viernes, 16 de enero de 2009

Infierno sin fin

La humanidad entera es testigo de cruentos combates que se están desatando en la Franja de Gaza debido a la despiadada ofensiva que, desde el pasado 27 de diciembre, el ejército de Israel lleva en contra de civiles que allí residen.

El pretexto que tienen los israelitas es defenderse del Hamas, agrupación religiosa militar árabe, que gobierna Palestina y que atacó la Ciudad de Sderot y bombardeos con misiles de larga alcance a Ashkelom, Ashdod y Beer Sheva, disparando misiles que causaron la muerte de 8 habitantes de Gaza los días 11 y 15 de diciembre de 2008.

La agresividad de Israel ha llegado a límites intolerables, ya que esta nueva embestida ha dejado todo un pueblo martirizado por su odio: más de mil muertos desde finales del 2008, más de tres mil heridos. Niños y adolescentes palestinos han pagado con sus vidas la crueldad del ejército hebreo; hay que tener en cuenta también los daños perpetrados contra familias enteras que han visto con sus propios ojos a sus seres queridos masacrados por esas miríadas del odio.

Hay que sumarle el asesinato de Said Siam, Ministro de Interior de Palestina y Jefe del cuerpo policial del grupo Hamas, quien murió junto a su hijo y un hermano en otro ataque armado del ejército hebreo. Israel es el verdugo de miles de personas a las que expulsa de sus hogares, tortura y asesina.

La condena internacional contra Israel no se hizo esperar: multitudinarias manifestaciones en las principales ciudades del mundo han criticado acérrimamente este ataque judío. Aunque, a decir verdad, numerosos Estados poco han hecho a nivel diplomático por el pánico instalado a criticar a Israel, más teniendo en cuenta las aceitadísimas relaciones que miembros de la comunidad judía mantienen con los grupos más poderosos del mundo.

Esto no se trata de ser antisemita, o no. Acá hay miles de vidas humanas en jaque producto de una contienda militar y religiosa que parece no tener fin. Es una guerra que se ha cobrado decenas de miles vidas a lo largo de varias décadas.

El Estado de Israel no respeta la soberanía de Palestina para elegir libremente a sus autoridades y, desde que Hamas llegó al poder por voluntad popular, endureció sus represalias económicas y sociales contra la paupérrima población árabe. El odio genera más odio, lamentablemente: la venganza no mata el dolor.

Ayer, 15 de enero, la osadía israelita llegó hasta un límite increíble cuando bombardeó un establecimiento que es propiedad de la Organización de las Naciones Unidas, institución que favoreció arbitrariamente cada conquista de Israel a lo largo del siglo pasado. Habría que ver lo que hubiera sucedido si los militares árabes hubieran atacado algún edificio de la O.N.U.: las represalias no se hubieran hecho esperar y hasta se habría invadido Palestina... en fin.

Desde este humilde espacio, manifiesto mi firme oposición a esta nueva afrenta contra el pueblo palestino que es responsabilidad de Israel. El camino de las armas nunca será la solución.



Israel, país de Dios

Israel es una nación milenaria, sufrida y pujante, la cual pudo sobrevivir a crueles dominaciones a lo largo de varios siglos. Distintos imperios poderosos intentaron exterminar a los judíos en distintos momentos, por lo cual lo denigraron de manera indecible... pero resistió.

Israel es un pueblo que tuvo que vagar por distintos lugares, añorando establecerse definitivamente en la Tierra Prometida, la cual era anunciada por los profetas que fueron los que lideraron al pueblo. La fe en Dios fue lo que sostuvo y salvó en circunstancias durísimas, más aún la promesa de la venida de un Mesías que sería quien establecería el Reino de los Cielos en este mundo. El pueblo judío fue preparado a lo largo de mucho tiempo para la venida de ese Ungido.

A principios de esta Era, Israel estaba sometida por el Imperio Romano. Fue entonces cuando Jesús, un hombre de unos 30 años, nacido en el seno de una humilde familia trabajadora a pesar de ser descendiente del rey David, se manifestó como el Hijo de Dios que venía a cumplir la Promesa que Dios hizo. Muchos le creyeron y dejaron todo para seguirlo. Mientras tanto, otros tantos no entendieron su mensaje y optaron por no seguirlo y seguir esperando a un rey más bien terrenal. Como Jesús resultó ser un personaje "molesto" para las autoridades judías de su tiempo, fue brutalmente torturado y asesinado con la macabra intención de hacerlo desaparecer definitivamente. Pero esa es otra historia.

