Las religiones mistéricas hacían hincapié en la salvación individual, en la iluminación y en la vida eterna por medio de una unión con la deidad a través de unas prácticas secretas de culto. A pesar de ser diferentes, la mayoría de las religiones mistéricas tendían a concentrarse en la unión del aspirante con lo divino a través de una reconstrucción de sucesos místicos que solían implicar a una deidad muerta y resucitada.

Antes de entrar en materia es preciso hacer dos puntualizaciones históricas. El personaje de Teabing dice en la novela que los cristianos adoptaron «directamente» los altares de las religiones mistéricas. Lo cierto es que todas las religiones antiguas usaron para los sacrificios altares hechos de rocas apiladas, de madera o de piedra. La fe cristiana explica que uno de los dos aspectos de la Eucaristía es el memorial y actualización del sacrificio de Cristo. En el Nuevo Testamento aparecen referencias a los altares.

En primer lugar, independientemente de lo que pienses sobre las raíces cristianas, en lo primero sobre lo que debes reflexionar no es en las antiguas religiones paganas, sino en el judaísmo. Jesús era judío, y la gran mayoría de sus seguidores después de su muerte y su resurrección fueron judíos. Los fundamentos de la fe cristiana en Jesús e incluso, la piedad fueron establecidos en aquellas dos primeras décadas, como lo confirman las cartas de Pablo escritas entre los años 50-60 d.C..

Entonces, ¿no te sorprende el intento de relacionar el bautismo cristiano con las inmersiones rituales de las religiones mistéricas? Recuerda que el rito de la purificación por agua para judíos y conversos se practicaba en tiempos de Jesús. Recuerda que lo hacía Juan Bautista, que no era un seguidor de Mitra. Y bautizaba.

¿Y lo que se refiere a la Eucaristía? Teabing en la novela la llama «comer a Dios» y de nuevo sugiere que es una copia de los ritos mistéricos de antiguas tradiciones paganas. En este caso, ignora completamente el hecho que recordaban los primeros cristianos: que la Última Cena fue la cena de la Pascua (según los Sinópticos; Juan la sitúa el día anterior). Sus celebraciones eucarísticas representaban la Última Cena, un acto que fue descrito con términos judíos: nueva alianza, sacrificio, etc.

Segunda puntualización que es preciso recordar: la mayoría de las pruebas que tenemos sobre las prácticas de las religiones mistéricas datan del siglo III al V, y lo que es más importante, no se ha encontrado prueba arqueológica alguna que indique la existencia de cultos mistéricos durante el siglo I en Palestina, lugar de nacimiento del cristianismo.

Así que, si te enfrentas con esas afirmaciones, cambia la dirección. ¿Alguien te dice que el cristianismo adaptó las comidas paganas comunes a la Eucaristía? ¿De veras? ¿Dónde está la prueba de la causa y el efecto? No aceptes otro material ni más textos que los que coincidan
exactamente y de primera mano con la época y las limitaciones geográficas. Ya quisieran haber encontrado algunos.

El Dios-Sol

Brown implica al emperador Constantino en ese proceso de «transformación mágica» cuando dice que, al divinizar a Jesús, Constantino se limitó a convertir el culto al Sol en el culto al Hijo, y ahí lo tienes: un Hijo de Dios al que previamente tenías por un simple «maestro mortal».

Como hemos visto, el emperador Constantino no inventó la idea de la divinidad de Jesús. Los cristianos le definieron y dieron culto como a Dios desde el siglo I .No obstante, es cierto que, en distintos momentos del reinado de Constantino, las celebraciones religiosas oficiales honraban lo mismo al dios Sol que al Hijo de Dios cristiano.

En el 274 d.C., el emperador Aureliano había elevado a nuevas alturas el culto al dios Sol, aclamando a la deidad como «Señor del Imperio Romano» y construyendo en Roma un enorme templo en su honor (ver W. H. C. Frend, The Rise of Christianity, p. 440). El culto a esta deidad se prolongó durante unas pocas décadas, y los cristianos fueron perseguidos, a veces duramente, hasta que Constantino asentó su poder en la mitad occidental de su Imperio en el año 312.

A su guiso lleno de digresiones mitológicas, Brown añade también una deidad pagana mezclándola con el dios Sol. Teabing introduce al dios pagano Mitras como modelo de la fe cristiana en Jesús, afirmando que ostentaba un título semejante y que «fue enterrado en una tumba excavada en la roca y resucitó al tercer día».

Mitras fue un dios de formas muy variadas. Durante siglos después de Cristo, su culto fue principalmente el de una religión mistérica, muy popular entre los hombres, especialmente los soldados. Al contrario de lo que asegura Brown, en las investigaciones sobre Mitras no aparecen advocaciones atribuidas a él como la de «Hijo de Dios» o «Luz del Mundo».

Tampoco se menciona una muerte y una resurrección en la mitología mitraica. Parece ser que Brown ha obtenido esta información de un desacreditado historiador del siglo XIX, que no proporciona documentación sobre su aserto. Y el mismo historiador es la fuente, a la que alude Brown, de la conexión con Krishna. En la actual mitología hindú de Krishna no aparecen datos sobre el oro, el incienso o la mirra en el momento de su nacimiento.

Constantino, como todas las personas de su tiempo, atribuía su éxito a los poderes divinos. Sencillamente, no está claro que, durante la mayor parte de su reinado, distinguiera entre el dios Sol y el Único Dios del cristianismo. Corno apunta el historiador W. H. C. Frend, a lo largo del reinado en el que Constantino fue asentando sus normas y estabilizando el Imperio, «... no abandonó su lealtad al dios Sol, aunque se consideraba un servidor del Dios cristiano».

Sin embargo, parece ser que, al acercarse el final de su vida, Constantino hizo su elección y recibió el bautismo (no bajo presión, como afirma Brown) antes de morir en el 337 d.C. Era frecuente que los aspirantes al cristianismo esperaran hasta el momento de su muerte para
bautizarse, especialmente los que se encontraban en situaciones que implicaran la comisión de un pecado, corno el de quitar la vida a otros.

Los pecados cometidos después del bautismo se examinaban estrictamente durante aquel tiempo, y la penitencia para los graves significaba la amenaza de excomunión de la comunidad cristiana.

Brown repite dos afirmaciones concretas relacionadas con el cristianismo y el dios Sol. En primer lugar, asegura que la elección del 25 de diciembre como fecha de la Navidad tenía como objeto sustituir la celebración pagana del nacimiento del dios Sol, una fiesta instituida por Aureliano.

La mitra es una pieza con la que se cubren los obispos la cabeza en la Iglesia occidental. El personaje de Teabing dice en la novela que es una adaptación de las religiones mistéricas, pero la mitra no se empezó a emplear hasta el siglo XI. En Oriente, la zona más cercana a los cultos mistéricos, los obispos usan corona.

No existen pruebas de una relación concreta entre ambas fechas, especialmente porque no hay documentación que indique que Constantino patrocinara la celebración del nacimiento de Jesús el 25 de diciembre.

Encontramos la primera mención de esa fiesta en Constantinopla en el 379 o 380 d.C., festividad que se extendió gradualmente por toda la Iglesia oriental. Además, otra prueba sugiere –como lo hace el historiador William Tighe– que la elección del 25 de diciembre como fecha del nacimiento de Cristo dependió realmente de otros factores inherentes al cristianismo: Aproximadamente en el siglo II, los cristianos occidentales habían fijado el 25 de marzo como fecha de la crucifixión de Jesús, apoyándose en una antigua tradición judía, según la cual, los grandes profetas morían el mismo día en que habían nacido o habían sido concebidos. Y así, el 25 de marzo se fijó en Occidente como el día en que Jesús fue concebido por el Espíritu Santo en el vientre de María (hoy se celebra como fiesta de la Anunciación). Y contando nueve meses a partir de esa fecha, llegamos al 25 de diciembre.

No tenemos la seguridad, pero lo cierto es que no hay evidencias que relacionen directamente la fiesta de Aureliano con la Navidad, que se celebró por primera vez un siglo después, cuando el cristianismo se había convertido en la religión oficial del Imperio Romano.

¿Hablamos ahora del domingo? A través del personaje de Teabing, Brown afirma alegremente que Constan tino trasladó simplemente el sábado, día de descanso y de culto, al Día del Sol (el domingo). Esto es absurdo. Tenemos la completa seguridad de que el domingo fue un día especial para los cristianos desde el siglo I, aunque, por supuesto, no lo nombraban así. El Apocalipsis, escrito a finales del siglo I, le llama el «Día del Señor» (1, 10). Y por todas partes se le ha llamado el «Día Primero» y también el «Octavo Día», término que se refiere a un octavo día de la acción creadora de Dios.

