sábado, 2 de agosto de 2008

Todo sigue igual de bien (¿?)

Cristina Elisabet Fernández, Presidente de la Nación Argentina, dio una conferencia de prensa en la Quinta de Olivos marcando todo un hito al ser la primera vez en que responde a preguntas de periodistas en pleno ejercicio del poder.

La Presidente está haciendo un pequeño esfuerzo para intentar levantar el alicaído nivel de aceptación popular que tiene por estos días. En sintonía con la idea de recuperar terreno ante la ciudadanía, durante un poco más de 100 minutos, se mostró distendida y de buen humor ante los micrófonos (¿por qué será que le gusta tener dos micrófonos cerca de su boca?), aunque sin dejar de lado la acidez para agredir indirectamente a sus interlocutores.

Pasando en limpio, por más que haya bajado el tono de sus declaraciones, queda en claro que la soberbia kirchnerista sigue a flor de piel. No se le escuchó ninguna autocrítica a su gestión sino más bien abundaron justificaciones a su polémico proceder al frente del Poder Ejecutivo Nacional.

Las definiciones que quedaron fue no habrán más cambios en su Gobierno Nacional, negó la inflación y justificó el índice publicado por el INDEC, no admitió que fuera un error la Resolución 125 que impulsaba el aumento en las retenciones móviles, criticó las protestas del campo, evitó criticar a Julio Cobos por el voto "no positivo" en la Cámara Alta, no solo negó que Guillermo Moreno se vaya del Ejecutivo Nacional sino que lo defendió, defendió también su caprichoso proyecto del tren bala, negó que haya "doble comando".

En fin, no hay mucho por celebrar por esta conferencia de prensa. La Sra. Presidente no solo ratificó el ¿rumbo? de su Gobierno, sino que además no mostró la humildad de los grandes para reconocer falencias. Con la arrogancia ya marca registrada de los Kirchner, Cristina Fernández confesó "Debo ser sincera, como en todas mis actitudes de vida. Volvería a hacer todas y cada una de las cosas que hice”. Preocupante.

1 comentario:

Carlos Mira dijo...

En su primera conferencia de prensa como presidente, Cristina Fernández de Kirchern presentó sus curiosas ideas acerca de la economía.


La presidente produjo la primera conferencia de prensa de su gestión, la única hasta ahora que en realidad cubre todo el período que va desde que su esposo llegó al gobierno.

Cuando se le preguntó qué cosas haría igual y de cuales está arrepentida, la presidente dijo que si volviera a empezar haría todo exactamente igual.

Cuando quiso dar los fundamentos de tan sorprendente respuesta, el asombro por lo que había dicho hasta allí, perdió todo esplendor. Su explicación superó lo imaginable.

La presidente limitó todo el recuento de su gestión a los problemas suscitados a partir de la resolución 125. Si bien esa apreciación puede resultar correcta, porque efectivamente aquel estropicio paralizó al país por un tiempo igual a la mitad de su gestión, lo que dijo en torno a ella no resiste el menor análisis.

Primero dijo que volvería a dictar dicha resolución (aunque técnicamente quien la emitió fue Martín Losteau) porque ella sirvió para que actuaran las instituciones del país: el poder ejecutivo, el legislativo (al que sigue llamando empecinadamente “Parlamento”, cuando en realidad nuestro país lo que tiene es “Congreso”) y el judicial.

Nunca supe que las decisiones de un gobierno se tomen para que las instituciones funcionen, es decir, que su razón de ser sea crear una situación conflictiva artificial para hacer que “las instituciones actúen”. Por lo demás, dicho “funcionamiento” no fue todo lo natural que se desearía. La cuestión fue enviada al Congreso solo luego de tres meses de conflicto a cielo abierto con el sector productivo más importante del país y de que el entonces Jefe de Gabinete, Alberto Fernández, declarara que el gobierno “había dado por terminado el episodio y había dado vuelta la página”.

En cuanto a la actuación del Poder Judicial no hay que olvidar que al juez con jurisdicción en Mar del Plata que fulminó de inconstitucionalidad aquella resolución se le iniciaron acciones de remoción ante el Consejo de la Magistratura por iniciativa de Julio Piumato, el sindicalista de los judiciales, y de Diana Conti la diputada hiperkirchnerista que detenta la vicepresidencia del Consejo.

No hace falta decir qué reacción tuvo el gobierno con el vicepresidente Julio Cobos cuando éste desempató en contra de los intereses de los K. Desde traidor hasta expulsarle los funcionarios de su corriente de los puestos que tenían en el gobierno, el abanico de represalias no ha podido ser más completo.