Israel siguió sufriendo por no poder residir en el lugar que decían que les pertenecía. Justo una región siempre arrasada por guerras a causa de fuertes disputas políticas y religiosas. Debido a las continuos y sangrientos combates, miles de judíos se vieron obligados a dispersarse por el mundo para salvaguardar sus propias vidas.

Desde mediados del Siglo XIX, hubieron israelitas que fueron paulatinamente afincándose en las inmediaciones de la Ciudad de Jerusalén, que pertenecía a Palestina. Desde el primer momento, el mundo árabe miraba desconfiadamente el arribo de terratenientes israelitas a la región.

1917 fue un año crucial para las pretensiones israelitas: el Gobierno Británico, a través de su Ministro de Relaciones Exteriores, publicó una Declaración en donde se exhortaba a la constitución de un país judío en esa región de Palestina. El paso siguiente se dio en 1920 cuando Palestina quedó bajo la administración británica, lo que favoreció a que grandes cantidades de judíos llegaran a esa zona. Desde allí en más, la violencia entre judíos y árabes fue in crescendo.

A mediados del Siglo XX, Gran Bretaña reconoce no poder dar una solución definitiva al conflicto y decide trasladarlo a la Naciones Unidas. Este organismo internacional dictaminó en 1947 la partición de Palestina en dos estados: uno judío, con el 54% del territorio y otro árabe, con el remanente de las tierras. Las autoridades árabes rechazaron tajantemente esa división y anunciaron que harían hasta lo imposible para evitar la creación de un estado judío.

El 14 de mayo de 1948, la Organización de Naciones Unidas proclamó al Estado de Israel. Influyeron notablemente lobbies de influyentes judíos con las naciones más poderosas del mundo. Al día siguiente de la declaración, los estados árabes enardecidos se lanzaron contra Israel desatando una de las tantas crueles guerras en esa región. Lo cierto es que los israelitas salieron beneficiados en el sentido de que anexaron a su país una considerable porción de territorio y expulsaron a todos los árabes residentes en su Estado.

El agua es otro punto que tensó más la situación. En toda esa región, dada su aridez, el agua es un recurso escaso para las poblaciones que allí viven. Fue en 1953 que, unilateralmente, Israel empezó a desviar el curso del Río Jordan para proveerse de aguas en detrimento de los pueblo árabes. En represalia, los árabes decidieron modificar el curso de ríos que alimentan el Lago Tiberíades, lo cual desató la furia israelita y se generó un nuevo conflicto armado; es importante recalcar que Israel dispuso la prohibición de perforaciones para extraer agua a los pueblos árabes.

Las guerras por diversos motivos fueron sucediéndose con el correr de los años, en los cuales el Estado de Israel siempre obtuvo el decisivo apoyo político (económico y militar) de los Estados Unidos y Gran Bretaña. Las naciones árabes muchas veces pagaron sus excesos sufriendo sanciones diplomáticas, mientras que los pecados de Israel fueron hasta justificados por la comunidad internacional.

7 comentarios:

Laura dijo...

Por primera vez estoy en desacuerdo con vos y en esto en particular: "esta nueva afrenta contra el pueblo palestino que es responsabilidad de Israel. El camino de las armas nunca será la solución."

Por definición nadie quiere guerra ni sangre y yo menos. Pero afrenta al pueblo palestino?? la verdadera afrenta es dejarlos expuestos a la locura de una banda de fundamentalistas que no dudan en utilizarlos como escudos humanos.
No hay que generalizar, el pueblo palestino sufre pero por el terror y la innominia que desde hace años soporta desde adentro y también desde afuera por quienes los utilizan políticamente.
Y con respecto a Israel, no voy a justificar sus métodos pero hace casi tres años que abandonó (léase, dejó a libre albedrio de su habitantes) a Gaza. Y qué pasó en estos casi 3 años, asi como ha pasado antes?? los palestinos recibieron millones y millones de dinero de "ayuda humanitaria" la que desgraciadamente no fue usada para esos fines sino sólo para rearmarse y continuar con la ofensiva hacia Israel. Mario, los cohetes hacia israel no comenzaron en diciembre pasado precisamente.

Por sanjuaninos que viven en Israel sé que los palestinos, el pueblo palestino y no esa manga de terroristas son los primeros que no quieren guerra.

Pero no le podés exigir a Israel que no se defienda. Hamas no baja la bandera de la exterminación de israel, asi cómo pensás que pueden vivir en paz?