A mediados del siglo II, la práctica de las reuniones eucarísticas en el domingo ya estaba firmemente establecida, y ya aparece en los Hechos de los Apóstoles (ver 20, 7). El mártir Justino, que escribe desde Roma en esa época, describe detalladamente las asambleas eucarísticas semanales celebradas en ese día.

Como se ve, Constantino no trasladó el culto cristiano del sábado al domingo. Los cristianos habían estado celebrando la Eucaristía en domingo durante siglos. Lo que hizo fue establecer la semana de siete días, ya conocida y practicada en otros lugares, como base del calendario, y luego fijó el domingo como día de descanso para todo el Imperio.

Previamente, el tiempo se había marcado de manera oficial en el Imperio utilizando tres días importantes al mes como puntos de referencia: las calendas (el primero), las nonas (el séptimo) y, por supuesto, los idus (el decimoquinto). Hasta aquel momento, los judíos y algunos paganos que honraban a Saturno habían fijado el sábado como día de descanso, pero Constantino institucionalizó el domingo con objeto de crear el calendario oficial romano. En cierto sentido, el hecho agradó a los cristianos, pero seguramente verían mitigada su alegría ante el nombre que Constantino dio a aquel día: dies Solis.

Las aureolas se emplearon en el arte antiguo para distinguir a los dioses y también a los emperadores. En el arte cristiano aparecen en los siglos III y IV, al principio solamente en tomo a la figura de Cristo, una selección simbólica que indicaba la asociación de Cristo con la luz. Es un símbolo, como la corona, pero no pertenece necesariamente a ninguna creencia en particular.

Ciertamente, vemos que el emperador Constantino, en su afán por unificar el Imperio y asentar su poderío, parecía caminar entre dos aguas en el terreno religioso. Empleaba los símbolos cuando le eran útiles y convenían a su estrategia, por lo menos durante aproximadamente la primera década de su reinado, después de la cual recorrió un camino algo más directo hacia el cristianismo. Sin embargo, sí sabemos que lo que dice Brown no es cierto. Constantino no instituyó la Navidad el 25 de diciembre, y no trasladó del
sábado al domingo el día de culto de los cristianos.

El tema fundamental

Brown pretende hacemos creer que la validez de las doctrinas religiosas, creencias y símbolos dependen, desde el principio hasta el fin, de la plena independencia de otras doctrinas religiosas, creencias y símbolos. Sencillamente, así no es como funcionan las doctrinas religiosas humanas. Existen determinados aspectos de la vida que todos compartimos, y eso parece tener una intrínseca capacidad para suscitar lo trascendente.

En el nacimiento y en la muerte nos encontramos con el misterio y el milagro de la existencia y con la esperanza en algo más. En el agua y el óleo encontramos la limpieza, y ello nos lleva a pensar en nuestra propia necesidad de purificación. Al compartir la comida, encontramos alimento y comunidad cristiana.

Hay muchas palabras, muchas «cosas» en la vida humana que nos tienen que ayudar a simbolizar y a hacer presentes las verdades que nos han sido reveladas. El hecho de que en otras religiones haya ceremonias de purificación por agua y comidas rituales no afecta a la realidad de la validez de la piedad cristiana. No hay pruebas que indiquen, como dice Brown, una adaptación directa de los fundamentos de la fe y la piedad cristiana a partir de las religiones mistéricas. Las raíces del cristianismo están en el judaísmo. Los seres humanos abrazan y viven el cristianismo en medio de la cultura y la sociedad humanas, y la manifestación de su fe ha de ser activa, adoptando el simbolismo que hace sus creencias más comprensibles. Este dinamismo realza y profundiza nuestros conocimientos y experiencia de la fe.

Es exactamente una cuestión de sentido común. Este es el modo en que funciona el mundo y, como creen los cristianos, el modo en que Dios actúa en él.


Capítulo 8: ¿Seguro que ha entendido correctamente a Leonardo?
No. realmente no. Si quieres saber cómo se equivoca Brown sobre Leonardo da Vinci, solo necesitas pensar en algo tan sencillo como el nombre del artista.

Empezando por el título y continuando por la novela, Brown y todos sus eruditos personajes se refieren al artista simplemente como «Da Vinci», como si fuera su nombre.

Pues bien, ¿sabes una cosa? Ese no es su nombre. Ninguna literatura histórica o libro de referencia le nombra de ese modo. Su nombre era «Leonardo». Hijo ilegítimo de un tal Piero da Vinci, nació en la ciudad de Vinci, cerca de Florencia. De modo que, obviamente, «Da Vinci» significa «que procede de la ciudad de Vinci». Alguien que afirma ser un experto en arte y que se refiere continuamente a él como «Da Vinci» es tan creíble como un supuesto experto en religión que llamara a Jesús continuamente como «de Nazaret».

Busca un libro de historia y leerás cosas sobre Leonardo, no «Da Vinci». Ve a la biblioteca y pide una biografía del artista. No la encontrarás en la «D» ni en la «V». La encontrarás en la «L» de Leonardo, porque ese es su nombre.

Quizá estemos de acuerdo en esto: un autor que ni siquiera puede dar el nombre del personaje histórico central de su libro, no merecería que confiáramos en sus conocimientos de historia. Ciertamente, puede entretenernos de otro modo, pero, por favor, que no pretenda que El Código Da Vinci nos informe sobre historia, religión o incluso arte.

¿Quién fue Leonardo?

Leonardo es, seguramente, una de las figuras intelectuales más intrigantes de la historia occidental. El conjunto de su trabajo y sus ideas podrían proporcionar tema para muchas novelas, pero el auténtico Leonardo, tal y como lo conocemos, muestra muy poco parecido con el que Brown nos presenta.

Afirma que Leonardo era «abiertamente homosexual y adorador del orden divino de la naturaleza, cosas ambas que le convertían en pecador a los ojos de la Iglesia». Según Brown, Leonardo tuvo una «ingente obra artística de pasmoso arte cristiano»: «cientos de encargos lucrativos del Vaticano, aunque en constante conflicto con la Iglesia».

En realidad, el único conflicto constante de Leonardo con «la Iglesia» se debía a su tendencia a abandonar, sin concluirlo, el trabajo que tenía contratado. Pero ese es otro tema.

La imagen general que obtenemos del artista en El Código Da Vinci es la de un genio desafiante, obsesionado por su rechazo al cristianismo y vertiendo ese rechazo en la enorme producción de su obra. (¡Ah!, y también la de un gran maestre del Priorato de Sión, una organización que, como veremos en el próximo capítulo, probablemente no existió nunca, sobre todo, en la forma y modo que indica Brown).

Esa imagen no capta la realidad de lo que fue Leonardo, especialmente, en el contexto de su tiempo. Tomemos, en primer lugar, el material de prensa amarilla. ¿Fue Leonardo «abiertamente homosexual»? No existen pruebas de que lo fuera. En 1476, fue acusado de sodomía, junto a otros tres, con un joven prostituto florentino. Los cargos fueron desestimados. Esta es la única mención a su posible actividad homosexual –o a cualquier otra actividad sexual– relacionada con Leonardo, según las primeras fuentes que relatan su vida, incluido el voluminoso volumen de sus cuadernos. En su biografía de Leonardo, Leonardo da Vinci, Sherwin B.

Nuland escribe: «Ese episodio es el único indicio de la actividad sexual de Leonardo, y los más concienzudos estudiosos de su vida afirman que nunca tuvo lugar». Por lo tanto, como dice el historiador Bruce Boucher, en su artículo de The New York Times del año 2003, «a pesar de la acusación de sodomía contra él cuando era joven, las pruebas de su orientación sexual continúan siendo fragmentarias y no definitivas».

Hablemos ahora de la ingente producción de pasmoso arte cristiano. Quizá Brown está al tanto de alguna información secreta, porque lo que ha sobrevivido, incluidos unos bocetos preliminares, refleja, todo lo más, una docena de pinturas de tema cristiano. Ciertamente no eran los «cientos de encargos lucrativos del Vaticano». Cerca del final de su vida, Leonardo trabajó bajo el mecenazgo de un único Papa, León X, aunque pasaba parte de su tiempo ocupado en experimentos científicos.