Solo una ligera digresión respecto de ésta cuestión “vicepresidencial” para luego volver rápidamente al hilo principal de nuestro comentario. En una respuesta anterior la presidente refirió, como es correcto, que el ejecutivo, en un sistema constitucional como el nuestro, es “unipersonal”; solo ocupado y protagonizado por el ciudadano elegido como presidente de la nación. Muy bien. Sería interesante que con su acostumbrado tono aleccionador se lo enseñe a sus subordinados (empezando por su ex jefe de gabinete Alberto Fernández) que en repetidas burradas han declarado que Cobos debió votar a favor “porque forma parte del poder ejecutivo nacional”.

Volviendo entonces al análisis principal, no hace falta decir que el bendito “funcionamiento” de las instituciones no le ha caído nada simpático al gobierno que supuestamente firmó la resolución 125 con el objetivo principal de que las instituciones funcionaran. Se trataría como mínimo de una forma alambicada de masoquismo y como máximo una irresponsabilidad manifiesta en el ejercicio del poder: armar un escándalo nacional, gratuito e innecesario solo tendiente a verificar si los resortes institucionales funcionan bien.

Como se ve la primera justificación para volver a hacer todo igual es francamente desopilante.

La presidente pasó luego a pretender justificar el fondo de la resolución 125 al tiempo que, de paso, anticipaba que volverá a intentar algo parecido en un futuro próximo.

Allí, Cristina Fernández dijo que frente a una “rentabilidad” extraordinaria de un sector, lo que se había intentado “quizás por primera vez en la historia argentina” (¡¡¿¿??!!) era redistribuir ese ingreso entre los que menos tienen.

Veamos. En principio resulta extraño que un momento tan liminar de la historia nacional haya intentado ser inmortalizado con las oscuras formas de una resolución ministerial que ni siquiera llevaba la firma de quien ocupaba la presidencia en ese instante bisagra de la aurora argentina.

En segundo lugar, en ningún considerando de dicha resolución se hacía referencia al altruismo distribucionista. Martín Losteau, ya fuera del gobierno, confesó abiertamente que “la distribución del ingreso” no figuraba para nada en sus planes.

La primera excusa pública que se dio para justificar las retenciones móviles fue la de evitar la sojización, es decir, la tendencia al monocultivo de soja. Un objetivo muy diferente de la “ubicua” redistribución.

Luego llegó el turno de decir que se creaba aquel tributo para usar los fondos para dedicarlos a mejorar la infraestructura usada por el propio sector (rutas, caminos rurales, puertos, etcétera). Solo cuando el conflicto subió dramáticamente los decibles se echó mano de la demagogia consabida de la “redistribución del ingreso”. El conflicto iniciado el 11 de marzo habrá escuchado por primera vez aquellas palabras recién a fines de abril. Es más no fue esta la última excusa. En plena discusión de Diputados el ex presidente Kirchner a los gritos pelados desde su acostumbrado atril se preguntó cómo íbamos a pagar nuestras obligaciones externas sin las retenciones.

De modo que la versatilidad de objetivos y fines cubiertos con los nuevos ingresos fiscales han sido cuando menos bastante “móviles” para hacer juego con las características del pretendido impuesto y como para dárselas de un inmaculado Robin Hood en busca de la felicidad de los que menos tienen.

También, en su aparentemente sesuda respuesta, la presidente se refirió a la aplicación de las retenciones sobre “rentas” extraordinarias. Obviamente la palabra “renta” refiere a la utilidad económica neta después de costos e impuestos. Y en realidad, a lo sumo, lo que esta pasando en el mundo hoy es un periodo de “precios” extraordinarios para los commodities alimenticios, acompañado en la Argentina por un brutal ajuste de costos de los insumos necesarios para producir los bienes que disfrutan de aquellos precios.

Por lo tanto una retención aplicada sobre el precio, sin consideración a los costos pone en peligro media producción agropecuaria argentina.

La presidenta volvió a caer luego por enésima vez en la estrambótica teoría de los “precios argentinos”, expresión que otras veces adoptó el más demagógico giro de “la mesa de los argentinos”. Esta idea es, lisa y llanamente, una burrada, un insulto a la inteligencia y un verdadero peligro en mentes que tienen la responsabilidad de gobernar.

Por “precios argentinos” el gobierno ha dado varias veces a entender que se refiere a un sistema por el cual está dispuesto a introducir cuanto retorcimiento económico sea necesario para evitar que los precios internacionales infecten los productos de consumo local. Por dicho motivo ha prohibido exportaciones, cerrado mercados, subido alícuotas de retenciones, creado mil trabas para el normal desenvolvimiento de la actividad exportadora y, finalmente, establecido retenciones móviles. La presidenta en su conferencia enmarcó esta parte de su respuesta con una serie de referencias a una supuesta realidad económica mundial para darle un aire de estadista a su mensaje.

Pero centrándonos en el corazón de la idea, debemos decir que con el mismo ambiente internacional y las mismas variables económicas, Uruguay nos ha superado, -sin desatender para nada su mercado interno, en cuanto a provisión y precios- en el mercado mundial de exportación de carnes. Brasil ha pasado a ser el primer exportador mundial, cuando hace treinta años era un jugador inexistente y al que mirábamos por sobre el hombre al probar su durísima carne de cebú. El país de Lula también nos ha aventajado en los lugares de privilegio de la exportación mundial de granos y se ha posicionado como la sexta potencia petrolífera mundial.