Mientras tanto, me preocupa el manejo malintencionado de la información en los medios de prensa argentinos. Todo bien alejado de lo que se habla en otros lados.
Y por otro lado lo que mas me duele es el hecho de que todo ésto sirve para agitar viejos rencores y avivar el antisemitismo. Lo que en definitiva no es mas que el fin último de todo el accionar de Hamas, no?

Te dejo algo para leas, como para que veas otras miradas sobre este tema:
www.isreal.worpress.com
www.fabitas.blogspot.com
www.sentirlucharvencerpodemos.blogspot.com

Alguna vez tenia que disentir con vos! Un beso grande

La Diva de Banfield dijo...

HOla tu post me inspiro a comentar en el mio... en imagenes

te invito

http://ladiva-de-banfield.blogspot.com/2009/01/humanos.html

besos

mario dijo...

Hola Laura

Antes que nada, no me molesta que estés en desacuerdo conmigo en éste o en el tema que sea. No me asusta el disenso; al contrario, si se da en un marco de respeto y de mutua escucha, me parece que es siempre enriquecedor.

En ningún momento he justificado el accionar bélico de Hamas, ni de ninguna organización militar árabe. Solo me detuve en este caso puntual, del brutal accionar de las tropas israelíes en contra de cientos de inocentes. Me parece, humildemente, injustificable desde todo punto de vista.

No sé hasta donde tomar como referencia lo que te comentan tus conocidos sanjuaninos de Israel porque el pueblo palestino apoyó en las urnas al Hamas, nos guste o no. Es como si yo, desde acá, quiera destronar al impresentable CHavez de la presidencia de Venezuela. Mal que me pese, ese tipo está ahí producto de la voluntad popular de los venezonalos, me explico?.

He leído acerca del maltrato que palestinos sufern en la feranja de Gaza de parte de los israelitas (fijate en http://www.pazcondignidad.org)

Para escribir esta nota, intenté enriquecer mi punto de vista leyendo páginas europeas.

Me molesta mucho el miedo instalado que hay de criticar cualquier actitud de los israelitas. En un mundo en donde cualquiera defenestra livianamente a la Iglesia Católica, al Islam, a la Justicia, a la Democracia, pareciera que ellos se creen más allá del bien y del mal.

Me molesta de sobremanera que si uno critica una actitud de Israel ahí nomás se esgrima "sos antisemita". Eso es muy prejuicioso.

He conocido judíos personalmente y me parecieron buenas personas. Que yo esté en contra de determinadas actitudes y medidas que tomó el Gobierno de Israel no implica que yo odio a los judíos.

YO estoy del lado de todos esos pobres palestinos que están sufriendo la bestialidad del ejército judío. Ni mucho menos promuevo el exterminio de los judíos, sino que estoy a favor de la paz de los pueblos.

Te mando un beso grande y gracias por comentar.

Laura dijo...

Ando medio a los piques pero te contesto aunque cortadamente. Mario, no me regocija ni puedo creer que se bombardeen escuelas y demases, no hay nada que razonablemnte lo justifique. Queda feo pedirte que me releas?
Y sobre actitudes antisemitas, me referia a hechos concretos como por ej. que en italia se lanzó una campaña para que no se les compre a comercios judios y cosas asi, no me referia a que "no se puede" criticar los israelies.
De igual manera hay muchas cosas para criticar a los palestinos pero ya ves, pero soy respetuosa del momento que están viviendo y además no comparto la opinión de algunos de que son culpables de sus propias desgracias. Me niego de partir de ese principio.

Los links que te pasé no son de sanjuaninos.

Sobre Venezuela, que Chavez ganara con la mayoria de los votos no significa que lo votara la mayoria de los venezolanos.

Mi conclusión, mas allá de todo, es que los palestinos seguirán desgraciadamente sufriendo aún con el cese del fuego de Israel.

Veremos como sigue el tema. Seguro tendremos mucho mas para hablar.

Buen fin de semana!

Anónimo dijo...