Ciertamente, cuando observamos la obra de Leonardo en términos de cantidad, no es la pintura lo que destaca: destacan los cientos de dibujos, los esquemas de ingeniería y arquitectura, los experimentos científicos y los inventos. Es ridícula la caracterización de Leonardo como la de un personaje dedicado a crear cuadros de temas cristianos con mensajes anticristianos ocultos, sobre todo, porque los cuadros de tema cristiano ni siquiera parecen ser el centro de atención de su trabajo.

¿Fue Leonardo un hereje?

En El Código Da Vinci se nos muestra a Leonardo como una especie de radical en el terreno espiritual que se burlaba maliciosamente de la tradición cristiana por medio de un empleo subversivo de los símbolos en su arte. Antes de sentimos intrigados y sorprendidos por esta aseveración, veamos en perspectiva las creencias espirituales de Leonardo.

En la época del Renacimiento, Leonardo da Vinci vivió en Italia y (durante corto tiempo) en Francia. «Renacimiento» significa «un nuevo nacimiento» y no se refiere al renacimiento de la cultura en general, sino al renacimiento de la cultura clásica: filosofía, literatura, arte y una
sensibilidad general respecto a las antiguas Grecia y Roma. Uno de los frutos de las Cruzadas –las continuas guerras entre los cristianos occidentales y los musulmanes– fue el redescubrimiento de aquellas obras: manuscritos y obras de arte que se conservaban en Oriente y que los cruzados llevaron a Occidente como botín.

Leonardo vivió en una época de actividad brillante y tumultuosa, centrada en el mundo de naturaleza y en la vida de los seres humanos en él, y enriquecida por el encuentro con las culturas griega y romana. Sin embargo, no podemos afirmar que esta actividad estaba directamente enfrentada con la Iglesia católica. No lo estaba. La Iglesia ocupaba todavía el primer lugar en el terreno intelectual de aquel tiempo: patrocinaba todas las universidades, y muchos de los investigadores de la cultura clásica en el contexto de su tiempo fueron clérigos: sacerdotes, monjes e incluso, obispos.

Leonardo nació y vivió en medio de una cultura integrada en un cristianismo católico, pero, como se deduce de sus cuadernos, no era en modo alguno un creyente en las prácticas tradicionales del catolicismo. No obstante, escribe sobre Dios y también sobre Cristo. En su biografía sobre Leonardo (Leonardo: The Artist and the Man) Serge Bramly escribe: «Creía en Dios... aunque quizá no en un Dios muy cristiano... Descubría a Dios en la belleza milagrosa de la luz, en el armonioso movimiento de los planetas, en la intrincada disposición de los músculos y los nervios en el interior del cuerpo, y en la indescriptible obra maestra del alma humana. Leonardo no era un católico practicante. O más bien, practicaba a su modo. Su arte sigue siendo esencialmente religioso hasta la médula. Incluso en sus trabajos profanos [no religiosos], Leonardo alababa la sublime obra creadora del Altísimo, que pretendía captar y reflejar».

Sin embargo, Leonardo fue un furioso anticlerical. Criticó la riqueza de algunos clérigos, la explotación del temor y la credulidad de los creyentes, así como la venta de indulgencias y la rebuscada devoción a los santos.

Por el hecho de vivir antes de que estallara la Reforma en Europa (Martín Lutero clavó sus 95 Tesis en la puerta de la iglesia de Wittenberg en 1517, dos años antes de la muerte del artista), Leonardo manifestaba unas opiniones que estaban muy extendidas, especialmente en los círculos intelectuales, aunque también entre muchos católicos observantes y piadosos, disgustados por los excesos que observaban en las vidas de los líderes de la Iglesia.

Por lo tanto, Leonardo, aunque notable y único en su genio, no era realmente un radical en sus creencias espirituales, como a Brown le gustaría que pensaras. De algún modo, era, sobre todo, un hombre de su tiempo: abierto a la exploración del mundo en la medida de sus
posibilidades, que empleó sus experiencias sobre el mundo y la humanidad como principio y punto de referencia para sus investigaciones; un creyente en Dios y, según parece, en Cristo, pero un profundo anticlerical que desdeñaba los excesos en la piedad y en las manifestaciones religiosas. Ahora, vayamos a sus cuadros.

La Virgen de las Rocas

Según El Código Da Vinci, las dos versiones de La Virgen de las Rocas, una en el Louvre y otra en la Nacional Gallery de Londres, pretenden contar la historia de un Leonardo tratando de comunicar unos secretos anticristianos. Pues bien, un sencillo examen del cuadro en cuestión muestra lo desatinado de la argumentación de Brown.

Leonardo había recibido el encargo de pintar ese cuadro como parte de un retablo para la capilla de un grupo llamado la Cofradía de la Inmaculada Concepción de María. Brown afirma que se trataba de un grupo de monjas. No. Una «cofradía», especialmente en aquella época, era un grupo de hombres que se organizaban con un propósito, en este caso, promover la creencia en la Inmaculada Concepción de María (la doctrina de que Dios preservó a María del pecado original desde el comienzo de su vida). Las monjas eran mujeres, no eran hombres.

La cofradía explicó detalladamente al artista sus deseos: María en el centro, vestida en tonos dorados, azules y verdes, acompañada de dos profetas, Dios Padre en lo alto y el Niño en una plataforma dorada. El encargo se hizo en 1483, pero, a lo largo de los veinticinco años
siguientes, Leonardo y la cofradía entablaron una prolongada batalla a causa del cuadro.

Parece ser que la batalla no tuvo nada que ver con los detalles que menciona Brown, aunque el estilo naturalista de Leonardo no iba a incorporar las aspectos requeridos por la fraternidad. No; parece que el conflicto se debiera al pago, aunque los detalles continúan siendo desconocidos: Leonardo pedía dinero continuamente y la cofradía se negaba a dárselo.

¿Por qué hay dos versiones de la obra? Se supone que en cierto momento el cuadro fue regalado. Hay quien dice que Ludovico Sforza, gobernante de Milán, lo entregó al rey francés o al emperador alemán: esta es la versión que hay en el Louvre. La segunda, que está en Londres, fue sacada directamente de la capilla (que ya no existe).

Veamos ahora las sorprendentes afirmaciones de Brown sobre esta pintura. Asegura que, en ella, Juan Bautista está bendiciendo a Jesús, todo lo contrario de lo que cabía esperar.

Bien, la verdad es esta: en ambas versiones, Jesús es quien bendice a Juan Bautista. La argucia de Brown consiste en decir que, en el cuadro, Jesús está junto a María, que le rodea con su brazo. Y no es así. No hay experto en arte que no opine que ese bebé que aparece arrodillado a su lado, con las manos juntas, sea Juan Bautista. Es una disposición desacostumbrada, pero se ve con mayor claridad en la versión de Londres, donde Juan viste una pequeña piel de animal y sujeta la vara que la iconografía siempre ha asociado con él. Juan es el bendecido. ¿Y qué sucede con el resto del cuadro del Louvre? La mano de María, cerniéndose sobre Jesús, resulta realmente algo misteriosa, pero parece indicar un sentido de protección. La mano del ángel no amenaza: señala a Juan Bautista como el profeta al que hemos de escuchar.

Es una pintura poco corriente, especialmente por el encargo. Ciertamente, su relación con la Inmaculada Concepción tuvo que resultar bastante oscura para los clientes. Sin embargo, Bramly afirma que es posible establecer una relación concreta: «Leonardo parece decir: la lnmaculada Concepción está pavimentando el camino para la agonía de la cruz...».

Así pues, Brown adopta la personalidad de cliente de Leonardo, confunde las principales figuras del cuadro, malinterpreta la naturaleza del conflicto y malinterpreta la pintura.

La Adoración de los Magos

En este momento, Langdon, nuestro protagonista de la novela, intenta explicar los discutidos mensajes misteriosos de la obra de Leonardo aludiendo a La Adoración de los Magos de la Galería Uffizi en Florencia. Cita un artículo del New York Times Magazine (una auténtica
referencia del 21 de abril del 2001, fecha de la publicación) que destaca el trabajo de Mauricio Seracini, un crítico de arte que supuestamente descubrió unos tremendos secretos ocultos en ese trabajo.

La Adoración de los Magos es un boceto para una pintura encargada por un monasterio de Florencia. Parece ser que Leonardo realizó el trabajo antes de marcharse a Milán. Según Seracini, una capa de pintura ocultaba el dibujo original de Leonardo y, según dice Brown, hubo un auténtico conflicto sobre la eliminación de dicha capa de pintura.