¿A qué se ha debido tan extraordinario fenómeno? Respuesta: a que, lejos de pelearse con los precios internacionales, esos países los han aprovechado. Otros países menos afortunados darían lo que no tienen por que el mundo les regale buenos precios para los productos que producen. Aprovechando esa veta podrían acumular riqueza y salir de su postración.

Pero la Argentina no. La Argentina siempre debe dar la nota y hacer todo al revés. La Argentina se da el lujo, por los benditos “precios argentinos” de introducir un retorcido esquema de impuestos, prohibiciones y tarifas para que ese regalo mundial no alcance sus orillas. Cuanto más lejos mejor.

Gracias a esta locura el país esta liquidando su stock ganadero porque ya nadie quiere dedicarse a criar ganado. Al haber cortado la exportación, demorado la entrega de certificados, cerrado la venta a innumerables mercados, los productores han cortado el giro mínimo de inversión para que la actividad se reproduzca en el futuro. La matanza de vientres en edad de parición ha comenzado hace largo tiempo en el país.

Al cerrarle el camino al goce de los precios internacionales por la vía de la suba de las retenciones pero dejarlos sujetos a la suba interna de costos, los productores de ciertos granos han dejado de sembrar o se han concentrado en el de mayor precio: la soja. Hoy en día la siembra de maíz ha desaparecido prácticamente de la Argentina y la del trigo se mantiene apenas. El primer objetivo de las retenciones ha resultado exactamente al revés.

Ni qué hablar del petróleo y demás fuentes de energía. Aunque la Argentina no es un productor importante con sus pozos actuales, aquellos que estarían en condiciones de explorar ni quieren oír hablar del país con retenciones de hasta el 70% al crudo. El Brasil, con las mismas condiciones internacionales, descubrió en seis meses tres enormes yacimientos en el mar que multiplicaron por cinco sus reservas existentes. En cuanto al gas, la Argentina le paga al productor local diez veces menos de lo que Evo exige cobrar por el gas boliviano. El megavatio de energía eléctrica se paga aquí tres veces menos que el promedio de la región.

Lo mismo sucede con la leche. Los tambos serán pronto una curiosidad turística en la Argentina.

Resultado paradójico el de un país que se rebela contra las leyes de la física para, teóricamente, defender “la mesa de los argentinos” y va camino, con la aplicación de sus métodos, de convertirse en un importador neto de alimentos y energía teniendo que pagar por esos insumos los más descarnados precios internacionales que tanto quería evitar.

Si la presidente -y el gobierno en general- se bajaran de su pedestal de engreimiento (recientemente Jorge Lanata dijo que el principal problema de Cristina es que se cree que sabe) y aceptaran el funcionamiento de unas simples variables económicas la Argentina tendría una oportunidad única de enriquecimiento y progreso.

La primera de esas simples variables es la aceptación del sistema de precios, más aun cuando, en este caso, su funcionamiento libre debería ser recibido con aplausos y algarabía.

Si sin resentimientos se dejara que los sectores económicos beneficiados por el auge mundial de ciertos precios (que mágicamente vienen a coincidir con los que se aplican a lo que nosotros producimos) pudieran disfrutarlos y aprovecharlos, esos sectores generarían una ola de inversiones sin precedentes en el país (es lo que hicieron Brasil y Uruguay, atrayendo, entre otros, a inversores argentinos, “expulsados” de la Argentina, con excelente know how agríciolo-ganadero). Esas inversiones multiplicarían por cientos de millones las toneladas de producción, del área sembrada, de los vientres criados y ello produciría una fenomenal caída de los precios, con lo que los argentinos tendrían buenos precios “de veras” y no artificialidades.

Es posible que en ese momento, algunos de esos productores, deriven parte de sus utilidades al inicio de otras aventuras de inversión (ya que el precio de las primeras, por acción de su propia producción, bajó) generando más trabajo y más círculo virtuoso.

Pero no. La presidente ha elegido otro camino. Pidiendo, en otra parte de sus respuestas, justamente que los temas se analicen sin ideologías, lo único que hace su gobierno es pasar por el tamiz ideológico del rencor y del prejuicio hacia las personas según sea el sector social al que pertenezcan, todo análisis y toda decisión. Y lo peor es que ha confesado que no está arrepentida, sino todo lo contrario. ¡¡Pensar que alguna vez la ensalzada primera cualidad de Cristina Fernández fue su inteligencia!!

Por ese camino la Argentina será un país cada vez más pobre, comiéndose su capital a jirones y escuchando lecciones equivocadas, dichas con el tono de los sabios. © www.economiaparatodos.com.ar

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