Hace ya dos años que volví de Palestina y desde entonces, quiero escribir este mail. Pero es tan grande todo lo vivido, que en dos años no he podido sentarme a resumir todo lo que quisiera contarles, para que al menos pudieran dimensionar lo que ahí sucede. Porque eso me pasó a mí. Creí ser conocedora del tema —algo al menos— creí saber y entender algo del "conflicto" y de la "causa", pero nada se asemeja a vivirlo. No hay libro que uno lea y no hay imágenes que uno vea, que puedan graficar lo que ahí sucede. Uno puede ser un "experto" en la materia, pero si no se ha pisado ese suelo, si no se ha respirado ese aire, si no se ha palpado esa miseria, es imposible llegar a comprender el lento genocidio que ocurre en esas tierras.
Es imposible, porque quienes lo cometen han sido las grandes víctimas del siglo XX y entonces cualquiera que acaso condene alguno de sus actos, corre el riesgo de ser tachado de antisemita. De hecho, eso aprendimos en el curso de "Conflicto en Medio Oriente" al que entré como invitada de piedra a unas cuantas horas de Tel Aviv. A la veintena de periodistas latinoamericanos que estábamos ahí, nos entregaron un riguroso listado de claves conductuales que se titulaba: "Cómo identificar el antisemitismo del siglo XXI". Y creo que muchos lo leímos y en voz baja pensamos que fácilmente seríamos tachados de antisemitas. Por eso, muchos callan. Porque ser antisemita ante el horror del holocausto, es algo inaceptable hoy, a más de 50 años de esa masacre original que le devuelve la mano al destino, convirtiendo a sus propias víctimas, en monstruos sedientos de sangre, como si la venganza ante el dolor sufrido, saliera a borbotones medio siglo después.
Ahí está el primer gran error. El holocausto judío nos avergüenza como especie. No hay duda. Al recorrer los campos de concentración que quedaron como vestigio, uno se pregunta cómo pudo existir ese infierno, mientras el mundo seguía girando. Cómo en esos precisos instantes, no fuimos capaces de detenerlo. Cómo fue posible que millones de seres fueran perseguidos, torturados y asesinados de la forma más cruel, en el más completo silencio del resto del planeta. Quizás, luego de la desolación y el horror que uno siente, eso es lo que más sorprende del holocausto: la indolencia y complicidad silente. Hoy, muchas décadas después, lo condenamos y somos cuidadosos al tener el más mínimo acto de aceptación de alguna actitud nazi.... ¿verdad?
¿Tendrán que pasar nuevamente décadas para que entonces nos preguntemos cómo fue posible que en el más completo silencio se masacrara a los palestinos?
¿Entonces seremos capaces de ver las fotos de los moribundos detrás del muro esperando comida? ¿A las mujeres pariendo en las fronteras establecidas por el sionismo? ¿A los prisioneros que Israel mantiene en condiciones infrahumanas? ¿Veremos entonces el muro y sus rejas interminables, con un judío hablando detrás de un vidrio mientras te grita que te quites la ropa una y otras vez, solo para atravesar de una lado a otro y poder visitar a tu familia? Y lo que parece más terrible aun, ¿las fotos de los palestinos tatuados con un número en los brazos como un carnet imborrable que les autoriza entrar a Jerusalem? Sí, tatuados. Igual que esas fotos espantosas de esqueléticos judíos fichados en los Campos de Concentración. Hoy, de palestinos.
¿Tendrán que pasar otros 50 años para que podamos ver todo esto y no sentirnos amenazados de ser antisemitas?
Ahí está el primer error que los judíos sionistas han sabido calarnos profundamente, para entonces amparar las más atroces injusticias que sus propios antepasados sufrieron bajo el yugo de los nazis. No hay que aceptar más este chantaje moral. Se que este mail bastará, para que mi nombre entre en la lista de los antisemitas. Pero no lo soy. Mi padre, yugoslavo, eslavo y casi gitano, sobrevivió a la limpieza étnica de los nazis y él mismo me enseñó que los nacionalismos enfermizos como el que persiguió a su pueblo en la Segunda Guerra, son la lacra social más terrible que puede existir. ¿Y qué es el sionismo de Israel sino un nacionalismo moderno y enfermo?
Un nacionalismo que, en sus vertientes más colonizadoras cercanas al socialismo (supuestamente ateo), apela a razones bíblicas para demandar un territorio que, además, pretende limpiar de las otras razas que ahí habitan. El sionismo es racista. No porque en sus principios esté escrito o porque la ONU en 1975 lo haya dicho en una resolución, sino simplemente porque no tolera la coexistencia de otros pueblos y actúa en esa dirección.
Como todos, crecí repudiando el holocausto y de cerca, con mi padre y sus historias.