Sin embargo, está absolutamente confundido sobre el motivo. No se trata de que el cuadro revele algo, pues los dirigentes de los museos de la ampliamente secularizada Italia no sienten temor por los sentimientos antirreligiosos o heréticos en el arte. No: la controversia surge a causa de una división fundamental en el mundo del arte entre los que se dedican a devolver a la obra artística a su estado original y los que se oponen a ello.

En el caso que nos ocupa, una vez que se anunciaron los planes para la restauración –la eliminación de la capa de pintura–, varias personas del mundo artístico organizaron un grupo llamado Art Watch lmernational que elevó grandes protestas. Decían que la obra era demasiado frágil para tal restauración, que no había pruebas de que el mismo Leonardo no la hubiera cubierto con la capa de pintura, y que no era un intento por aplicar el color, sino una capa preparatoria para poder seguir pintando encima. y discutían la afirmación (que también hace Brown en la novela) de que esa capa preparatoria no procedía de la mano de Leonardo.

En resumen, Art Watch lnternational aseguraba que la reparación podría dañar la obra a distintos niveles. Vencieron, y los planes para la restauración quedaron detenidos en el 2002, pero no por las razones que alega Brown (para más información, ver http://www.artwatchintemational.org/).

La Mona Lisa

En El Código Da Vinci, el personaje de Langdon recuerda una conferencia que dio a los presos, en la que explicó la Mona Lisa en términos de androginia, y que el cuadro, según los análisis realizados por ordenador, muestra unos puntos de semejanza con los autorretratos de Leonardo, con el decidido propósito de crear el retrato andrógino de un hombre-mujer que reflejara su ideal del equilibrio entre lo masculino y lo femenino. Incluso el nombre «Mona Lisa» es un anagrama de los nombres de las deidades egipcias de la fertilidad: Amón (varón) e Isis (mujer).

Aquí hemos de hacer algunas puntualizaciones: La identidad del personaje de Mona Lisa, también llamada «La Gioconda», pintada entre 1503 y 1505, es realmente un misterio. Hay
docenas de teorías, ninguna de ellas demostrable: una, de hecho la más antigua, es la de que se trata del retrato de una mujer real, Monna Lisa, la esposa de un ciudadano florentino llamado Francesco del Giocondo.

Según el crítico de arte del New York Times, Bruce Boucher, «no existen imágenes definitivamente documentadas de Leonardo» con las que se pudiera comparar ese retrato, y Bramly califica de descabellada la teoría del autorretrato.

Arnón (o Arnmon o Arnun) era un dios del sol egipcio que, a pesar de ciertas impresionantes proporciones fálicas, no estaba especialmente asociado a la fertilidad. Si lo estaba con alguna deidad femenina, era con Muth y no con Isis. Además, cualquier relación entre nombres de dioses egipcios y Leonardo y su pintura puede ser inmediata y fácilmente descartada gracias
al siguiente dato: Leonardo no ponía nombre a sus cuadros, incluso no los menciona en cualquiera de sus cuadernos, aunque no cabe duda de que son obra suya. Aproximadamente tres décadas después de la muerte de Leonardo, Giorgio Visari, su primer biógrafo, identificó el trabajo como Mona Lisa.

Esta es la única referencia que encontramos para autentificar el retrato como el de Mona Lisa, aunque Leonardo no lo menciona en ninguna parte. Por lo tanto, ¿cómo podía haber comunicado alguna cosa a través del título del cuadro cuando, aparentemente, no tenía nada que ver con aquel nombre?

La Última Cena

Por fin llegamos al núcleo del tema: es La Última Cena, llena de códigos que apuntan a un Jesús casado con María Magdalena y a un enfurecido Pedro.

Brown afirma que Leonardo comunica en este cuadro su convicción de que Jesús y María Magdalena estaban casados, que ella iba a ser la jefa de su Iglesia. que Pedro no lo aprobaba, y que ella era el auténtico Santo Grial.

¿En qué se basa? Nos lo explica: porque el personaje que se ha considerado como el de Juan es en realidad María Magdalena; por la postura de Jesús y de María formando una «M»; por una mano sin cuerpo, supuestamente la de Pedro, que esgrime un cuchillo; y porque allí no hay cáliz: así que el cáliz tiene que ser María.

Primero, vayamos a los antecedentes. Leonardo pintó La Última Cena en la pared del refectorio de un convento en Milán. Y no es un fresco como dice Brown. Un fresco es una pintura realizada con pigmentos disueltos en agua sobre un enlucido de cal húmeda que, cuando retiene la pintura y se seca, produce fuertes colores y un efecto duradero. Leonardo trabajaba con demasiada lentitud como para emplear el fresco y trataba de hacer algo diferente. así que puso una delgada base sobre la pared de piedra y pintó sobre ella con témpera. Fue una desgraciada elección. porque, pocos años después de acabado el mural, la pintura empezó a perder color ya desconcharse.

Para comprender perfectamente esta pintura. es importante considerar que no se trata de una Última Cena. en general. Representa un momento específico basado en un pasaje determinado de la Escritura.

Cuando pensamos en la Última Cena, la asociamos inmediatamente con la institución de la Eucaristía. Brown juega con esta experiencia, indicando que en la pintura no hay cáliz ni el imprescindible pan. Dice que la ausencia de cáliz implica que María es el Santo Grial, y así
sucesivamente.

La cuestión es que el tema de esta pintura no representa el momento de la institución de la Eucaristía. En cambio, se refiere al momento en que Jesús anuncia que alguno de sus discípulos le va a traicionar, como está específicamente descrito en el Evangelio de Juan: «Dicho esto, Jesús se turbó en su espíritu, y declaró: 'Os lo aseguro: uno de vosotros me entregará'. Los discípulos se miraban unos a otros sin saber a quién se refería. Uno de sus discípulos, aquel al que Jesús amaba, estaba reclinado sobre el pecho de Jesús. Simón Pedro le hizo señas y le dijo que preguntara '¿De quién habla?'. Inclinándose sobre el pecho de Jesús, le preguntó: 'Señor, ¿quién es? Leonardo intentó que cada una de las figuras expresara su personal respuesta al anuncio de la traición. Es un momento intensamente dramático, con los apóstoles apartándose de Jesús, dejándole aislado en cierto modo, hablando entre ellos, preguntándose quién puede ser el traidor e incluyendo la imagen de Pedro dirigiéndose a Juan. Pero no trata el tema de la institución de la Eucaristía, porque el Evangelio de Juan, a diferencia de los Sinópticos, no contiene el relato directo del hecho y, por lo tanto, en esta especial representación el cáliz no es necesario.

¿Es realmente de María Magdalena la figura que todos creemos de Juan? No. En aquel tiempo, San Juan se representaba invariablemente como un hermoso joven. Nos puede parecer muy femenino pero, para la gente de aquella época, era claramente un hombre sentado junto a Jesús, como aparece siempre en las representaciones de esta escena.

¿Por qué no relata Juan la institución de la Eucaristía? La mayoría de los expertos creen que, en la época en que se escribió el Evangelio, a finales del siglo I los cristianos pensaban que solamente los plenamente iniciados debían conocer los detalles de los ritos más sagrados. Por ejemplo, este era el motivo de que los conversos no tuvieran acceso a la Palabra de Dios hasta un par de semanas después del bautismo, y ciertamente, no participaban en la liturgia completa hasta que estaban iniciados. Es de suponer que el Evangelio de Juan expresa esta práctica.

La crítica de arte Elizabeth Levy nos ayuda a comprender este tema con gran profundidad:
«Brown aprovecha el rostro de suaves rasgos y la figura de un Juan imberbe del cuadro de Leonardo para presentarnos su fantástica afirmación de que se trata de una mujer. Por otra parte, si realmente San Juan fuera María Magdalena, hemos de preguntamos por el apóstol que falta en aquel crítico momento. El problema real es el resultado de nuestra falta de familiaridad con los "tipos". En su Tratado de la Pintura, Leonardo explica que cada personaje debe ser pintado con arreglo a su edad y condición. Un hombre sabio tiene ciertas características, una anciana otras y los niños otras. Un tipo clásico, como en muchos cuadros del Renacimiento, es el "estudiante". El favorito, el protegido o el discípulo son siempre hombres muy jóvenes, totalmente afeitados y de cabello largo, con objeto de transmitir la idea de que aún no han madurado lo suficiente como para haber encontrado' su camino. A lo largo del Renacimiento, los artistas pintaron así a San Juan: es el estudiante ideal; es el "discípulo amado", el único que permanecerá al pie de la cruz. Y lo representaron siempre como un joven imberbe, sin la fisonomía dura y resuelta del hombre. La Última Cena de Ghirlandaio o de Andrea del Castagno nos muestran al mismo dulce y joven Juan» (de un artículo en http://www.zenit.org/).

