miércoles, 14 de mayo de 2008

Los Simpsons: la pesadilla del gran sueño americano (*)

El gran sueño norteamericano no ha fracasado. Los sueños no fracasan. Para eso son sueños. Pero los sueños son muchos y diversos. Algunos son pesadillas. Los Simpsons son la pesadilla dentro del persistente sueño de prosperidad y realización que aún hipnotiza a millones. Homero y Bart Simpson son el lado oscuro de Pedro Picapiedra y Pablo Mármol.

Periódicamente, se da un reciclamiento de los productos simbólicos de moda y se instituyen otros que posibilitan el inagotable "merchandising" de las nuevas figuras devenidas en íconos universales. A nivel del mercado infantil pasó la fiebre de las Tortugas Ninja e irrumpió la Simpsonmanía.

Es curioso que hayan sido precisamente los niños quienes primero se apasionasen por esta caricaturesca familia norteamericana, ya que en esencial la serie constituye una sofisticada sátira costumbrista, que presupone un público de mayor edad.

La serie presenta la vida de una familia media norteamericana que evidencia el fracaso del gran sueño estadounidense, y está organizada en torno a personajes antiheroicos, grotescos, exagerados en su fealdad y desprovistos de atributos que puedan suscitar envidia o mímesis.

Los Simpsons tienen ojos desorbitados y gigantes; quizás de ver tanta televisión y anhelar ansiosos, frente a los escaparates, el seductor universo de los bienes de consumo.

Por otra parte, el discurso familiar de estos emblemáticos personajes gira generalmente en torno a los lugares comunes más patéticos, demostrando un contínuo afán de sobreadaptación a la sociedad, aunque siempre fallan en algo.

Sin embargo, lo que les confiere ese irresistible carisma y les permite romper con el viejo esquema costumbrista al estilo Hanna y Barbera (Supersónicos, Picapiedras) es esa cuota de autoconciencia de su propio fracaso.

Homero es un tonto y un inútil asumido, cuyo horizonte de vida es el ideal de normalidad propuesto por los media. Marge, su esposa fiel y resignada, revela todo el conformismo que hay que acumular para soportar esa existencia de ama de casa que persigue los lineamientos del american way of life. Lisa, la pequeña saxofonista, es brillante pero se debate interiormente entre el deseo ingenuo de hacer las cosas bien y la desesperanza de contemplar las contradicciones del mundo adulto. Bart, en cambio, denota una gran inteligencia práctica, aunque también se presenta como tramposo, cobarde y cínico.

Por otra parte, Bart ha recibido de su padre ciertos "consejos" para volverse un "hombre" de verdad:

1) reírse siempre de los que son diferentes;
2) no decir nada hasta no estar seguro de que todos los demás piensan como él.

Asimismo, ha recibido de la sociedad otras enseñanzas igualmente "coherentes" como "La guerra no es divertida ni tiene encanto. No hay vencedores, solo vencidos. Y no hay guerras buenas, salvo excepciones, como la revolución americana, la guerra mundial y la guerra de las galaxias".

Lo que Los Simpsons no reconocen pero evidencian es que ellos mismos son diferentes, y que su gracia radica en perseguir infructuosamente un modelo de realización y de promoción social que no fue hecho a su medida, y que en última instancia es ficticio.

En términos generales, podría decirse que Los Simpsons representan una parodia del esfuerzo que significa vivir en conflicto y la imposibilidad de alcanzar el modelo que se les propone. Si bien son concientes de su inadaptación, continuamente se revelan estructuralmente incapaces para superarla.

Afortunadamente, algunas veces la televisión ofrece productos como éste, que desmitifican la fachada de las sociedades desarrolladas y que muestran la realidad de una manera más fiel; demostrando que los educadores muchas veces suelen ser personas muy distintas a lo que aparentan (Bart en su escuela tiene maestras alcohólicas y directores demagógicos y reaccionarios); que quienes ejercen el poder desarrollan estrategias para disimular sus desmanes (el Director de la usina nuclear donde trabaja Homero suele manipular a los formadores de opinión y a los medios de comunicación para encubrir los riesgos y las irregularidades de su industria); y que no siempre ganan los buenos. Sino fuera así, el mundo no sería tal cual es. La derrota de Los Simpsons enseña, entre otras cosas, eso.

(*) artículo escrito por Juan E. Fernández, periodista uruguayo.

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