Tanto me enamoré de la "causa", que a los 19 años estuve a punto de irme a Kibutz, embobada en mi adolescencia por la justicia tardía para el pueblo judío. Enamorada de "la causa" y de la propuesta socialista de construir patria mancomunada en el desierto. Sin una gota de sangre judía, sentí que mi raza eslava estaba con ellos y si algo podía hacer concretamente, era ayudarlos a sembrar, en un proyecto de vida que aun quisiera para mis hijos. En paz, comunidad y tolerancia.
Veinte años después conocí uno de los kibutz más emblemáticos de la oleada que se creó en los '70. Y sigo creyendo que es un proyecto precioso, sino fuera por "el alto costo humano que representa". Supe como se reparte el sueldo de todos para la comunidad, compartí con ellos el Hanukkah, vi los huertos inmensos perfectamente regados, las áreas comunes y su intimidad. Pero esta vez también vi los restos de casas bombardeadas, "tan moriscas en su arquitectura" , que se levantan en medio de los verdes sembradíos del Kibutz como trofeo a la reconquista de la "tierra prometida".
A un lado, la lechería con vacas ultradesarrolladas capaces prácticamente de dar queso listo en un teta y al otro lado, las ruinas de la que fue el hogar de alguna familia palestina allegada hoy tras el muro en esos ghettos árabes que los judíos sionistas parecen haber recreado al más puro estilo de los ghettos judíos de la Alemania Nazi donde sucumbieron sus propios antepasados. Así de irónico es todo y ellos mismos lo describen.
Pude ver tras el resplandor de las velas del Hanukkah, como se retiraba el bus diminuto que transportaba como ganado a la servidumbre: palestinos enflaquecidos por el hambre que son autorizados a ingresar a Israel, con un carnet especial que los acredita como tal y les permite un "libre" tránsito.
Recordé entonces esas viejas películas que mostraban el esplendor europeo de algunos pocos en plena década de los '40, mientras la Segunda Guerra asolaba el continente. Hitler en sus despampanantes juegos Olímpicos, y al frente la chimenea humeante de los Campos de Concentración. Recordé incluso algún texto que describe la casa de Townley en Santiago, cuando Mariana Callejas celebraba sus emperifolladas rondas literarias en plena dictadura, mientras en el subterráneo de su propia casa, el servicio de inteligencia torturaba sin piedad a quienes son hoy algunos de los Detenidos Desaparecidos de Pinochet.
No hay que tener miedo. Condenamos el holocausto judío y hoy condenamos —oportunamente— el holocausto palestino.
Ir a Palestina, entrando por Tel Aviv, es una experiencia demoledora y desde entonces, es imposible no sentir una pequeña cuota de responsabilidad al ser cómplice de esta masacre, simplemente por no hablar. Pero es tan abrumadora esa experiencia, que intentar describirla se hace cuesta arriba. Porque surge la ansiedad de que comprendan que condenar la masacre palestina, no tiene que ver con el antisemitismo ni es una causa "in" en estos días. Los análisis internacionales, las proyecciones políticas, y el complejo panorama de la zona, quedan a un lado cuando se respira ese aire absurdo de intolerancia y masacre permanente.
La "tierra prometida" es hoy un cuadrillé de pueblos enmarcados en un muro de más de 8 metros de altura que zigzaguea el suelo y forma ghettos palestinos, de donde no hay salida. Apuñados, los palestinos quedaron en algunos pueblos sin conexión entre sí muchas veces, sometidos al ímpetu de los israelitas que deciden qué puede entrar a ese ghetto —o pueblo si prefieres— y qué puede salir. Esto incluye, obviamente, hasta lo más básico como la comida que, estratégicamente, te permite matar de hambre lentamente a quienes están adentro.
Imagina por un instante un largo edificio de 6 pisos, interminable, rodeado de militares anónimos que te encañonan constantemente y que encierran el lugar donde vives. Nada puede salir o entrar a ese lugar, sin que una patrulla de judíos sionistas lo autorice a través del pequeño check point dispuesto.
Si tu padre quedó en el ghetto de al frente, o pueblo —si prefieres— deberás visitarlo escasamente y previa autorización. Entonces, tendrás que hacer una larga fila, entre dos rejas como las vacas camino al matadero, ingresarás a una pequeña habitación donde sacarás tu ropa, serás humillado sin derecho a pataleo en tu propia casa, y alguien te gritará en hebreo detrás de un vidrio, si es correcto lo que estás haciendo. Sino, pueden apresarte y te llevarán a otra habitación quien sabe con qué fin.