Como escribe el 3 de agosto del 2003 en el New York Times el critico de arte Bruce Boucher, la mano misteriosa sin cuerpo que, según Brown, amenaza a María Magdalena tiene también una explicación: «... pero no es una mano sin cuerpo. El dibujo preliminar y las copias posteriores de La Última Cena demuestran que la mano y el cuchillo pertenecen a Pedro: una referencia al pasaje del Evangelio de San Juan en el que Pedro saca la espada en defensa de Jesús».

Sí; La Última Cena es un cuadro sugerente, rico en posibilidades para la meditación, por ejemplo, en nuestra propia actitud hacia Jesús cuando consideramos las distintas reacciones de los apóstoles. Pero no hay en él nada de lo que Brown sugiere. Sencillamente, las pruebas no están ahí.

Y no lo olvides: se trata de Leonardo.


Capítulo 9: El Grial, el Priorato y los Caballeros Templarios

La historia de la imagen del Santo Grial es ambigua y misteriosa, y conduce fácilmente al mito, la fantasía y lo novelesco. Ha desempeñado un importante papel en las leyendas (Rey Arturo), la poesía (The Idylls of the King, de Alfred Lord Tennyson) y, naturalmente. la ópera (Parsifal y Lohengrin, de Richard Wagner).

Desde esta perspectiva no podemos criticar a Brown por inspirarse en El enigma sagrado y La revelación de los Templarios y aprovecharlos para una novela. Puede resultar algo desagradable. pero el hecho de usar la imagen de ese modo es coherente con el empleo que hace de ella durante todo su relato.

No obstante, sigue siendo un tema de discusión. pues el propósito de El Código Da Vinci es el de cruzar la línea que divide la mera ficción y la posibilidad. En cada una de sus páginas presenta a sus lectores unas pruebas que parecen aceptables y les deja preguntándose si son veraces.

¿Existe alguna tradición fundamentada en el hecho de considerar a María Magdalena y a su vientre como el Santo Grial? ¿Es cierta la implicación de los Caballeros Templarios y del Priorato de Sión en todo ello? En una palabra: no.

El Santo Grial

La leyenda del Santo Grial es oscura, basada quizá en la bruma de las leyendas célticas sobre los recipientes de sangre que vivifican. El primero y más importante texto sobre el Grial es el poema medieval Perceval, de Christian de Troyes, que vivió en el siglo XII.

La descripción concreta del Grial varía de unas leyendas a otras: era una vasija maravillosamente cubierta de joyas, capaz de proporcionar unas cantidades ilimitadas de comida y bebida; era el plato en el que Jesús y sus apóstoles comieron el cordero pascual; era la copa que Jesús usó en la Última Cena, o el frasco en el que José de Arimatea guardó la sangre que manaba del cuerpo crucificado de Cristo.

En la leyenda, una mujer, cuya existencia ha dado pie a numerosas investigaciones, protegía el Grial. Las leyendas del Grial son una mezcla de folclore, novela y mitos religiosos. Aunque hay varias copas por todo el mundo consideradas como el Santo Grial, la copa de Jesús en la Última Cena, la Iglesia no ha incorporado formalmente el tema del Grial a su tradición.

El papel de la mujer como protectora del Santo Grial, así como los ejemplos en los que aparece grabada la imagen de un niño, remiten ciertamente a un simbolismo relacionado con la gestación y con el parto.

Sin embargo, no existe una tradición que relacione explícitamente el Grial con los símbolos de la «diosa desaparecida», con María Magdalena o con la descendencia de Jesús (como aseguran los autores de El enigma sagrado, y como afirma Brown). Y cuando la mayoría de los expertos conocedores de este simbolismo lo emplean en un contexto cristiano, lo relacionan con la Virgen María, hacia la que se acrecentó la devoción durante la Alta Edad Media.

¿Y qué decir del asombroso y apasionante momento de la novela, cuando Teabing divide la palabra francesa sangreal? Asegura que la etimología tradicional la divide en san Creal, pero ¡ah, no!, veamos lo que sucede si la partimos en Sang Real: ¡significa sangre Real! ¡La prueba!

Tengo ante mis ojos un artículo sobre el Santo Grial de la edición de 1914 de la Catholic Encyclopedia. Dice así: «La versión de «San Greal» como «sangre real» no se difundió hasta
el final de la Baja Edad Media». En el contexto de las historias tradicionales del Grial, «sangre real» es, por supuesto, la sangre de Cristo. Esa peculiar división de la palabra no fue una gran noticia al final de la Edad Media, ni en 1914, ni lo es ahora.

Los Caballeros Templarios y el Priorato de Sión

Las historias que nos cuenta Brown sobre los Caballeros Templarios y el Priorato de Sión se basan en el material –no es necesario repetirlo– de El enigma sagrado y La revelación de los Templarios. De hecho, la mayor parte de lo que dice carece de fundamento.

En primer lugar, es preciso saber que, en contra de las afirmaciones de Brown al comienzo de su libro, el Priorato de Sión no era la organización que él describe. Los documentos que cita, junto con la famosa lista de grandes maestres, que incluye a Víctor Hugo y, por supuesto, a Leonardo, son unas supercherías introducidas en la Biblioteca Nacional Francesa, posiblemente, a finales de 1950.

Esta es la historia en breves trazos: Existen pruebas evidentes de que el Priorato de Sión surgió en Francia a finales del siglo XIX. Se trataba de una organización derechista dedicada a luchar contra el gobierno establecido.

Este nombre aparece de nuevo antes de la Segunda Guerra Mundial gracias a los esfuerzos de un hombre llamado Pierre Plantard. Plantard era un «antisemita» que luchaba por «purificar y renovar» Francia. A mediados de 1950, Plantard comenzó a proclamar que era el heredero del trono francés por la línea merovingia. Creó una asociación llamada el Priorato de Sión, distribuyó por las bibliotecas y por los archivos franceses ciertos documentos falsos que acreditaban su antigüedad y propagó el mito de la «descendencia real de Jesús».

Y como concluye Laura Millar su artículo de The New York Times, del 22 de febrero del 2004:
«Por último, la veracidad de la historia del Priorato de Sión se reduce a un alijo de recortes y documentos sin firma que, hasta los autores de Holy Blood, Holy Grial (El enigma sagrado) insinúan que fueron introducidos en la Biblioteca Nacional por un hombre llamado Pierre
Plantard. A comienzos de 1970, uno de los colaboradores de Plantard confesó haberle ayudado a fabricar el material, incluidos los árboles genealógicos que acreditaba a Plantard como un descendiente de los merovingios (y, posiblemente, de Jesucristo), además de una larga lista de «grandes maestres» del anterior Priorato. Este claramente absurdo catálogo de célebres estrellas de la intelectualidad como Boticelli, Isaac Newton, Jean Cocteau y, naturalmente, Leonardo, es la misma lista que Brown pregona, junto con el supuesto pedigrí del Patronato, en la presentación de El Código Da Vinci bajo el encabezado de «Los hechos».

Por cierto, se demostró que Plantard era un empedernido granuja fichado por fraude y afiliación a grupos de ultra-derecha y de lucha antisemita. El auténtico Priorato de Sión era un grupo reducido e inofensivo de amigos con idénticas ideas creado en 1956.

«El fraude de Plantard fue desmantelado por una serie de libros franceses (todavía sin traducir) y un documental de la BBC de 1996, pero, curiosamente, esa serie de sorprendentes revelaciones no han resultado ser tan populares corno las fantasías de Holy Blood, Holy Grial (El enigma sagrado) y, en este caso, como El Código Da Vinci».

En El Código Da Vinci, la iglesia de Saint-Sulpice (edificada de 1646 a 1789) era el lugar en el que el Priorato de Sión ocultaba un secreto relacionado con el Grial. La mítica historia del inexistente Priorato saca a la luz esta relación que, en realidad, no existió. La «Línea Rosa» y el obelisco carecen de significado esotérico. La verdad es que un número sorprendente de templos europeos eran también observatorios astronómicos. Había un pequeño orificio en el techo o en un muro, y el movimiento del sol trazaba una línea sobre el suelo. Cuando el sol incidía en un punto determinado, el obelisco en este caso, había llegado el solsticio de invierno o de primavera.

