miércoles, 12 de marzo de 2008

No todo está perdido en el fútbol argentino...

En determinadas situaciones difíciles de la vida, aflora la calidad humana de las personas, para bien o para mal.

Los argentinos necesitamos constantemente inventar antinomias y el fútbol es uno de los lugares en donde más se exacerban. Así, tenemos el superclásico River Plate – Boca Juniors, además del clásico de la Ciudad de Avellaneda, Independiente – Racing Club, el clásico porteño San Lorenzo – Huracán, el clásico rosarino Newell’s Old Boys – Rosario Central, el clásico cordobés Belgrano – Talleres y el clásico platense Estudiantes – Gimnasia y Esgrima, por citar algunos de las muchísimas rivalidades que existen el fútbol nuestro de cada día. El ahora denominado Clásico del Sur (del conurbano bonaerense) es el que protagonizan Banfield y Lanús, una rivalidad que se inició recién a mediados de los años 80.

Cuando cualquiera de estos partidos está por jugarse, lo que debería ser una fiesta deportiva que convoque a los aficionados en familia, suele transformarse en batallas campales en donde todo puede suceder, dado el grado de imbecilidad humana que se esconde atrás de los colores de un determinado equipo de fútbol. La policía debe extremar las medidas de seguridad para evitar posibles tragedias que hasta pueden costar más de una vida (los hinchas argentinos ya hemos sido testigos de eso). Muchas veces, el periodismo deportivo suele pecar de irresponsable al cargar las tintas contra los encargados de la seguridad de los estadios, antes de criticar a quienes transforman una fiesta popular en una cloaca en donde desfila lo peor de lo que somos como sociedad.

En medio de tanta histeria, tanto sinsentido, tanta dramatización el mundo del fútbol argentino, Ramón Cabrero, Director Técnico del Club Atlético Lanús, dio un gran ejemplo de caballerosidad luego de que su equipo (con el que está plenamente identificado) sufriera una desagradable goleada 0-5 en su propio estadio ante Banfield, su clásico rival.

Una vez finalizado el partido, ya con el sorpresivo resultado puesto, los micrófonos corrieron hasta Cabrero en busca de alguna declaración o reacción explosiva que diera para titulares rutilantes. Lejos de comportarse cobardemente como tantos harían: culpar a fallos arbitrales para tapar propias falencias o buscar pelear contra alguien, visiblemente conmovido por la derrota, Ramón Carero declaró “estoy dolido por la derrota ante nuestro clásico rival pero tampoco hay que dramatizar… quiero felicitar a Banfield porque jugó muy bien, ganó merecidamente y porque este triunfo le viene muy bien a Llop (D.T. de Banfield, que estaba siendo seriamente cuestionado por los magros resultados que venía obteniendo), que es una gran persona que no se merecía vivir lo que estaba viviendo hasta antes de este partido”. Ante el desconcierto de los periodistas, el gran Ramón fue más allá: “Ojalá Banfield pueda levantarse después de este partido”.

Seguramente, como a cualquier deportista, como a cualquier aficionado, a Ramón Cabrero no le gusta perder. Pero lo más rescatable es que, a pesar de haber sufrido una dolorosa derrota, Cabrero se comportó como todo un caballero en el momento de la derrota.

Los hinchas argentinos, como nuestros jugadores, cuerpos técnicos y dirigentes, nos mostramos exultantes al momento de las victorias hasta volvernos casi insoportables cuando éstas significan la obtención de algún título. Pero no tenemos la hidalguía de saber comportarnos cuando el resultado no es adverso: podemos asumir actitudes agresivas hasta caer en el llanto, mostrando que no tenemos la humildad de aceptar la eventual superioridad de un rival.

El ejemplo de Ramón Cabrero no tuvo la difusión que se mereció, pero bien vale la pena resaltarlo para poder meditar como somos en el día a día con respecto al deporte. Más que disfrutarlo, más que divertirnos, el fútbol se está convirtiendo en un verdadero drama…

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