Si la panadería quedó al otro lado del check point, deberás hacer esta rutina de ida y de vuelta, solo si tienes la suerte de entrar, para luego ver si tienes la otra suerte de encontrar algo para comer. Así como me han tenido que perdonar los amigos judíos que leen este mail, que me perdonen también los palestinos por simplificar tanto el asunto, pero es en esta rutina cotidiana y abrumadora que todos desconocemos, como logran matar a todo un pueblo lentamente. Ahorcándolo, asfixiándolo cruelmente.
Belén es uno de los más dolorosos ghettos palestinos, porque buena parte del mundo recuerda ese lugar como un sitio histórico que quisieran visitar sin temor.
La plaza de Belén, enmarca la llegada a la Iglesia de la Natividad. Los habitantes de Belén, que obviamente poco y nada comparten el fervor cristiano, respetan a los escasos turistas y valoran ese espacio como el sitio histórico que indudablemente es. Que distinto entonces ir a Nazareth, hermoso en la pulcritud israelita y prácticamente neutralizado con el fanatismo religioso o ateo —como quieran— de la administración judía que lo gobierna. Si preguntas por alguien llamado Jesús de Nazareth, entrarás a lista de las personas no gratas, aunque simplemente seas un historiador nada de católico. La intolerancia se respira en Israel. El recorrido por Jerusalem con algún judío que quiera acompañarte como guía turístico, llega a ser tragicómico. Solo pasas por fuera del Santo Sepulcro y como quien indica que ahí hay un cruce de calle, te lo señalan.
Esto para los turistas que acaso logran evidenciar este ¿racismo? en un rápido tour. Pero si te quedas sólo una noche en Belén, y te atreves a entrar por el Check Point que diariamente deben hacer los escasos habitantes del pueblo que todo el mundo mira el 25 de diciembre, comenzarás a sentir el dolor en el aire.
Las pocas tiendas que hay, abren sus puertas como para no perder la costumbre. La plaza se repleta de hombres enflaquecidos y hasta con el rostro como desfigurado por el dolor, que se pasean en círculo matando el tiempo, vestidos con ropas como de los años 50. No tienen trabajo, no pueden salir de Belén a buscar trabajo. Tienen hambre. Sus mujeres e hijos esperan en casa por algo para comer y ellos deambulan por la plaza, mirando a los escasos turistas y compartiendo algún café con cardamomo.
Las vitrinas están vacías. Puedes comer algún shawarma seco y duro, que quien sabe cuánto tiempo ha permanecido clavado en el asadero. Los judíos no han dejado entrar carne, y el autoabastecimiento, nunca ha sido un ideal que funcione en la práctica. Un pequeño pueblo, rodeado de piedras y arena, al que ni siquiera llega agua con seguridad.
Te paseas como un perfecto idiota en uno de los lugares más emblemáticos para el mundo occidental y entonces decides entrar a un restorán a pocas horas del 25 de diciembre. Un escuálido árbol de navidad parpadea a la entrada, y al menos 10 mesoneros sentados en la barra te reciben con felicidad, llevarás algunas monedas, también judías... que solo podrán transar entre ellos mismos. Eres el único turista que ingresa y el menú es reducido. No hay casi comida, porque la frontera no se ha abierto. Viven en la tierra donde siempre existió su gente, pero hoy no tienen derecho salir, ni a moverse, ni a comer, ni a decidir nada sobre su propio destino. Están presos en su propia casa, esperando... esperando.
Entonces pides un té y un pan con queso. Esa es la cena de navidad que puedes comer en Belén, mientras afuera un grupo de niños y hombres te mira engullendo el queso que han reservado para el turista, con la esperanza de que se mueva la microeconomía que tienen en ese ghetto donde nació Jesús.
Si puedes permanecer más días en Belén, comenzarás a sentir entonces la angustia de vivir en un Ghetto. Comenzarás a sentir la desesperación y entenderás otro poco de la historia: simplemente un buen día, el mundo decidió hacer justicia con un pueblo masacrado como el judío, y en la accidentada división territorial, tu casa quedó al otro lado.
Deberás desocuparla, y partir al ghetto, acarreando las pocas cosas que pudiste sacar, y arrastrando a tus niños entre lágrimas y griteríos. Te instalarás en un campo de refugiados, que se diferencia de los campos de concentración nazis, porque la muerte es más lenta que con el gas. Morirás de locura y hambre y no asfixiado.
Vivirás arriba de varias familias en una habitación (con suerte), sitiado a pocos metros por el muro que te encañona con tanquetas y fusiles, y esperarás con ansias la llegada de algún valiente grupo de turistas alternativos, que quiera "conocer tu realidad". Entonces te comprarán a 10 dólares algún tejido de la abuela, o alguna precaria artesanía que hizo tu esposo en la cárcel condenado a 15 años por apedrear un carro de policías judíos y podrás decidir qué hacer con esos 10 dólares. Lo más probable es que los pases a la olla común, porque te dará mucho dolor ver a los hijos de tu "vecino" con tanta hambre como los tuyos.