Hablando claro: nunca ha existido un Priorato de Sión como un grupo dos veces milenario dedicado a proteger el Grial. Sin embargo, sí existieron los Templarios. fundados en Tierra
Santa después de la conquista de Jerusalén en el siglo XI. Los Caballeros, llamados también Caballeros Pobres de Cristo y del Templo de Salomón, eran una orden monástica de caballeros. Eran «monjes» en el sentido de que hacían votos –especialmente, el de proteger los Santos Lugares y el recorrido de los peregrinos– y vivían la obediencia a una regla que marcaba sus obligaciones religiosas (Misa y oración diarias, dirigidas por sacerdotes de la Orden) y las exigencias de su comportamiento: «Precisamente, algunas ordenanzas parecían tener el objeto de limitar los excesos del ideal caballeresco. Tenían que ser personas humildes, de recursos limitados... No podían participar en torneos ni en cacerías» (The Waniors of the Lord, de Michael Walsh).

El poder de los Caballeros Templarios se acrecentó a lo largo de los siglos XIII y XIV, así como el de otras Órdenes militares, incluida su principal rival, los Hospitalarios. Amasaron grandes riquezas y actuaron como casa de banca en París y en Londres.

¿Tuvieron los Templarios alguna relación con la leyenda del Grial? No hasta el siglo XIX, según parece, cuando aumentó el interés por las sociedades secretas, especialmente, por la masonería. En 1818, el alemán Joseph von Hammer-Purgstall publicó un libro, Mystery of Baphomet Revealed, en el que esboza una supuesta historia de Caballeros Templarios a los que describe como devotos de Mahoma y guardianes del Santo Grial. En esta versión no se trata del cáliz de la Última Cena, sino de una especie de conocimiento gnóstico, y en particular, «de una rama especial de gnósticos a los que maldijo Cristo». Es patente que las modernas especulaciones sobre los Templarios hunden sus raíces en este tipo de escritos.

Volvamos a la auténtica historia. Ciertamente, la Orden fue disuelta, pero Brown no da los detalles exactos.

En primer lugar, centra sus críticas en el Papa Clemente V, pero las pruebas demuestran claramente que fue el rey francés Felipe IV quien decidió suprimir a los Templarios a causa de su propia quiebra frente a las grandes riquezas de las que eran dueños. El 13 de octubre de 1307 dio el primer paso mandando arrestar a todos los Templarios de Francia, no de Europa como dice Brown, aunque es correcta la subsiguiente asociación de esta fecha, viernes 13, con la mala suerte.

La actuación de Felipe indignó al Papa, pues los Caballeros Templarios estaban bajo su protección, pero en noviembre, cediendo a las presiones, accedió a la campaña en todo el continente.

¿Inventaron y propagaron los Caballeros Templarios la arquitectura gótica como un medio de transmitir la importancia de la «divinidad femenina»? No existen datos que impliquen a los Caballeros Templarios en la arquitectura, excepto para la construcción de sus propias iglesias. El estilo gótico se desarrolló y perfeccionó, en primer lugar, en Francia desde el 1100 hasta el 1500, como una investigación del modo de construir los muros de las iglesias más altos y más resistentes, además de conseguir dejar pasar la mayor cantidad posible de luz. Las construcciones góticas están cargadas de simbolismo, pero no hay nociones de una imitación
explícita y deliberada de la anatomía femenina.

Cuando trata de los Templarios, Brown suele referirse al «Vaticano» como origen de las decisiones papales. Una vez más se equivoca de un modo que trasluce su desconocimiento fundamental de este período.

Durante aquellos años, el Papa Clemente V no vivía en el Vaticano, ni siquiera en Italia. Vivía en Avignon, Francia, como un virtual prisionero del rey Felipe IV, sometido a tremendas presiones por parte del monarca.

Los Templarios fueron definitivamente disueltos en 1312 por el Concilio de Viena que, aunque dudaba en hacerlo, tuvo que entrar en acción tras la aparición de Felipe IV ante las puertas de la ciudad. Según indica el escritor Michael Walsh, «la condena fue solamente provisional y no se aceptó la culpabilidad de los Templarios».

Irónicamente, las propiedades de los Templarios pasaron a manos de la otra importante Orden militar, los Hospitalarios. La brutal acción no llegó a favorecer al rey Felipe, que murió, como Clemente V, al año siguiente.

Así, en lo que se refiere a los Templarios, Brown exagera la antipatía de Clemente V hacia ese grupo, y se equivoca al no hacer recaer la vergüenza sobre la persona adecuada: el rey Felipe de Francia.

Por último, Brown comete un error aún más importante: afirma que el diseño circular de la iglesia del Temple en Londres es un diseño pagano, pues los Templarios decidieron «ignorar» la construcción tradicional de la Iglesia y, en cambio, honrar al sol. Eso es absolutamente imposible, teniendo en cuenta que los Caballeros Templarios eran, con la mayor evidencia, un grupo católico cuyos miembros hacían voto de defender la fe católica. Además, comete otro error, porque la forma circular de las iglesias del Temple imitaba, lógicamente, la de una iglesia de gran importancia para los Caballeros Templarios: la iglesia del Santo Sepulcro, construida en el lugar donde tradicionalmente se sitúa el sepulcro de Jesús, en Jerusalén. Y que, por cierto es redonda.

Conviene añadir que «el Vaticano» no fue la primera residencia papal durante aquella época, aunque Clemente V estuvo en ella. Desde el siglo IV hasta el XIV lo fue Letrán, que resultó destruida por el fuego en 1308, justo antes de la cautividad en Aviñón. En 1337, tras su regreso a Roma, el papado fijó su residencia en el Vaticano.


Capítulo 10: El código católico

Al terminar la lectura de El Código Da Vinci, te quedas con una imagen concreta, y no muy halagadora, de la Iglesia Católica Romana.

De vez en cuando, la novela trata de cubrirse las espaldas afirmando que la Iglesia Católica moderna no se implicaría en hechos tan viles, porque, ¡caramba!, ha hecho mucho bien, a pesar de que ha hecho mucho mal. Y, además, al final se demuestra que los malos chicos católicos no eran tan malos chicos después de todo (excepto por los asesinatos), sino víctimas de las estratagemas de Teabing, al que descubrimos como el misterioso «Maestro» que pone a todo el mundo contra las cuerdas.

Sin embargo, nada de todo ello puede rebajar el resultado global de la novela, en la que la Iglesia católica aparece como una institución monolítica y férreamente controlada, dedicada a propagar una ficción a un mundo que anhela ser libre.

Esta imagen de la Iglesia católica no está ausente en la cultura popular ni se limita a la historia reciente. No hay más que acudir a la rica propaganda anticatólica, gráfica y verbal, del siglo XIX en América. Las mismas cosas, solo que en un lenguaje más florido y con una dureza más descarada cuando se dirigen contra el odiado clero.

Esta es la imagen que recorre El Código Da Vinci, y más vívidamente en su descripción del Opus Dei.

El Opus Dei

Parece como si el Opus Dei hubiera sido elegido en estos días para desempeñar en la cultura contemporánea el papel que la Compañía de Jesús representó durante siglos: el de un grupo férreamente organizado, controlado directamente por el Vaticano, que se ha infiltrado en las
instituciones civiles con objeto de obtener poder y hacer... algo.

Los jesuitas, fundados por san Ignacio de Loyola en 1534 como una orden misionera y de enseñanza, se hicieron tan enormemente sospechosos que fueron expulsados de distintos países de Europa a finales del siglo XVIII, e incluso disueltos por el Papa en ciertas zonas desde 1773 a 1814.

Sus supuestos hechos tenebrosos fueron destacados en la literatura anticatólica por fuentes seculares y protestantes, e incluso hoy, el término «jesuítico» puede parecer peyorativo.
En ese sentido, el Opus Dei, cierta y desgraciadamente, ha reemplazado a la orden jesuita en sectores descreídos de la imaginación popular como un símbolo de secreteo y ocultación.

Ahora bien, ciertas personas manifiestan haber tenido una experiencia negativa con el Opus Dei. Hablan de sentirse manipuladas y excesivamente controladas desde el primer momento.

