martes, 3 de febrero de 2009

Cuando el canje de calefones pretende sustituir a las instituciones (*)

A medida que la política intervencionista y estatista de los Kirchner sigue hundiendo a la Argentina, más se enoja el matrimonio con la realidad y más se empeña en cambiarla con medidas arbitrarias.

Si bien con sus continuos anuncios Cristina Fernández de Kirchner intenta demostrar que tiene la situación económica bajo control, el desbarranque de este nuevo ensayo dirigista y estatista es más que elocuente. Tarifazos, recesión, aumento de la desocupación, crecientes problemas fiscales, nuevos problemas para pagar la deuda pública e inflación son algunos de los ingredientes del descalabro económico en que nos metió Néstor, presidente de facto y ministro de Economía en los hechos.

Es que los Kirchner quisieron manejar el tipo de cambio “competitivo” y acabaron con inflación y un tipo de cambio igual al del 2001. Procuraron que las tarifas de los servicios públicos fueran –al mejor estilo populista– artificialmente baratas y desembocaron en un tarifazo. Pretendieron reinventar la teoría de “vivir con lo nuestro”, rebautizándola “desacople de los precios del mundo”, y terminaron chocando contra la realidad de la economía mundial, sin poder exportar. Intentaron que la carne y los lácteos fueran bienes artificialmente baratos y, hoy, ambas industrias están destruidas, la carne está cara y su calidad es de terror. El secretario de Comercio, Guillermo Moreno, trató de controlar los precios, pero ahora la gente no sabe cómo llegar a fin de mes por la inflación (que si bien algo cedió por la recesión y la fuga de capitales, sigue siendo alta para un país que entró en recesión). Quisieron dibujar el Índice de Precios al Consumidor (IPC) y Hugo Moyano, un aliado incondicional del gobierno… mientras haya caja, dice que los acuerdos de salarios no se van a hacer con el IPC del INDEC sino con el que perciben las amas de casas en los supermercados. Pretendieron esquilmar a la población con impuestos salvajes para tener caja y controlar el poder y terminaron con un déficit fiscal que ya empieza a hacer dudar a los antiguos “besamanos” sobre la conveniencia de mantenerse junto a los Kirchner. Quisieron hacerse los duros en la negociación de la deuda pública y hace rato que son unos parias en el mercado crediticio porque nadie les presta un dólar. El listado podría seguir.

En su último discurso –que, por cierto, ya saturan por su superficialidad y tergiversación de la realidad–, Cristina sostuvo que, si bien la macro es importante, la micro es fundamental. Por eso, se lanzó nuevamente con el canje de calefones, lavarropas y zapatos. Posiblemente el próximo anuncio micro consista en un canje de cacerolas o bicicletas. Vaya uno a saber qué nueva genialidad se le ocurrirá al selecto grupo de superdotados que, encerrados en una burbuja, pretenden gobernar el país.

Es evidente que de economía no entienden nada. Sin embargo, el problema es que están convencidos de que entienden. Eso es lo más grave, porque no hay nada más peligroso que alguien con poder que cree que sabe y no advierte que vive en la más profunda ignorancia.

El primer error que cometieron los Kirchner fue pretender manejar el país como si fuera una monarquía absolutista. O la gente obedece o sufre las consecuencias de desobedecer las órdenes del monarca, mandando al verdugo Moreno a aplicar las sanciones correspondientes. Ahora bien, como la economía es un proceso de intercambios voluntarios, en los cuales la gente desarrolla su capacidad de innovación, invierte y busca obtener utilidades ganándose el favor del consumidor, creando así más puestos de trabajo y mejor remunerados, lo primero que consiguió el comportamiento autocrático de los Kirchner fue anular la capacidad de innovación. Como resultado de esta anulación el gobierno destruyó la inversión y solo logró algunos arbitrajes que aprovecharon rápidamente los inversores para obtener utilidades basadas en la distorsión de precios relativos. Negocios con utilidades rápidas para salir antes que volvieran a cambiar las reglas de juego. Como esa distorsión era insostenible en el tiempo, la economía se ha paralizado porque quienes arbitran con la distorsión de precios relativos están esperando las señales para el nuevo arbitraje. Ejemplo de esto lo pueden dar las empresas constructoras y los agentes inmobiliarios, por citar solo un caso.

Lo concreto es que, el segundo error grave de los Kirchner fue, ante la crisis, pretender sustituir la calidad institucional y las reglas de juego eficientes por el plan canje de heladeras, calefones y lavarropas. Y lo peor es que a medida que su política intervencionista y estatista hunde más a la Argentina, más se enojan con la realidad adoptando medidas más arbitrarias, creando más incertidumbre y paralización de la economía. La última gran señal que dieron al respecto fue la confiscación de los ahorros en las AFJP. El mensaje fue claro: quien invierta o ahorre en la Argentina queda sujeto a los caprichos del gobierno y a las sanciones que aplicará el leal Moreno, abocado ahora a crear una canasta de bienes que se venderán a bajo costo (igual que la canasta navideña anunciada por Cristina). No hace falta abundar en detalles para advertir lo riesgoso que puede ser invertir en un país cuyo presidente en las sombras demuestra sus dotes de “estadista” inventando una nueva mayonesa de bajo costo. Si la visión de largo plazo de los Kirchner es lanzar canje de calefones e inventar marcas de mayonesa económicas, estamos realmente en un problema muy serio. Esperemos que a Barack Obama, quien según Cristina sigue a Néstor en sus políticas, no se le ocurra algo similar, porque en ese caso el mundo va a sufrir una depresión impensada, siendo que la economía de EE.UU. representa un tercio del PIB mundial.

En síntesis, Néstor ha cometido el grueso error de todos los intervencionistas y estatistas con aspiraciones autocráticas: pretender que él es superior al resto de los habitantes del país y que, por tanto, puede saber qué hay que producir, a qué precios se debe vender y qué calidades hay que entregarle al mercado. Ha creído que Dios le otorgó el don de poder definir con precisión cuál debe ser el tipo de cambio, la tasa de interés y qué se puede exportar y qué no. Es decir, considera que la economía puede manejarse mediante el terror del Estado que vigila a la gente para que cumpla con exactitud los deseos del amo que ha sido bendecido por la inspiración divina. Y que quien no los acepte recibirá el castigo merecido por no subordinarse a las órdenes del monarca. Es fácil imaginar que en un país con este sistema de gobierno nadie tiene ganas de invertir y la capacidad de innovación queda anulada por el temor que genera la Santa Inquisición que ejerce la Secretaría de Comercio.

Sin capacidad de innovación, sin libertad para producir, sin reglas de juego claras y sin seguridad jurídica lo único que cabe esperar es que la frondosa imaginación del matrimonio continúe lanzando canjes de todo tipo intentando crear una nueva teoría del desarrollo económico por el cual las instituciones son reemplazadas por
calefones.

(*) Escrito por Roberto Cachanosky
© www.economiaparatodos.com.ar

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