Así transcurrirán tus días. Lentamente. Muy lentamente. Siempre esperando como que la pesadilla termine y un buen día te digan, acabó... puedes regresar a tu casa. Pero eso no pasará. Hace 30, 40 años que tu casa ya no existe. En su lugar, hay un país que instaló sobre tu cama, una preciosa lechería de vacas genéticamente perfectas.
Y como no hay territorio donde construir, deberás seguir en el Ghetto delimitado por otros, subsistiendo otros 40 años más hasta que mueras de viejo, con la mejor de las suertes. Tus hijos acaso irán a la escuela, cada vez más llenos de odio e impotencia, porque los escolta el muro, los militares, los tanques que te acechan a cada paso. Hasta que un día ese pequeño se convierta en hombre y entonces definitivamente no encuentre respuesta para entender por qué no puede ir a ese lugar también sagrado para él que es Jerusalem y que está solo a 10 minutos. Hasta que no encuentre respuestas para entender por qué no puede ir a estudiar a una universidad libremente, o casarse y formar una familia dignamente.
Entonces, ese muchacho que criaste en la miseria del Ghetto explotará de ira e impotencia, y juntará un puñado de piedras que arrojará contra el muro que lo somete a la más espantosa miseria. Ese muchacho entonces, será detenido y torturado varios años acusado de terrorismo. La evidencia serán las piedras, y la honda artesanal que fabricó a escondidas. Tu envejecerás esperando su libertad y explicándole a sus hermanos lo que sucede, intentado que ellos no corran la misma suerte, mientras sobreviven ahogados en ese ghetto cada vez más infernal. Y si el muchacho entonces sale, será solo para juntar ahora un puñado de clavos y construir esos famosos cohetes que tanto desesperan a los judíos sionistas.
Los "kassam", tubos artesanales de metal, rellenos de pólvora y clavos, que tienen la fuerza suficiente para subir 8 metros, traspasar el muro y explotar en una lluvia de clavos contra tus opresores y que irónicamente ellos mismos rescatan para transformar en esculturas que adornan sus hermosos jardines y que muestran como una evidencia de la violencia que son víctimas.
Vendrá entonces la primera represalia, un tanto desproporcionada, cinco tanques aplastarán viejos autos palestinos, arrollarán niños que se entrenan en la intifada ("levantamiento" ) afinando la puntería con las históricas piedras de Belén.
Mientras revuelves la olla común con escasos porotos y pepinos, escuchas el griterío y la desesperación, como cuando los nazis entraban de golpe al pueblo de mi padre en Brac buscando a los partisanos. Nuevamente el horror te aplasta. Verás a morir a los tuyos, correrás entre el humo con los cuerpos ensangrentados, y los refugiarás en el Ghetto, a la espera de alguien de la Cruz Roja que cumpla la rutina humanitaria mientras José Levi despacha con su espantoso sonsonete español que: "ha empezado una nueva intifada".
Si la frontera no se abre ni siquiera para la carne, o la leche, más difícil es aun ingresar artefactos que te permitan igualar la violencia de bombardeos aéreos o incursiones con tanques que reprimen los piedrazos o los kassam de tus hijos.
Entonces llegará al poder de otro de tus hijos un poco de pólvora y tu se la quitarás. En silencio, sentirás —como ellos en su ferviente adolescencia— que los kassam con ese puñado de clavos, no igualan al poderío militar que te reprime. No tienes trabajo, no tienes comida, no puedes moverte del Ghetto, en tu mente solo existe la necesidad de hacer justicia, no puedes pesar en nada más. No hay futuro.
Darás vueltas en el ghetto una y otra noche, como siempre hace 40 años. Los bombardeos intensifican el bloqueo. No tienes agua, no tienes comida. Tus hijos sobrevivientes están muriendo de hambre y tu estás enloqueciendo. Pasarás muchas noches desvelada, hasta que aprenderás a construir un explosivo casero con esa pólvora. No le dirás a nadie, pero después de 40 años de miseria y represión, estás agobiada. No hay salida y decides que no te matarán de hambre lentamente y que tu muerte entonces no será en vano. Construirás explosivos que esconderás en tu cuerpo. Lograrás pasar el check point y lo harás estallar en el lugar más repleto de judíos que puedas encontrar. Esa es será tu pequeña venganza.