Para obtener un cuadro completo del Opus Dei quizá podría ser importante escuchar a esas personas y tomar en serio sus relatos. Pero lo sorprendente es que las únicas fuentes que Brown emplea para describir al Opus Dei en El Código Da Vinci procedan de declaraciones negativas y decepcionadas. Este es solamente un aspecto de la historia, un aspecto que podría ser importante, pero solamente uno.

En El Código Da Vinci, Brown ofrece algunos datos reales sobre el Opus Dei. Sí; tiene una amplia y relativamente nueva sede en la ciudad de Nueva York. Sí; sus miembros viven una vida de piedad tradicional. Sí; es una prelatura personal (enseguida lo explicaremos). Y sí; algunos miembros practican la mortificación corporal. Y eso es todo.

Antes de continuar, aclaremos un grave error. Silas, nuestro enorme albino asesino, aparece descrito como un «monje», y para demostrarlo viste hábito. En el Opus Dei no hay «monjes».

En primer lugar, no es una orden religiosa como los dominicos, benedictinos o los jesuitas. Cualquier monje que te encuentres por las calles de Roma pertenece a una orden religiosa y vive en monasterios o ermitas.

Un «monje» es un hombre que se retira de la sociedad con objeto de entregarse a Dios a través de la oración. Las mujeres que adoptan el tipo de vida monástica se llaman «monjas».

El Opus Dei es una prelatura personal compuesta por laicos y sacerdotes. En el Opus Dei hay muchos más miembros seculares que clérigos, de acuerdo con el designio divino de su fundación en 1928. Solamente quince años después, se creó la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, que permitió la ordenación de sacerdotes en el Opus Dei.

El fundador del Opus Dei fue Josemaría Escrivá de Balaguer, un sacerdote español. Fundó esta institución como medio de que los fieles vivieran su personal llamada a la santidad en medio del mundo, creciendo en amor a Dios y a los demás. El libro más conocido de Josemaría Escrivá, en el que se pueden encontrar algunos aspectos del espíritu del Opus Dei, se titula Camino. Existen también otras obras del fundador del Opus Dei, como Es Cristo que pasa, de la que incluimos el párrafo siguiente: «Jesús, creciendo y viviendo como uno de nosotros, nos revela que la existencia humana, el quehacer corriente y ordinario, tiene un sentido divino. Por mucho que hayamos considerado estas verdades, debemos llenarnos siempre de admiración al pensar en los treinta años de oscuridad, que constituyen la mayor parte del paso de Jesús entre sus hermanos los hombres. Años de sombra, pero para nosotros claros como la luz del sol. Mejor, resplandor que ilumina nuestros días y les da una auténtica proyección, porque somos cristianos corrientes, que llevamos una vida ordinaria, igual a la de tantos millones de personas en los más diversos lugares del mundo».

Este pasaje resume acertadamente el espíritu del Opus Dei y sirve también para aclarar las ideas de aquellos a los que Brown ha convencido de que el cristianismo tradicional ignoraba la naturaleza humana de Jesús y las realidades de la vida humana.

Monseñor Escrivá murió en 1975 y fue canonizado el 6 de octubre de 2002.

En realidad, lo que puede intrigar a la gente, o incluso la sorprende, son unos aspectos de la vida de sus miembros, aspectos que Brown destaca en El Código Da Vinci.

En el Opus Dei hay diferentes tipos de miembros, lo que simplemente refleja los diferentes modos de disponibilidad y distintas circunstancias personales, con un idéntico fenómeno vocacional. Todos ellos viven el mismo «plan de vida»; que incluye el Rosario, la Misa diaria, la lectura espiritual y la oración mental. Los hay –la mayoría– que lo viven en el contexto de su vida matrimonial: los supernumerarios. Los numerarios trabajan en medio del mundo y se comprometen al celibato, entregan sus sueldos al Opus Dei y suelen vivir juntos en casas de la Obra. Hay otros miembros, todos los cuales tienen un papel específico en ella.

Y ¿qué es la Obra? Es simplemente una manera de vivir la llamada de Dios en el mundo buscando la santidad y el compromiso apostólico. Esto implica un trabajo profesional intenso y una acción apostólica personal; además, los fieles de la prelatura junto con otras personas promueven iniciativas apostólicas por todo el mundo: escuelas de todo tipo, programas de formación agro-cultural en países subdesarrollados, clínicas, y otras instituciones.

El Opus Dei es una «prelatura personal», lo que significa que las actuaciones de sus miembros en lo que respecta a los aspectos relacionados con su vocación al Opus Dei dependen de la autoridad de su propio prelado. En los demás aspectos, como cualquier otro fiel cristiano, dependen del obispo de su diócesis.

Uno de los aspectos cristianos menos entendidos del Opus Dei es el que destaca El Código Da Vinci: la mortificación corporal por medio del cilicio, una especie de cadena claveteada que rodea el muslo, y el uso de las disciplinas, una cuerda de nudos para usarla como azote.

Ciertamente, esta práctica parece extraña entre la gente moderna, pero es importante hacer ver que la mortificación corporal, como medio ascético cristiano, aparece en todas las religiones del mundo de un modo u otro: el ayuno, en ocasiones hasta niveles extremos, la oración o la meditación en posturas incómodas, e incluso el propósito de vestir ropas incómodas o de andar descalzo.

La mortificación corporal, incluido el uso de esos artículos especiales, no ha sido un invento del Opus Dei. Si lees las vidas de los santos, encontrarás que muchos de ellos se sentían llamados a vivirla. ¿Por qué? Para quien ama, al compartir sus dolores, se acerca más a Cristo. Otros los emplean como penitencia por sus propios pecados o por los ajenos. Los hay que ven en ello un medio eficaz para crecer en el dominio propio, buscando alcanzar un momento en el que, a pesar de las contradicciones que pueda sufrir en la vida diaria, el alma se concentre en Dios y se conforme con saberse en Su presencia. No es lo habitual, pero para adquirir cierta perspectiva, se puede comparar con las «mortificaciones corporales» a las que se someten tantas personas con tal de mejorar su apariencia física: regímenes, soportar el dolor del ejercicio, e incluso acudir a procedimientos –cirugía– que producen sangre y causan dolor. Y todo ello solamente por la apariencia, que significa en esencia lo que los demás ven cuando nos observan.

Los que han experimentado un avance en su vida interior podrían argüir que «sin dolor no hay fruto», y lo aplican a la vida espiritual, al menos en su caso.

Algunos han creado en tomo al Opus Dei un ambiente de secretismo, estimulando las especulaciones. Por ejemplo, el Opus Dei no publica la lista de sus miembros ni suelen ir exhibiendo su pertenencia a la Obra. La razón, podrían decirte, no es porque haya algo malo en ello, sino por un sentido de naturalidad y sencillez junto con la obediencia al Evangelio.

Jesús, en el Evangelio de Mateo instruye a sus seguidores para que vivan la santidad, pero que lo hagan en secreto. «Si das limosna, no dejes que tu mano izquierda sepa lo que hace tu derecha». Cuando ores, entra en tu habitación, cierra la puerta, y ora. Cuando ayunes, no parezcas triste (¡y podríamos añadir, hambriento!). Lava tu cara, dice Jesús, unge tu cabeza y así nadie verá que estás ayunando.

Este es el motivo de que los miembros del Opus Dei no vayan exhibiendo su pertenencia y sus prácticas de piedad. Consideran que están llamados a ser levadura y luz del mundo, y que viviendo sencillamente, realizan la obra de Dios en su vida diaria.

¿Los únicos cristianos?

En todo caso, los católicos romanos que lean El Código Da Vinci tendrían que sentirse halagados. Según el concepto de Brown sobre el pasado y el futuro, el cristianismo se ha encarnado exclusivamente en la Iglesia Católica Romana.

En realidad, este no es el caso. Por ejemplo, la mayoría de los datos teológicos que hemos empleado en este libro –la formación del Canon, las discusiones sobre las naturalezas divina y humana de Jesús– están contenidos en Oriente y no en Occidente, e incluyen principalmente a obispos orientales. Las Iglesias Católica Oriental y Ortodoxa Oriental encarnan la antigua tradición con la misma profundidad que la Iglesia Católica Romana.

