sábado, 31 de enero de 2009

Don Bosco, modelo de fuerte compromiso social... en Dios (*)

Juan Bosco murió en Turín, el 31 de enero de 1888.

Durante sus casi 73 años de vida fue testigo de profundos y complejos cambios políticos, sociales y culturales: movimientos revolucionarios, guerras y éxodo de la población rural hacia la ciudad; son factores que influyeron en las condiciones de vida de la gente, sobre todo de los ámbitos más pobres.

Hacinados en los alrededores urbanos, los pobres en general, y los jóvenes en particular, son objeto de explotación o víctimas del desempleo... Sensibles a toda clase de cambios, los jóvenes viven con frecuencia inseguros y desorientados. Ante esta masa desarraigada, la educación tradicional no sabe qué hacer: por diversas razones, filántropos, educadores y eclesiásticos tratan de remediar las nuevas necesidades.

Entre ellos sobresale, en Turín, Don Bosco por su clara inspiración cristiana, por su resuelta iniciativa y por la difusión rápida y amplia de su obra.

Juanito, huérfano de padre en tierna edad, educado con profunda intuición humana y cristiana por su madre, recibe de la Providencia dones que lo hacen, desde sus primeros años, el amigo generoso y emprendedor de sus coetáneos. Su juventud presagia una misión educadora extraordinaria. De sacerdote, en un Turín que crece con fuerza, se pone en contacto directo con los jóvenes de las cárceles y con otras situaciones humanas dramáticas.

Juan Bosco no fue indiferente a la dura realidad social de su país y decidió salir en búsqueda de esos jóvenes marginados. Con amor de padre, les ofreció un hogar, les enseñaba a leer y escribir, les enseñaba oficios para que se valgan por si mismos y los invitaba a acercarse a Dios. En su vida apostólica recibió muchos sinsabores, reveses y persecuciones, inclusive desde algunos sectores de la Iglesia Católica; pero él no obró desde el rencor, se empapó en Dios y se puso manos a la obra.

Dotado de una feliz intuición de la realidad y atento conocedor de la historia de la Iglesia, descubre en la enseñanza de tales situaciones y en la experiencia de otros apóstoles, —sobre todo San Felipe Neri y San Carlos Borromeo— la fórmula del "oratorio". Tal nombre le es singularmente querido: el oratorio va a caracterizar toda su obra; pero lo modela según una original perspectiva personal, adecuada al ambiente, a sus jóvenes y a cuanto necesitan. Como principal protector y modelo de sus colaboradores elige a San Francisco de Sales, el Santo del celo multiforme y de la bondad afable, demostrada sobre todo en la dulzura de trato; por este santo, funda su congregación a la que llamó salesianos.

La "obra de los oratorios" comienza en 1841 con una "sencilla catequesis" y se extiende progresivamente, para responder a situaciones y necesidades urgentes: residencia para alojar a quien no tiene casa, taller y escuela de artes y oficios para enseñar una profesión y capacitar para ganarse honradamente la vida, escuela humanística abierta al ideal vocacional, buena prensa, iniciativas y métodos recreativos propios de la época: teatro, banda de música, canto, excursiones...

La expresión: "me basta que seáis jóvenes para que os quiera con toda mi alma" resume el sentir, y, más aún, la opción educadora fundamental del Santo: "Tengo prometido a Dios que incluso mi último aliento será para mis pobres jóvenes". Y, en verdad, por ellos desarrolla una actividad impresionante con la palabra, los escritos, las instituciones, los viajes y los contactos con personalidades civiles y religiosas; por ellos, sobre todo, demuestra una atención solícita a sus personas, para que en su amor de padre los jóvenes puedan ver el signo de otro amor más excelso.

La situación juvenil del mundo actual —al siglo de la muerte del Santo— es muy distinta y, como saben educadores y Pastores, presenta condiciones y aspectos multiformes. Sin embargo, también hoy perduran los mismos interrogantes que el sacerdote Juan Bosco meditaba desde el principio de su ministerio, deseoso de entender y decidido a actuar: ¿Quiénes son los jóvenes, qué desean, hacia dónde van, qué es lo que necesitan? Entonces como hoy son preguntas difíciles, pero ineludibles, que todo educador debe afrontar.

No faltan hoy día, entre los jóvenes de todo el mundo, grupos auténticamente sensibles a los valores del espíritu, deseosos de ayuda y apoyo en la maduración de su personalidad. Por otro lado, es evidente que la juventud está sometida a impulsos y condicionamientos negativos, fruto de visiones ideológicas diversas. El educador atento debe saber captar la condición juvenil concreta e intervenir con competencia segura y sabiduría clarividente.

En esta memoria de San Juan Bosco, "padre y maestro de la juventud", es posible afirmar con convicción y seguridad que la divina Providencia invita a todos, miembros de la gran familia salesiana, así como también a los padres de familia y educadores, a reconocer más y más la ineludible necesidad de formar a los jóvenes a asumir con nuevo entusiasmo sus obligaciones y a cumplirlas con la entrega iluminada y generosa del Santo.

(*) autor del artículo: Padre Patricio De la Torre, sacerdote salesiano.


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