Mientras los restos de tu cuerpo se mezclaron con la sangre de los judíos también muertos, José Levi informará de un nuevo atentado suicida y horas más tarde, anunciará la segunda represalia. Bombardeos aéreos han dado sobre tu campo de refugiados. 290 muertos y 900 heridos en una nueva incursión de uno de los países militarmente más poderosos del planeta, que somete a los esqueléticos terroristas palestinos armados de piedras y cohetes kassam que tras 40 años de miseria y destierro no encuentran solución a su existencia y no se resignan a morir en uno de los ghettos del siglo XXI que reviven a los del Tercer Reich.
Ese fue el titular cuando llegué a Palestina: "Abuelita terrorista se suicida y mata a dos judíos". Tenía 50 nietos, versaba la bajada de la crónica. 50 nietos que habrá criado en el Ghetto, en esta 4 décadas... dónde más.
Después de estar 4 días en Belén, decodifiqué el titular. De—construí el titular y entonces, comencé a sentir cómo era posible enrollarse un montón de explosivos en el cuerpo. Sentí la angustia, abrumadora, la desesperación.
Decidí salir de Belén, angustiada, amargada... aterrorizada, y con una de las tristezas más profundas que he sentido en mi alma, simplemente porque tienes la certeza absoluta de que no hay retorno.
Llegamos a Betjala, que tiene conexión directa con Belén, omitiendo el check point. Entramos al mejor hotel de Betjala, un hermoso edificio de casi 12 pisos, hermosamente decorado, con un salón inmenso en la recepción, un gran comedor, un hermoso bar. Más de 300 habitaciones. Todas vacías.
Pedimos una buena habitación. Estaban todas disponibles. Un gran ventanal. Betjala como deshabitada, detenida en el tiempo. Y nosotros omitiendo un rato el caudal de incomprensiones que teníamos en la cabeza y el corazón. Estábamos escapando, al menos unos días. Teníamos hambre. Esa noche podríamos comer bien. Entonces por teléfono pedimos a la recepción algo de comida. Decidimos bajar al restorán. A las 9 de la noche, un restorán con más de 100 mesas había sido abierto solo para nosotros. La mesa repleta de las más exquisitas comidas árabes, sin exagerar. Todos los mesoneros a nuestra disposición. Estaba siendo difícil huir de la miseria. La teníamos escondida tras el lujo de ese hotel también detenido en el tiempo. Era temporada alta, plena navidad y no habían llegado pasajeros. Comimos lento, pensando en cómo hubieran querido algo de "very tipical food" en el campo de refugiados que habíamos visitado horas antes.
Una cerveza fue el postre y nos instalamos en el hermoso salón contiguo. Prendieron las luces para nosotros y entonces apareció un hombre alto, canoso, amable. Saludó y se presentó como el dueño del hotel. Comenzó una tonta conversación sobre clima. El no quería hablar del tema y nosotros tampoco, pero nuestro inglés chapurreado, tan chileno, pronto lo hizo sospechar sobre nuestra procedencia. Como muchos en Betjala, él también tenía un familiar en Santiago. Entramos en confianza, y entonces preguntamos y preguntamos.
Cómo sobrevivía, cómo mantenía ese hotel y para qué lo hacía en medio de tanta desolación. La conversa cada vez era más triste. Los escasos 200 dólares que podíamos dejar por nuestra estadía, ni siquiera alcanzaban para pagar la electricidad de 1 día funcionamiento del hotel. ¿Por qué no te vas a Chile?, le preguntamos. Uno de sus hermanos vive en Santiago. Sus ojos se llenaron de lágrimas, como si ese tremendo hombre de rasgos tan masculinos, fuera un pequeño nene muerto de susto. Como un comandante derrotado en su trinchera, moribundo, pero impecable y de corbata, él estaba dispuesto a morir ahí, en el precioso hotel que heredó de su padre y que antaño estaba repleto de turistas, viviendo el esplendor de la cultura árabe mezclada con el rito católico de la navidad.
No puedo hablar, dijo tartamudeando y se despidió de lejos antes de marchar. A la mañana siguiente partimos rumbo a Jordania. No pudimos conseguir un auto palestino que nos llevara a la frontera. No queríamos dejar ni 10 dólares más en manos de Israel. Pero fue imposible.
Está prohibido y aunque los "territorios palestinos" dan con Jordania, la frontera también es de los judíos.

Verónica Souto
Documentalista

www.periodicotribuna.com.ar

Anónimo dijo...

..Después de una operación militar de exterminio que durante 21 días consecutivos ya mató a 1100 palestinos, hirió a otros 5000, terminó con la vida de casi 400 niños, hirió a más de 1200, asesinó cerca de 200 mujeres, destrozó en más de un 70% la infraestructura de Gaza, profundizó a niveles inéditos la catástrofe humanitaria de ese pueblo, a Israel se le hace muy difícil explicarle al mundo que todo esa masacre y destrucción fue cometida sólo para ¨defenderse del terrorismo¨.

Anónimo dijo...

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