Además, existen Iglesias cristianas que surgieron a raíz de la Reforma, y que (a pesar de las diferencias con el catolicismo y la ortodoxia sobre temas que varían desde la justificación y la salvación, hasta los sacramentos) siguen exponiendo la doctrina tradicional sobre las naturalezas divina y humana de Jesús –como aparece en sus credos primeros–, incluyendo las interpretaciones que, según se afirma en la novela, violaron la «historia original» de Jesús. Y algunas de ellas estuvieron tan involucradas en la caza de brujas y de herejes como la
Iglesia Católica Romana. (Por ejemplo, los obispos católicos no fueron quienes presidieron los juicios de Salem, Massachussets, en el siglo XVII).

Por alguna curiosa razón, Brown no identifica al cristianismo como el enemigo de los auténticos proyectos de Jesús, sino solamente a la Iglesia católica, en bloque y sin excepción. Las Iglesias ortodoxa y protestante, aparte del hecho de que proclaman la divinidad de Cristo definida en Nicea y en los primeros concilios, aceptan aproximadamente el mismo Canon para la Escritura, y que, en el caso de las segundas, han minimizado el papel de María, la Madre de Jesús, en su teología y en su piedad, merecerían cnticas, en mucha mayor medida que el catolicismo, por haber desterrado de su espiritualidad lo «sagrado femenino».

Por esta razón, podríamos dar a El Código Da Vinci el calificativo de anticatólico. No solo es injusto que Brown haga afirmaciones falsas (muchas de ellas) sobre el catolicismo, sino que, además, culpabilice a la Iglesia católica de unos delitos –la tergiversación de la figura de Jesús, la represión de lo «sagrado femenino» y el rechazo del papel de líder de María Magdalena– por los cuales, siguiendo su lógica, sería preciso declarar culpable a toda la cristiandad.

¿Por qué ha hecho esto? Me figuro que porque es más sencillo; por eso. Esa es la suposición más caritativa. Es más fácil escribir eso y es más fácil leerlo. Mucho más que acudir a escritos más veraces o más fieles a la complejidad de la vida real y de la historia real. Y es que eso sería más difícil que sacar un montón de seres malvados vestidos con ropas sueltas y curiosos sombreros, cargados con maletines llenos de dinero.

Entonces, según El Código Da Vinci ¿los católicos son los únicos cristianos? Pues bien, quizá, como dije, los católicos tendrían que sentirse halagados. Seguramente comprenderemos que no lo estén.

Epílogo: ¿Por qué importa?

Si hemos encontrado algo provechoso en el fenómeno de El Código Da Vinci, es el de haber despertado un gran interés por temas importantes: quién es Jesús, cómo era el cristianismo primitivo, el poder del arte y el tema del sexo y la espiritualidad.

Desgraciadamente, la opinión pública, ha aceptado las afirmaciones históricas que aparecen en El Código Da Vinci con enorme entusiasmo. Ese entusiasmo denuncia un fallo importante: un fallo de las Iglesias de todas clases, por no dar a conocer a sus miembros unos hechos básicos de la historia y la teología cristianas. La credulidad con la que los lectores de Brown han aceptado sus afirmaciones de que los cristianos primitivos no creían en la divinidad de Jesús y de que la forma y el contenido del cristianismo actual son nada menos que las consecuencias de una lucha por el poder, debían ser una llamada a todos los responsables de la labor de formación.

¿Qué estamos enseñando al pueblo sobre Jesús? ¿Nada? Seamos lógicos.

Muchos lectores se han sentido desconcertados por las afirmaciones sobre la fe, que aparecen en El Código Da Vinci. Espero que este libro os confirme que la fe en Jesús como Dios es íntegramente fundamental para la fe cristiana, y que lo ha sido desde el comienzo de la predicación apostólica de la Buena Nueva.

Permitidme poner un punto final para aclarar aún más este tema.

En El Código Da Vinci aparece la presunción de que el lado «vencedor» del cristianismo se dedicó a suprimir hechos sobre Jesús que eran incómodos o inaceptables, o que no se hizo lo que Él quería. Pensad por un momento en lo ilógico de esta afirmación. Yo he apuntado algunos aspectos a lo largo del libro y todo se reduce a lo siguiente: Aquellos que Brown califica de «vencedores», y debemos insistir, falsamente, sufrieron terriblemente por su fe en Jesús. Empezando, por supuesto, por el mismo Jesús.

Piénsalo. Si Jesús no fue más que el amable maestro del relato de Brown, ¿qué autoridad podría ejercer? ¿Por qué se iban a molestar en crucificarle cuando la crucifixión era el modo de ajusticiar reservado a los criminales más viles y peores?

Y si, ciertamente, fuera un maestro ejecutado de aquella espantosa manera, ¿por qué sus seguidores abandonaron sus vidas normales y seguras para extender sus enseñanzas, exponiéndose a un destino semejante?

Lo cierto es que, a lo largo de los siglos, fueron arrestados, torturados y encarcelados, pero no por seguir a un filósofo. Fueron castigados porque, tal y como se entendía el cristianismo, daban culto a Dios, encarnado en Jesús de Nazaret con una fidelidad que les impedía honrar a César como señor o como dios. Su visión de un mundo en el que Dios reinaba como Señor del universo era, con absoluta certeza, una traición para los demás.

En este punto, nuestra búsqueda de lo lógico nos lleva a dos direcciones:

1) aunque Brown dice que el cristianismo primitivo no honró a Jesús como Dios hasta Nicea, no se comprende que, si fuera verdad lo que dice Brown, hubiera razones para ponerlos en el centro de la diana de la persecución.

2) si, a pesar de la enseñanza y la liturgia con las que proclamaban que Jesús era Dios, solamente creían en Él como en un maestro mortal, ¿por qué no cambiaron su historia? Si no creían que era el Señor, y conscientes de que su fe les llevaría a ser arrojados a los leones o al
exilio a las minas de sal... ¿por qué continuar con esa superchería? Sencillamente, no tiene sentido.

Lo importante para nosotros, los que estamos interesados en lo que es Jesús y en lo que la cristiandad cree sobre Él, es: Que toda la argumentación de El Código Da Vinci sugiere que el
cristianismo, tal y como lo conocemos, es una maquinación, y que la verdad ha sido suprimida. Tenemos que pensar con lógica y seriedad sobre esto.

¿Qué provecho obtenían los apóstoles y los primeros cristianos para ocultar la verdad? ¿Les proporcionaba honra y alabanzas? ¿Les hacía más ricos? ¿Les hacía ganar poder? ¿Lo que afirmaban hacía sus vidas más cómodas y más seguras? ¿Soportarías los mismos padecimientos de los primeros cristianos si supieras que era una mentira? Y, además de todo lo anterior, ¿qué sucedió al final con el cuerpo de Jesús?

El encuentro con Jesús

He escrito este libro para ayudar a los lectores a revisar muchos de los interesantes temas que surgen en El Código Da Vinci. En el centro de estos temas aparece uno que no es un tema, sino que es una persona: Jesús de Nazaret. Estoy convencida de que el motivo de que muchos de los nuestros hayan aceptado las afirmaciones de El Código Da Vinci con tanta credulidad se debe a que no hemos intentado tratar de conocer seriamente a Jesús. Tanto si vamos a la Iglesia como si no, nos hemos mantenido a distancia de Él, dejando que sean los demás quienes nos digan lo que hemos de pensar, sin molestarnos en leer ni un solo Evangelio desde el principio hasta el fin. Y, en consecuencia, asumimos la conclusión, tan común en nuestra cultura, de que, en cualquier caso, se trata de un tema opinable, sin una auténtica seguridad en el fondo.

Pues bien, como aclaran brillantemente los testimonios de los primeros apóstoles, no se trata de opiniones, de mitos o de metáforas. Pedro, Pablo y, sí, María Magdalena no dieron sus vidas a una metáfora. Conocieron a Jesús como ser humano y misteriosamente, gloriosamente, como algo más, y le entregaron sus vidas literalmente, unas vidas en plenitud
de la gracia que les invadía.

Cualquier efecto negativo de El Código Da Vinci se debe al hecho de que, con todo lo que dice sobre Jesús y su esposa, lo «sagrado femenino» y todas las especulaciones sobre la «historia real»... se ha perdido la Historia Real.

Jesús, crucificado, muerto y resucitado, el Único cuya auténtica muerte y resurrección nos ha liberado del poder de nuestros pecados reales y de la muerte reconciliando a la creación con Dios. Insisto: esta historia se ha perdido realmente. No es un secreto, sin embargo, y no hay nada que nos impida encontrarla.

¿Curiosidad sobre Jesús? La verdad la tienes tan próxima como un libro de tu propiedad.
Y no, no es El Código Da Vinci.

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